No hubo tiempo para decir adiós. Por una parte es mejor así, yo tan solo cerré la puerta y lo dejé allí absorto en sus pensamientos y en mi despedida.

Hoy hace frío y la montaña cubierta de nieve es una invitación para quedarse en casa con una taza de café caliente y poner una banda sonora que acompañe la lectura de un buen libro. Debería haber sido así siempre, mañanas tranquilas de las que no se anotan en los recuerdos porque aparentemente no aportan nada, tan solo son una hoja más del calendario o de la agenda. La pequeña cabaña en la que vivo está lejos de todo, situada en una altiplanicie donde el valle rompe sus límites y se inician las lomas cada vez más escarpadas que concluyen en los vértices nevados de una cordillera infinita y blanca. La soledad es absoluta, el silencio también.

Cuando llegué hace ya algún tiempo, no me creí capaz de superar las primeras horas de aislamiento, sin teléfono, sin internet, sin tele. Tan solo algunos libros y mi bajo. Es curioso, me he pasado media vida huyendo, cambiando de nombre, de personalidad y de vida, dejando a un lado todo menos mis composiciones. El bajo me lo regaló mi abuelo cuando yo apenas tenía ocho años, es de color metalizado y con un diseño vanguardista. Desde mis ojos de crío miré asombrado aquella maravilla que emitía una música viva y danzante cuando los dedos de mi abuelo frotaban sus cuerdas con furia o delicadeza dependiendo del sonido que quisiera provocar. Aprendí a tocarlo con la rapidez que caracteriza a los niños cuando quieren conseguir algo y, para asombro de todos, no me cansé de él. Su música me ha acompañado siempre, hasta hoy. Ahora lo único que soporto escuchar sin que me moleste es el sonido fiel que emerge de él, aunque he decidido no componer más.

Las melodías solo necesitan una primera nota que les de paso, después los arpegios y las escalas se ensamblan en grupos tonales que forman armónicamente la música que hipnotiza y que atrapa. Sólo siete notas y, en cambio, las posibilidades de combinación son infinitas. El día que descubrí esta verdad con certeza implacable fue el inicio de mi debacle. Sobre el papel lo vi claro, las cinco líneas del pentagrama sobre el que yo garabateaba mis esbozos de las primeras composiciones musicales poco acertadas se tensaron y se fundieron en una línea negra y continúa que, como una flecha indicadora, me marcó el camino a seguir. Ahora que el silencio de estos montes me invita a la charla conmigo mismo, creo que nada de todo esto tiene sentido. Tampoco lo tuvo todo lo anterior.

Los primeros años, apenas era un adolescente, compuse canciones de música machacona y repetitiva que hacía las delicias de mis compañeros cuando salíamos a jugar a la calle. A medida que pasaba el tiempo la música se volvió menos monótona y más melosa y yo empecé a ser consciente de su poder. Era sencillo enamorar a mis compañeras, suspiraban bobaliconas por unas canciones aburridas y lentas que creían compuestas en exclusiva para cada una de ellas. Dejé el colegio pronto, me aburría. Me dediqué a tocar mi bajo en varias orquestas itinerantes que iban de fiesta en fiesta por los barrios y pueblos de la comarca. Apenas ganaba dinero para pagar la pensión en la que dormíamos pero no necesitaba más, al menos al principio.  Seguí tocando y seguí componiendo. Descubrí  la fuerza de la música para convencer a los hombres en cualquier negociación y lo que era aún mejor, servía para arrastrar a la mujer que me proponía a mi cama. No sólo yo me di cuenta del poder de sugestión de las notas embaucadoras de mi instrumento,  también se dieron cuenta los músicos de la banda con los que tocaba. Mi bajo poseía más poder de seducción que toda la filarmónica junta. Dediqué todas las horas libres de las que disponía a componer para conseguir o que me proponía desde embaucar a cuanto hombre o mujer se ponía por delante con cualquier fin o propósito. Empecé a crear composiciones por encargo. La música ablandaba corazones, rompía prejuicios y doblegaba voluntades; pero, sobre todo, abría de piernas moralidades de todas las ideologías. Me empecé a creer el amo del mundo y… quizás lo fuera.

La belleza que me rodea de naturaleza inmensa y de póster ejerce un efecto de espejismo sobre mi pasado. Es tan fácil tener al alcance todo y no disponer de nada en realidad. Las nubes se balancean despacio por el cielo constatando su existencia y mi imposibilidad de llegar hasta ellas.

A medida que mi fama musical aumentaba me quedaba cada vez más solo. La envidia cercenó mis sueños. Mis composiciones se volvieron perfectas. Se sospechó de mí, dijeron que yo solo era un advenedizo, no pertenecía a una familia de músicos, un abuelo que tocaba las noches de luna un viejo bajo, no era un aval suficiente. Tampoco mi vida lo era, sin estudios, sin hogar, un personaje itinerante sin raíces y sin afectos. Se comentó que yo mismo podría ser un fausto contemporáneo, la prueba palpable de la existencia del maligno y de que mi éxito tan solo se debía a una estrategia pactada de antemano con el señor del averno. Sin embargo, me siguieron utilizando, recurrían cada vez más a mí y yo entré en un estado febril en el que componer se convirtió en una obsesión. Las notas brotaban de mi mente y se adherían en las líneas del pentagrama y, después, de la partitura surgía una música bella y sugerente que envolvía todo a su alrededor. Todas composiciones para bajo aunque resultaba fácil adaptarlas a otros instrumentos.

El aire puro de las cumbres heladas que me rodean me recuerda como llegué hasta aquí. Al principio compuse por un puro juego conmigo mismo, después por alguna apuesta con los otros aficionados a compositores de la banda en la que tocaba y al final acepté el dinero. Primero poco, luego un poco más y cuanto más dinero ganaba y más dinero gastaba menos satisfecho me encontraba. El dinero me sedujo. Pero, aún más, el poder que de él emana.

Las montañas me han acogido bien, su inmensidad me ha puesto en mi lugar. Ahora soy consciente de mi pequeñez y de mi fragilidad aunque no ha sido un camino fácil llegar a comprender esta verdad. Cuando mis ansías de poder no tenían límite me rodeé de todos los lujos imaginables: coches de alta gama, fiestas desorbitadas en las que corría el alcohol y las drogas, jornadas de sexo sin fin, y flashes multicolores que me señalaban como el mejor compositor de la historia, casi me lo creí del todo. Aunque cuando parecía haber tocado la cima del éxito, revoloteaban en el aire e eco de alguna crítica y la acusación velada de que o bien el viejo bajo que tocaba estaba embrujado o era yo mismo el que plagiaba de alguna fuente no revelada. No lo podía soportar. Indagué y gasté unas cifras irreverentes de dinero en busca del origen de aquellas habladurías, si encontraba algún indicio más o menos certero de un posible responsable simplemente se le aniquilaba, sin contemplaciones, sin posibilidad de excusarse. Tomar la primera decisión me costó un poco, me tembló la voz al dar la orden pero luego con los otros que siguieron resultó mucho más sencillo. Sin embargo, a pesar de la rotundidad para zanjar el asunto, de nuevo en el lugar más insospechado surgía una chanza, un comentario banal e intrascendente cargado de maledicencia que abría implacable el caudal de acusaciones acerca de la propiedad intelectual de mis creaciones musicales.

Un día que sobrevolaba estas montañas en mi jet privado descubrí por casualidad esta cabaña olvidada entre las nieves y supe que este era mi destino. Cerré la puerta del despacho de mi representante y le dije que me marchaba. No había vuelta atrás, tampoco explicaciones. No me despedí de nadie, tiré mi móvil y me olvidé de todo, también del que fui.

Decido volver a mi cabaña, hoy la mañana está helada, me beberé una taza de café bien caliente, puede que lea un libro un rato… quién sabe quizá toque el bajo, pero no cederé a la tentación de inventar una nueva melodía  y eso a pesar de tener  la certeza y la calma de que no habrá periódicos, ni críticos, ni amigos, y saber a ciencia cierta que tan solo las montañas juzgarán mi trabajo.

 

FIN

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

 

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