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(Cárceles imaginarias)

.Carceles imaginarias

Cuando vinieron a casa, a buscarme, no mostraron ningún interés por mi esposa. Supongo que tenían claro que si había colaborado en alguna de mis antiguas actividades políticas o me había acompañado a determinados actos, había sido exclusivamente por mí, por permanecer a mi lado, y que tanto su ideario político como el manifiesto de su conciencia social, cabían en una simple tarjeta de visita.

          Sin embargo, tras rogarles por activa y por pasiva que le dijesen a donde me conducían, cuando me sacaban esposado del domicilio, ella cogió apresuradamente su gabán, su pañuelo de cabeza y, plantándose ante la policía, dijo

  • Donde vaya mi marido, voy yo también.
  • ¡No le hagan caso! – Exclamé yo – No sabe lo que dice.

          Pero ella se agarró tan fuertemente a mi brazo que fue imposible hacerle desistir sin violencia. Cansado de escenas melodramáticas similares, uno de los agentes dijo con resignación

  • ¡Pues sea, nos llevamos a los dos! Así se harán compañía.

          En aquel extraño lugar pasamos muchos días y muchas noches; no sabría decir cuántos, pero sí que fueron muchos. Nuestra celda estaba muy cerca del portalón de entrada, en el mismo entresuelo. Nada más entrar, se giraba por un pasillo estrecho que salía a la izquierda y, enseguida, el primer cuarto a la izquierda, allí era. No sé lo que habría más allá, en el resto del edificio; no me dio curiosidad y nunca me adentré para explorar. Otras cámaras con otros presos, supuse.

          Parecía que la cárcel estuviera en obras; unas obras hacía ya tiempo paradas y abandonadas. Nuestra celda no tenía puerta: los operarios habían arrancado hasta el marco de madera, así que no era más que un hueco rectangular en una pared que alguna re vez fue celeste. Dormíamos en un jergón colocado al pie de una ventana que daba a la fachada de la entrada y llegaba a medio metro del suelo. No había rejas, ni postigos ni contraventanas; ni siquiera cristales: lo único que conservaba aquella ventana era el marco de madera, precisamente para señalar su presencia. Ahora que lo pienso, me hubiera sido muy sencillo salir por ella al jardín, saltando sobre el reducido antepecho. Pero nunca lo llegué a hacer. Prefería girar por el pasillo y después por el zaguán para salir por la puerta principal. Así podría saludar al carcelero. La verdad es que nunca llegué a hacerlo, porque jamás se encontraba en su garita.The_Pier_with_a_Lamp

          Lo peor de aquel lugar eran las noches. Noches interminables, con sus continuas partidas de vigilancia. Porque obligatoriamente, aquellas largas noches traían el desfile incesante de las rondas de los guardianes. La oscuridad creciente de la tarde nos estremecía, pues predecía inevitablemente su llegada. Por más que estruje la memoria no puedo recordar noches tan oscuras en ningún otro lugar que yo conozca. Aquellas eran unas noches ciegas, densas y opacas hasta el fundido en negro absoluto. Tanto, que mi mujer y yo teníamos que olernos, que palparnos y hablarnos para reconocernos; y eso que dormíamos abrazados sobre el jergón. Pero si alguno de los dos se despertaba en mitad del sueño, podía oírlo, podía escucharlo con absoluta claridad. El murmullo casi inapreciable de la pareja de vigilantes que atravesaba por el exterior, a medio metro de la ventana a cuyo pie yacíamos. El crujir de lona de los uniformes militares, que se acercaba por el pasillo interior, rozando las paredes. Sus pasos sordos, cautelosos, que se detenían siempre frente a nuestra puerta, sin llegar a cruzarla, antes de proseguir su ronda por los corredores. Creo recordar también un vago olor a humo de cigarrillo o alguna leve risa sofocada. El que primero se despertaba ponía el dedo índice sobre los labios del otro, para evitar ni una palabra, y nos quedábamos así,  inmóviles, sobrecogidos, esperando que pasara aquella procesión invisible.

          Luego estaba el asunto del jardín. Para mi mujer y para mí el jardín que nos rodeaba, era algo totalmente diferente. Según ella, lo único que se podía denominar así, no era más que una pequeña superficie de seis u ocho metros cuadrados en torno a la entrada. Había limpiado de escombros aquel cuadrado que mostraba un minucioso pavimento de guijarros, y lo había limitado con varias macetas de geranio. Ella se pasaba la mayor parte del día allí, leyendo, barriendo los guijarros y regando o cuidando de las plantas.

          Mi jardín, por el contrario, era toda la superficie exterior, es decir, todo el espacio que rodeaba la prisión hasta la valla de cierre, erizada con alambre de espino y garitas de vigilancia a cada trecho. Venía a cubrir como una hectárea por cada lado y estaba sembrada de grandes bloques de caliza dispuestos ordenadamente, como los de un templo desmontado en espera de reconstrucción. Los había con ornamentos  y también con inscripciones. Entre ellos, por todas partes, crecían hierba, zarzales y arbustos de acacia. Algunas veces me cruzaba con parejas o con otros presos que deambulaban entre las calizas, lo mismo que yo. Por allí me dedicaba a pasear en silencio durante la mayor parte del día, pues fueron contadas las ocasiones en que mi mujer accedió a acompañarme. Nos habituamos a pasar el tiempo así, solitarios, cada uno en sus asuntos.The_Smoking_Fire

          A media distancia de la portada principal de la valla, junto a la grúa oxidada, en un chamizo que podía haber sido la caseta de los albañiles, un matrimonio de ancianos había puesto una cantina. Eran antiguos presos que nunca se habían decidido a abandonar la prisión. Yo caminaba hasta la caseta todas las mañanas porque, aunque no eran muy habladores, hacían un buen café. Además se podía leer el diario tranquilamente al sol, junto a la puerta. Después compraba algo de comida, un par de garrafas de agua potable para mi mujer y sus macetas y regresaba a la cárcel.

                   Una noche, después de la ronda de vigilancia, la palidez del alba me permitió distinguir a mi esposa, que me estaba observando. Debió verme tan desalentado, tan absolutamente abatido que, inesperadamente se quitó el camisón y poniendo su blanco pecho sobre el mío, o mejor dicho, sobre mi sudada camiseta, susurró

  • Quiero que me hagas el amor
  • Pero cariño, no es posible; aquí, no es posible. Estamos tan desabrigados, tan expuestos; tan continuamente vigilados, tan acechados… Sé bien que lo haces por mí, pero ahora, aquí, sería una auténtica locura.

        Insistió y, finalmente la estreché contra mí, intentando que mis brazos cubrieran toda su desnudez. Tras el íntimo abrazo, nos abandonamos a la placidez del silencio y volvimos a quedarnos dormidos.

          Cuando despertamos era mediodía y brillaba el sol. Nada más levantarse, ella salió al aire libre del jardín, a cuidar de sus plantas.  Yo, rápidamente me vestí y me apresuré hacia la cantina, esperando que  el café no se hubiera terminado.

          Al entrar, el matrimonio de ancianos se me quedó mirando fijamente. Diríase que con picardía, gesto que en ellos me resultaba francamente desconocido. La mujer me alargó una humeante taza de café con una mano y un papel doblado en dos con la otra. De un solo trago apuré el café y antes de llegara a abrirlo, añadió

  • Podéis iros cuando queráis.
  • ¿Cómo? – respondí sorprendido-
  • ¡Por fin estáis libres! Ha llegado el momento ¿No estabais a caso esperando la comunicación desde hace meses?

El anciano esbozó una sonrisa socarrona desde detrás de la barra y con la mano hizo el gesto de “largaos”.

          Sin leerlo, guardé el papel doblado en el bolso del gabán y salí a toda prisa. La excitación producida por la noticia y el posterior desconcierto, hicieron que confundiera un par de veces los trillados atajos entre bloques. Por eso tardé un poco más de lo habitual en llegar al edificio. Para mi sorpresa, ella lo sabía ya y me esperaba frente a la entrada, en el centro de su jardín, con el abrigo y el pañuelo de cabeza puestos. Aún así, le alargué la nota. Sin abrirla, sin preguntar siquiera de qué se trataba, la guardó. Después me tomó del brazo y comenzamos a caminar por el sendero central hacia la salida.         The_Staircase_with_Trophies

          El sol amarillo de la tarde picaba sobre los gabanes invernales y revelaba, a medida que nos acercábamos, las brillantes púas de la alambrada y el polvo acumulado en los cristales de las garitas de vigilancia. Resultaba evidente que hacía años que allí no había subido nadie. Ningún vigilante. Nos sobrecogía ese silencio con eco, característico de los lugares por mucho tiempo abandonados.

          Nos detuvimos ante la gran puerta de entrada. Por supuesto que no había ningún guarda; por supuesto que estaba abierta. Aunque mejor sería decir que no había ninguna puerta, ni tampoco reja, ni nada de nada ¡Nada en absoluto! Únicamente los dos hitos que a ambos lados marcaban la apertura. Nos detuvimos justo al llegar al umbral.

          Nos miramos. Al principio, dubitativos. Después, más bien desconcertados. Mi mujer soltó mi brazo e instintivamente buscó mi mano. Cuando se la di, ella abrió la suya y entrecruzamos los dedos. Entonces apreté fuerte para darle seguridad. Esperaba que reaccionara y tirara de mí hacia afuera. Al exterior. Pero no lo hizo. Se quedó inmóvil. Ambos estábamos paralizados. Por fin acerté a mascullar

  • ¡No sé, querida! A lo mejor nos estamos apresurando. Un poco ¿No crees? Ni siquiera lo hemos hablado. No hemos podido… no hemos tenido tiempo de hablar de todo eso
  • No, aún no. Pero yo pensaba que…
  • Mira, ahora, no se ve nada. Ahí fuera no se ve nada. No sabemos qué hay detrás, más allá. Afuera ¿Tú lo sabes a caso?
  • .. pues no, no lo sé. Ni idea ¿Quién sabe? – respondió – Tal vez, ahora que lo pienso, fuera mejor que regresáramos. A casa. No sé… para asegurarnos de haberlo dejado todo bien recogido ¿no?
  • Pues… sí ¡Claro que sí! Por otra parte, hay que preparar la maleta; las demás cosas. Habrá también que despedirse de los vigilantes; anunciar el momento de la partida. Además, ahora que me acuerdo, creo que he olvidado…
  • Pues yo… ¡Pero que tonta! Ni siquiera he cogido mi neceser.
  • Tal vez mañana, temprano…
  • ¡Eso, mañana! Tal vez…

          Un tanto confusos, pero desde luego bastante aliviados, nos dimos la vuelta y retomamos la senda de regreso a la celda. Caminábamos tranquilos, empapándonos de aquel sol que había cobrado el color de un membrillo maduro, recreándonos entre las lápidas, con el paso calmoso de quien pasea por simple placer, por un habitual parque. Al cruzarnos con una de las parejas que solía deambular entre aquellos bloques, por primera vez  nos saludó.

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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