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Me cruzaba con ellos todas las tardes. Los veía pasar a lo lejos, por el dédalo poco iluminado de callejuelas arboladas y jardines de El Viso a la hora que saltan los riegos automáticos. El agua de los aspersores rebaja algunos grados la temperatura media de la ciudad y a ratos, se llega a percibir un soplo de brisa que parece venir de la parte vedada de las cancelas.

La disciplina del Jaguar - Jaguar

El calor insoportable del mes de julio, llena la noche de Madrid de seres fantásticos.

Yo aprovechaba esos momentos, los únicos libres de mi jornada, para hacer un poco de ejercicio. Me ponía las zapatillas de correr y daba una vuelta completa a la colonia. Me imponía ese deber, esa disciplina cotidiana, porque era todo lo que me quedaba. La única forma que tenía para desoxidarme y, de paso, olvidar la calamidad en que se había convertido mi vida. Y también, el tedioso trabajo al que ahora me veía avocado. Así es como se encontraban ahora las cosas. Hacía algo más de un año que la dichosa crisis se había llevado por delante mi  empresa y con ella todos mis sueños de emprendedor.  Después y a mi edad, el único empleo que había logrado encontrar había sido  de interno, como asistente doméstico de un anciano próximo a la paraplejia. Nada menos, eso sí, que el penúltimo descendiente de una acaudalada saga familiar, con media docena de apellidos dobles y un “hotelito” de 300 m2. en los primeros tramos de Serrano.

Por otra parte, ahora comenzaba a sentir algo parecido a la serenidad. Algo como el sosiego que produce la resignación, como si definitivamente me hubieran extirpado el vigor. Por fuerza había de estarlo. Ya no tenía que vérmelas con unos u otros, ni estar sometido a la jornada opresiva del pequeño empresario. Ni al agobio constante del autónomo cuya empresa se tambalea… y sucumbe. Tampoco parecía  necesario que me preocupara más por mi matrimonio o el sesgo que en los últimos tiempos había ido tomando mi vida familiar.

Pues no, ya que mi esposa y mis dos queridos vástagos habían desaparecido de mi vida al mismo tiempo y con idéntica celeridad que mi crédito bancario.4

Por eso salía a correr; era la única disciplina que me seguía imponiendo. En la tediosa existencia que me había tocado en suerte, hastiado de repetir cada jornada el mismo ritual de tisanas, comidas, cambios de sábanas, pañales y baños, en cuanto oscurecía, salía a trotar por aquellas calles semivacías y silenciosas. Y he de reconocer que lo hacía con gusto, incluso con una leve pulsión de impaciencia, pues sabía que antes o después acabaría cruzándome con ellos. Ellos, tan distantes y enigmáticos.

La mujer, de evidentes rasgos indígenas, ojos rasgados y piel muy morena, caminaba con pasos medidos y majestuosos, frenando más que sujetando la correa del animal. No paseaba, sino que parecía desfilar con la solemnidad de una parada. Al otro lado de la cuerda, demasiado tensa por la fuerza del felino, un soberbio ocelote de piel moteada luchaba por avanzar más y más deprisa.  Lo curioso es que el animal no resultaba demasiado grande. No más que cualquier cocker y, en todo caso, bastante menor que, por ejemplo, los galgos afganos con que muchas doncellas salen a esa hora. Nada, en fin, que por su tamaño pudiera llamar la atención en la ronda de domésticas abnegadas que pasean las mascotas de sus señores.

Lo que sí resultaba atrayente, y mucho, casi hipnótico, era toda aquella coordinación de movimientos elásticos y estrictos. Los de la mujer, cuyo rostro sereno e imperturbable, brillaba bajo la luz menguante como el de una deidad tolteca. Y por8 supuesto, los del felino, tan poderosos y precisos que parecían poner en movimiento toda la piel y toda la musculatura del animal a cada paso.
Era evidente que aquellos dos seres no conocían la fatiga, ni el polvo, ni el bochorno insoportable de las calles de Madrid. Ni tampoco el sudor o el agobio. Ni siquiera la ley de la gravedad. Diríase más bien, que aquellas dos criaturas hubieran accedido a descender al primario nivel de los mortales para mostrar la majestad y la gracia con que las divinidades precolombinas acostumbran a pasear al atardecer por sus parterres selváticos.

A medida que transcurría el mes de julio, el calor crecía y se volvía más y más intolerable. Por el contrario mi ánimo,  quién sabe por qué causa, había comenzado a remitir, a serenarse. En mi pautada vida doméstica, notaba que los días  habían comenzado a sucederse como las cláusulas de un tratado de paz. Ahí llegaban la cláusula del alto el fuego y del armisticio. Luego, las de la rendición y el acuerdo. Finalmente, la esperada cláusula de la reconciliación. Tarde a tarde sentía como si mi talante comenzara a aceptarlo todo, incluso la humillación, la doma de aquella circunstancia que me había tocado en desgracia.

Cierto que a durante el día hacía mi trabajo de forma maquinal y con la mente en otra cosa. Como cualquier empleado doméstico. Pero a esas alturas, no podía dejar de pensar en aquella figuración que, no se bien por qué, había cristalizado como cuarzo en mi bulbo raquídeo. Para entonces, comenzaba a antojárseme un sueño mitológico, algo parecido a un espejismo: una mujer joven y oscura, de piel resplandeciente por los restos de luz, que en la noche creciente, sujeta o bien es arrastrada, por una bestia llegada de quién sabe qué imposible espesura. 52En ese instante la calle entera se me llenaba de junglas y manglares ensordecidos por el chillido de los micos y las aves selváticas. Bajo las copas colosales de las acacias de indias, brota el cenote de agua verde donde se bañan las muchachas que intentan cubrir su desnudez con algas y conchas. Pura fantasía. La alucinación que por momentos evocara un recuerdo.

Poco después me sorprendí midiendo los tiempos. Exactamente igual que cuando estaba sometido a la disciplina del horario. Y haciéndolo bien, de nuevo. Esperando el momento justo, el instante preciso de salir a correr. Y así coincidir con ellos en la Plaza de los Delfines o, como mucho, al inicio de la calle de Vitrubio. De esta forma, podía observarlos largo rato, seguirlos con la vista y contemplar como descendían con su caminar medido e hipnótico, bajo las farolas de Joaquín Costa o el arbolado de Carbonero y Sol, hacia el incesante zumbido de la Castellana.

Por eso pude observar que el comportamiento del ocelote no distaba mucho del resto de las mascotas. Es decir, que cuando se cruzaba con otro animal, podía querer atacar y ponerse hecho una furia, o bien jugar y hacer zalemas si le simpatizaba; pero generalmente hacía caso omiso de los humanos, cosa que me tranquilizó en grado sumo.

3Un día, no pude resistirlo más y les seguí. No sabría explicar por qué me impuse la tarea. Tampoco cómo pude atreverme, ni de qué forma conseguí, con mis viejas zapatillas y mi pantalón de deporte, ajustar mi trote cochinero a la cadencia solemne y elástica de aquellos pasos. Ni idea, pero el caso es que fui capaz de hacerlo. Y entonces observé cómo doblaban por una de las callejas que se abren a Pedro de Valdivia, giraban luego a la derecha, y finalmente desaparecían tras un enrejado cubierto de enredaderas. Al fondo del jardín, un farolillo mínimo, de esos de bajo consumo, permitía intuir un porche de columnas.

Por esa noche me pareció más que suficiente; no llegué a más. Recordé mis obligaciones domésticas y reanudé mi trotecillo de regreso.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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