.Mujer de viaje

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La cola del embarque comenzó a formarse mucho antes de que la compañía llamara para el vuelo.

Yo me levanté del asiento de escay de la sala de espera, identifiqué al pasajero que estaría delante de mí en la cola durante la espera para el embarque y marqué mi territorio. Los franceses son conocidos por su falta de disciplina a la hora de mantener los puestos de espera en una cola y mi vuelo iba a Paris. Una asistente de tierra de la compañía aérea comenzó a revisar los pasaportes de los viajeros, cotejando los nombres del documento con las tarjetas de embarque que llevábamos en la mano. Entonces y, si todo estaba en orden, la asistente de tierra te hacia una marca en la tarjeta de embarque y pasaba al siguiente pasajero. Yo respiré aliviada cuando garabateó mi tarjeta, todo en orden.

Intenté relajarme, nunca me ha gustado volar y los tiempos de espera me irritan.

A medida que la cola se iba moviendo y nos íbamos acercando a la puerta de embarque, unos gritos de mujer comenzaron a hacerse muy audibles. No entendía bien lo que decían, pero, por el tono de las voces, adiviné que la mujer detenida en el control de embarque no estaba conforme con lo que la asistente de tierra de la compañía aérea le estaba indicando. Para las compañías de vuelo de bajo coste, todos incumplimos alguna de sus normas (siempre escritas en letra muy pequeña) y el momento del embarque se parece mucho a una tragedia griega.

  •           No me grite señora – Gritó la encargada – esa maleta – señalando a la gran maleta gris – no cumple con las medidas requeridas para ser considerada equipaje de cabina – La encargada tomó aliento y respiró – Si quiere volar tiene que facturarla y punto!…

Ahí terminó el monólogo en castellano. La joven detenida dio señales de no comprender el idioma, y la azafata continuó con la arenga en inglés.

La joven viajera retenida gritaba mucho, en algún momento incluso aulló. Era francesa e insistía con machaconería que su maleta era “buena”. Los agentes del aeropuerto de Paris la habían aceptado en el viaje de ida. La joven retenida, que cada minuto gritaba más alto, parecía no entender por qué ahora, en Barcelona, le ponían pegas con el tamaño de la maleta. Entre gritos de la coordinadora y sollozos de la mujer retenida, yo llegué a la puerta de embarque. Todos en la cola disimulábamos el apuro por la escena y respiramos aliviados cuando nos dejaron pasar al pasillo del “finger” para embarcar.

La maleta era con seguridad más grande de lo recomendado.

.Volando ... maleta.

Por fin entré en el avión. Mis nervios y miedos a volar me ayudaron a olvidar la escena. Dentro del avión hacía mucho calor y comencé a abanicarme con lo primero que encontré. El folleto plastificado de las normas de seguridad me sirvió. Me entretuve en pensar en las dificultades a las que me tendría que enfrentarme si se presentaba la ocasión de utilizar el salvavidas. Según el folleto este estaba situado bajo el asiento, pero yo me imaginé teniendo problemas para localizarlo y después no sabiendo como extraerlo, siempre y cuando fuera cierto que estuviera bajo el asiento. Abandoné la idea de localizar el chaleco salvavidas y el abanico de seguridad, quería tranquilizarme. Entonces la vi, era ella, a la pasajera detenida que gritaba cruzando la puerta del avión arrastrando su enorme maleta gris por el estrecho pasillo. Llevaba la cabeza agachada y levantó la maleta con esfuerzo para introducirla en el compartimento superior a su asiento, justo encima de mi cabeza. Ella viajaba en el 9F y yo en el 8F. Otra  mujer rubia de origen anglosajón se sentó a mi lado. Esta se giró hacia el asiento 9F y le dio la enhorabuena a la joven retenida que gritaba. ¡La enhorabuena por su victoria! Me sorprendió el halago y algo contrariada desvié mi mirada y mis pensamientos hacia la ventanilla. Me concentré en los ejercicios de relajación previos al despegue y cerré los ojos.

Cuando el avión se estabilizó y sentí la señal de cinturones de seguridad fuera, abrí los ojos. El vuelo estaba siendo agradable, sin movimientos bruscos ni sobresaltos. Eso me permitió concentrarme en la lectura de los cuentos de John Cheever, que hicieron del vuelo un tiempo placentero.

Diez minutos previos el aterrizaje, cerré a Cheever y comencé a organizar mi mente con la lista de cosas que tendría que hacer antes de abandonar el aeropuerto de Paris. Recoger mi maletita de las cintas era la primera cosa en la lista. Había sido obligada a facturarla antes del embarque, ¡resultó ser demasiado grande para la cabina!. Cerré los ojos para disimular mi miedo y cuando la panza del avión estaba paralela a la pista de aterrizaje, escuché el sonido de llamada de un teléfono móvil, después oí como una mujer hablaba con alguien. Sentía que el sonido provenía de mi espalda, y con preocupación giré la cabeza. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que la mujer retenida que gritaba en el embarque hablaba al teléfono con alguien, mientras que yo veía con miedo la pista gris del aeropuerto aproximarse cada vez más deprisa. Mi terror se transformó en asombro cuando ella me devolvió la mirada por encima del reposa cabezas y sonrió. Nadie le reprochó su acción, ni siquiera la mujer rubia anglosajona que leía absorta una revista.

Volando .. aterrizaje

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El avión aparcó y todos dejamos las revistas y libros de lado y comenzamos a movernos inquietos dispuestos para agilizar la evacuación del aparato, de forma ordenada.

La mujer retenida al embarque que gritaba, se levantó con decisión y ayudándose de los dos codos avanzó hasta la primera posición en el estrecho pasillo del avión. Recogió su gran maleta, rozó cabezas de otros viajeros que asustados agacharon sus cuerpos y se compuso el vestido. Yo no podía dejar de mirarla, quería hacer algo, pero me sentía paralizada por la indiferencia de los viajeros. Ella me miró y volvió a sonreír.

Dejé ir a la mujer y a mis miedos y cuando llegó mi turno desembarqué del avión.

En la estación del tren la volví a encontrar. La mujer retenida al embarque que gritaba, parecía alegre y reía y hablaba en voz alta mientras explicaba a sus dos amigos la historia del avión. Sus amigos reían también.

Yo tomé mi tren y decidí olvidar lo sucedido, después pensé que la discriminación no es buena, y si es positiva esta, es incluso peor.

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Relato Breve escrito por Merche Postigo

Nota del autor.

La mujer detenida en el embarque que gritaba, la mujer a la que se le permitió subir en cabina con una maleta de dimensiones superiores a las permitidas, la mujer que, haciendo caso omiso a las normas de seguridad del avión, utilizó su teléfono móvil durante el vuelo, no era una mujer cualquiera. No era como yo. Aquella mujer era de raza negra y demostraba con ostentosidad su religión.

¿Habría sido todo igual si la mujer hubiera sido yo?

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