Homenaje al Poeta - Ancianos

Llegó con los nervios a flor de piel como siempre que se enfrentaba a un acto público. No era que no conociera la dinámica de aquel evento, en el fondo todos eran iguales con muy pequeñas modificaciones sobre un guion consensuado y establecido, o que no se supiera de memoria el pequeño discurso que iba a pronunciar sobre un tema del que era considerada una afamada especialista. No. Los nervios se los producían un afán de perfeccionismo siempre truncado y cierta necesidad de beneplácito y reconocimiento general por parte de los asistentes a cualquier acto en el que ella interviniese. Sabía de antemano lo que ocurriría, primero las miradas escudriñadoras de un público ansioso juzgando sin piedad la idoneidad de la ropa elegida para la ocasión, la pericia del maquillaje y la soltura en los saludos a los demás ponentes de la mesa. Después toda la atención se focalizaría en su voz y en sus palabras. Luego vendrían las preguntas y más tarde las críticas, las de los asistentes, las de los expertos y las de ella misma.

Ocupó con precipitación su sitio en la silla asignada y se parapetó detrás de la mesa, ocultó sus papales tras el rótulo que indicaba su nombre y su cargo, ajustó su micrófono y abrió la botella de agua que amablemente habían dispuesto para ella. Solo cuando tragó, y sintió cómo el agua fresca apaciguaba su espíritu y su mente, se dignó mirar a la audiencia. Por un momento se sintió desconcertada, toda la sala estaba llena de ancianos que, ansiosos y expectantes, aguardaban el inicio de las conferencias. El desasosiego la invadió sin compasión alguna. Sólo a ella se le ocurría aceptar una invitación a un ciclo de conferencias para hablar de poesía organizado por una residencia de ancianos.

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El acto se inició solemne con loas de agradecimiento por parte del responsable de la sesión, en las que se enfatizaba la generosidad de los ponentes olvidando por completo citar sus cargos y sus méritos académicos. Ella empezó a removerse inquieta en la silla mientras el resto de compañeros, en estricto orden de presentación disertaban, con más o menos profundidad sobre los enigmas de la poesía, sobre sus reglas, sus autores y los distintos movimientos. Ella percibió el silencio, dejó que su mirada revoloteara por los asistentes. No quedaba ni una silla libre, los ancianos se habían arreglado para la ocasión, ellos se habían afeitado bien, alguno se había puesto pantalones con tirantes y comprobó que más de uno llevaba corbata, las señoras lucían collares de perlas y joyas desfasadas. Todos de domingo, todos con el espíritu presto para aprender. Pero lo que más la conmovió fue la atención con la que escuchaban. Apenas se movían en los asientos, no hablaban entre ellos, se mostraban como hipnotizados siguiendo las pautas de la voz de los conferenciantes y cuando el ponente finalizaba los aplausos atronaban el salón y un murmullo de aquiescencia y satisfacción inundaba la sala.

 

Cuando oyó pronunciar su nombre, se sintió débil como un junco movido por una brisa demasiado intensa y pensó que no había sido acertado elegir unos zapatos de tacón tan alto. Vaciló en el camino hasta el atril e incluso dio un pequeño traspiés nada preocupante pero que hizo sonreír a más de uno de aquellos ancianos. Ella lo interpretó como un gesto de complicidad que la hizo sentirse más cercana a ellos y templar el miedo escénico que se había apoderado por completo de su estado anímico. Las manos le temblaban ligeramente y su voz le sonó extraña cuando comenzó a hablar. No entendía muy bien la disociación que se produjo entre su mente y sus palabras escritas en los papeles, había decidido hablar un poco sobre las mujeres en la poesía, pero las líneas se emborronaron y perdieron completamente su nitidez. Ella se aferró a su conocimiento, habló de poetisas que hicieron de la poesía su arma, mujeres valientes y decididas que hicieron la revolución a través de la palabra… y, a medida que su disertación avanzaba, se encontraba más próxima y cercana a aquellos rostros de gafas y arrugas que la circundaban: “No le tengo ningún temor a la muerte – expresó- quiero vivir lo más, porque mi vida no es inoficiosa. Cada día que la prolongo realizo nuevas cosas”. Concluyó, haciendo suyas las palabras de Clementina Suárez, la poeta hondureña que revolucionó la poesía, y la ovación de aquel público entregado fue inmensa.

Los ancianos nada más concluir el acto se acercaron emocionados para hablar con ella. Y fue ahí cuando conoció a Lorenza, la nonagenaria que acompañada de su sobrina, se le acercó en aquella tarde para darle un afectuoso abrazo y unos poemas de su marido fallecido hacía ya más de una década. Ella nunca pensó perder su tiempo leyendo unas composiciones poéticas que preveía de nulo valor literario, de seguro que ampulosas y recargadas, en las que predominarían los ripios y las faltas de ortografía. Pero las leyó. En el camino de vuelta a casa, sentada en el tren medio adormecida, al principio por puro aburrimiento, después con cierta intriga y, al final, con verdadero interés de investigadora y entrega de lectora emocionada. Se encontró con la sencillez de la palabra, con el ritmo acertado, en el que la sintaxis se ajustaba en combinación exacta y precisa a la idea, y un tratamiento exquisito de los temas eternos del amor, la vida y la tierra.

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Esta tarde ha sido ella quien ha organizado el ciclo de conferencias en el salón de actos de la residencia. Se ha sentado de nuevo ante la misma audiencia, hoy también va a hablar de poesía. Más segura de ella misma que nunca, ha elegido bien su ropa, su maquillaje y su sonrisa. Se ha preparado para hablar de la sencillez de un poeta que, como tantos otros,  escriben en silencio porque piensan que el saber solo está en los eruditos y que el éxito les está vedado porque les corresponde a otros. Habla con orgullo del poeta amigo, al que todos conocieron, el hombre rudo de campo que se afanaba en las cosechas, que no supo de comodidades ni de hijos, que permaneció fiel y atento a su Lorenza y que, por las noches, cuando el cansancio no le vencía desgranaba versos y rimas.  Ella mira desde el atril a los asistentes, todos ancianos, todos emocionados y expcetantes, y sonríe con complicidad a Lorenza. Hoy por primera vez en mucho tiempo no siente miedo ante las críticas, ni de las de los demás ni de las suyas. El evento cuenta con afamados especialistas, también con renombrados autores y con críticos literarios pero, sobre todo, cuenta entre el público con autores ocultos que, por pudor y respeto, no se atreven a compartir con nadie sus escritos.

Se siente petórica y feliz. Sabe que ha cumplido con su deber. Ha  celebrado el  homenaje merecido al amigo ausente de aquellos compañeros de la residencia de mayores que llenan el auditorio. El reconocimiento público al  hombre discreto que murió,  con su secreto. Nadie supo nunca, ni tan siquiera sospechó que él, por muy increíble que resultara, era un poeta.

Ahora ella está de pie, detrás del atril, sin amilanarse, mirando de frente a los asistentes, animando con coraje a la literatura y a la vida a todos aquellos ancianos que sonríen y aplauden.

 

´Poetas

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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