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No pude dejar de dar vueltas y más vueltas a la casa del porche. Algunos días después decidí que había llegado el momento. Esa tarde, en vez del calzón de deporte me puse americana y corbata. Agarré el portafolios que me había regalado mi ex por los últimos Reyes y, tres cuartos antes de la hora del paseo, me planté frente al enrejado de la enredadera. Al tocar el timbre del interfono, una voz femenina de acento dulce, preguntóLa disciplina del Jaguar

  • ¿Sí, qué desea?
  • Buenas tardes, busco la embajada de Méjico y me han dado esta dirección
  • Está usted confundido, esto sólo es un domicilio particular.
  • ¡No es posible! Mire, me han asegurado que…
  • Espere; no más que un minuto. Enseguida le voy a indicar.

          Entonces las rejas se abrieron, invitándome a cruzar el jardín hacia el porche de columnas. En cuanto pisé el primer escalón, la puerta principal comenzó a abrirse y… allí estaba ella.

La luz eléctrica y los delantales no son demasiado compatibles con las deidades mexicas. Cualquier ocelote, dando vueltas y más vueltas, enredando entre las piernas, adquiere cierto cariz doméstico, como de gato grande.

  • Se halla confundido, señor, no es aquí sino tres números más abajo, en aquella cuadra que hace esquina. Además le han informado mal, pues no se trata de la embajada, sino del mero consulado. Se lo digo yo, que me he hartado de hacer papeleo.
  • ¡Eso no es posible! Me han asegurado que…
  • Ándele allá y pregunte si no me creé. Se lo juro que es cierto.
  • Pero yo tenía entendido que esta era la residencia del embajador.
  • Le confundieron de nuevo. Cierto que mi señor es mexicano – y entonces dio un par de apellidos que me trasladaron a lo peor de mi época empresarial – pero habitualmente se dedica a la importar productos como mezcal o pulque. Nada que ver con el cuerpo diplomático.

          Todo lo perdido en solemnidad, de pronto lo había ganado en simpatía o cercanía. Resultaba agradable y muy comunicativa. Aunque el felino no se fiaba de mí; estaba claro. Se había ido acercando furtivamente, con movimientos cautelosos, pero un gesto algo más brusco y no supe reprimir la exclamación

.refin

  • ¡Qué cacho gato… parece que quisiera atacar!
  • No se preocupe, señor, no lo hará si no se lo ordeno. Está domado. Pero no es un gato, sino un ocelote, una auténtica criatura de la selva.
  • ¡Ya lo creo! Que garras y colmillos… ¡Impresionan al más valiente!
  • Lo traje desde mi país, donde trabajábamos en un circo. Yo era la domadora. De todas las fieras que llegué a amaestrar a lo largo de mi vida, esta fue la primera, la más fiel y la única que conservo. Aunque no lo crea, gracias a él encontré este trabajo.
  • ¡No me diga! ¿Cómo es eso?

Yo me refería a su trabajo, pero ella debió entender algo diferente. Tal vez por la cara de asombro que debí poner. Pero mi curiosidad pudo más y dejé que contara su historia.

Dijo que los cimarrones solían llegar a la hora del baño en el río para  raptar a las chicas. Desgraciadamente, conocían por sus abuelas la suerte que las esperaba en las redes de trata, así que ella y sus amigas  lloraron aterradas durante horas. Añadió que aquellos furtivos también cazaban fieras vivas para abastecer zoológicos y circos. Mismo sucio negocio en definitiva. A la noche, la herida por la trampa del ocelote se había infectado y dieron por hecho que la valiosa presa, moriría.

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  • Como daba toda mi vida por perdida – apuntó la mujer- me atreví a levantarme
    de entre mis compañeras  y dije que podía sanarlo; que sabía de eso. El animal suponía mucho dinero y consintieron.
  • ¿Fuiste capaz de acercarte al animal?
  • Estaba inmovilizado y enfermo. Ellos eran los que me daban miedo, no la bestia. En mi pueblo adoramos a un sol con su misma cara.
  • ¡Cómo pudiste…! ¿Sabías hacerlo?
  • Curé su pata con mera saliva. Chupé la llaga y escupí la infección hasta que limpié todo el mal. El animal, ya no quiso separarse de mí. En vez de entregarme con las demás, nos vendieron juntos a un gran circo. Debió de  resultarles más rentable. La atracción estaba servida. Los dos primeros años costearon nuestro precio. Luego comenzaron a pagarme. Cuando ahorré lo suficiente, me escapé. 
  • Pero decías que habías encontrado este trabajo gracias al animal ¿no es cierto?
  • ¡Ah, eso! Pues la casa, tan linda como se ve, es muy vieja. Dice el señor que tendrá más de cien años.
  • ¿Y qué tiene que ver la casa con…?
  • ¡Lo de siempre en estos lugares viejos! Están llenos de ruidos, de averías y… de ratas. Al parecer, se colaban desde los antiguos colectores o subían del pozo séptico, donde habían crecido hasta alcanzar tamaños enormes.
  • Pues, para ahuyentar a las ratas, lo mejor es un gato ¡Todo el mundo lo sabe!
  • Eso mismo pensó el señor, aunque por más gatos que llegó a meter en la casa, todos acabaron huyendo. Parece que las ratas podían más.
  • ¡Y ahí entra en juego el ocelote!
  • En efecto; con él no pueden. Desde que llegamos las ratas han desaparecido de la casa, sino de todo el vecindario. Como dice el señor, el olor a orín es sólo un mal menor.
  • ¡Comprendo! – Dije, procurando disimular cierto chasco por el giro prosaico que había tomado el desenlace de mi alucinación. Parece claro que la feroz realidad puede acabar con cualquier fantasía y que la tiene además tomada conmigo. Lego, recordando mi ficticio interés, añadí
  • ¿Y dónde decía que estaba el consulado…?

.fin - copia

          Dejé que terminara su explicación, di las gracias y tras despedirme regresé a casa un tanto decepcionado. Necesitaba no pensar; en nada. Ni en lo que acababa de saber, ni en todo lo que había sucedido antes, con mi vida. Tenía que escapar. Tenía que correr y serenarme. Por eso, enseguida me puse la ropa de deporte y salí a reanudar mi maratón diario. Cuando me volví a cruzar con ellos, hacia la mitad de la Plaza de la República Argentina, a no demasiada distancia, ambas criaturas habían recuperado de nuevo su porte mitológico.

Como todo el mundo sabe, la desmemoria es rasgo proverbial entre las divinidades toltecas. Por tal motivo, no llegaron a reconocerme. O eso creí un momento. Pues el felino, mientras se alejaban, giró un instante la cabeza y alcancé a percibir un brillo astuto y salvaje. Enemigo. Ella, ni siquiera saludó. Ya no me recordaba. O bien, jamás conoció a alguien que trotara al oscurecer. O, quien sabe, jamás llegara a amaestrar un jaguar.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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