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(Pepe Navas me pidió colaboración para una revista “Compluteca” que se edita en un Instituto de Alcalá de Henares. Quería aunar colaboraciones y editar un monográfico sobre el premio Cervantes, Eduardo Mendoza. Yo, con más osadía que conocimientos, le envié esta pequeña colaboración. También participaron Julio Collado y José Luis Salas, siempre tan generosos y participativos. La gran y sentida ausencia fue Mary Carmen Caballero que en esta ocasión por su exceso de trabajo no pudo acompañarnos con su sabiduría).

.cochinadas - Eduardo Mendoza

Toda buena novela llevará siempre implícitas algunas líneas de contenido erótico.

De esa forma los poros de los lectores se van abriendo mientras las páginas avanzan.

En algunas lecturas se oyen los sonidos del amor y,  visualizamos el desplome del vestido.

Nos derriba la pasión que altera nuestro cuerpo y vivimos con tal intensidad el relato,  que disfrutamos como si fuéramos nosotros los protagonistas de la historia tan dulcemente contada.  Nos metemos en la historia y no nos gustaría salir de ella, por lo placentero de la misma.

“…Y sintió una mano que se deslizaba por entre las bragas bordadas de encaje…” “Dejé caer mi pelo sedoso sobre mis hombros y abrí mis muslos de par en par…”

Estas dos frases pueden formar parte de cualquier novela que haya caído en nuestras manos. NO las he encontrado en los libros de Eduardo Mendoza.

En cierta ocasión leí una novela de este autor y me impresionó uno de sus más brillantes y sugestivos párrafos, que entrecomillo, y que jamás haya visto escrito sobre papel.

Hablaba el marido, un personaje de la novela, y trataba de contar al lector la vida que hacían, él y su mujer. Decía que “nosotros nunca hicimos uso del matrimonio”. Yo no entendía muy bien qué significaba  no hacer uso del matrimonio y tuve que imaginarlo.

El caballero lo explicaba diciendo que ellos eran “como a la antigua usanza”. ¿Qué querrá decir? -pensaba yo-. Y seguía leyendo. “Hoy en día la gente se casa para hacer cochinadas”. En este punto caí en la cuenta. Ya sabía de qué hablaba. Y es verdad, antes la gente se casaba para hacer cochinadas  y,  sin embargo hoy, la gente hace cochinadas y ya no se casa.

Pero en un alarde de sinceridad el personaje masculino, de carne y hueso, nos mostró el fondo de su alma y nos decía que les fue muy difícil resistir la tentación a las cochinadas. Es cierto, creo yo. Dormir treinta años juntos el hombre y la mujer y no hacer ninguna cochinada, es decir no hacer uso del matrimonio, requiere muchos huevos.

Para colmo nos aclara el protagonista que dormían juntos en un camastro muy estrecho. Dicho de otra manera, si hubiera sido una cama, de esas por las que por mucho que te prolongues nunca te encuentras, sería medianamente comprensible. Pero dormir en un camastro de reducidas dimensiones, que sin querer tocas carne, hace más difícil la ausencia de las cochinadas. Salvo que los dos se acostaran con gabardina bien abrochada.  Por Dios, !cuánto mérito! y !qué martirio!.

Pero el interfecto era creyente y recalca que echaban mano del Altísimo. “El altísimo nos dio fortaleza”. La verdad que me alegro,  porque me imagino que no fue cosa fácil. Matrimonio, camastro estrecho, cercanía de cuerpos y ausencia de cochinadas.

Duros inviernos -imagino- cuando el frío aprieta y sólo el roce corporal alivia el bajo cero y el bajo vientre. Ahí estaban ellos luchando contra las inclemencias del tiempo y contra la concupiscencia de la carne.

¿Cuántas veces la pasión estaría a punto de vencerlos? -me pregunto yo-. Y no hablamos de una tarde después de comer. A lo largo del día podrían ser muchos los malos momentos. Los dos solos en la casa, en el trabajo, en el surco, en el pajar, … en la cama incluso. Y así un día, muchos meses y demasiados años.

¿Qué métodos -no dejo de preguntarme- utilizarían para sobrellevar tamaña y desafortunada carga? Pues no hay preguntas sin respuesta. Cuando tal sucedía, y entiendo la frecuencia con la que sucedía, el marido echaba mano del cinturón. Tremenda paradoja. Al quitarse el cinturón que sujeta el pantalón, éste por pura gravedad terrestre, y no terrestre,  tiende a bajar. Y bajar es descubrir. Y descubrir es mortificar. Pues allí estaba el marido con los pantalones a media asta y el cinturón lanzándolo contra la enemiga de la carne. El cinturón les salvaba y martirizaba; lo lanzaba contra la esposa para que se  enfriara la pasión.

¿Y ella? -se preguntará el curioso lector-. Ella ¿cómo trabajaba al marido para evitarle el desenfreno pasional? La plancha. Siempre la solución está en la plancha. Imagino que en frío, porque la plancha caliente es  un peligro.

“Ella me daba a mí con la plancha en la cabeza”. !Qué bonito! ¡Qué romántico! El marido, cuando no terminaba en el hospital, -deduzco- se quedaba planchao.

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Suelto escrito por Pepe Marquina

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