.Tres cuervos negros - amanecer

Al amanecer, Ana, Carolina, y yo nos dispusimos a marchar por senderos empinados desde la falda del Pico de las Espadas hasta la cima de ese monte aragonés.

Poco después de terminar la carrera de medicina comencé a trabajar en la sala de urgencias del hospital público. Ana también trabajaba allí, y el Director del Departamento determinó que yo me uniera a su turno. Pronto me di cuenta de que Ana poseía una gran capacidad de trabajo, lo cual yo admiraba. Cuando ella me habló de su afición al alpinismo, pensé que su entereza física quizá se debía a la práctica de ese deporte.

   ¿Te interesa el alpinismo?, preguntó.

Yo no sabía mucho acerca de ello. Ana me prestó un pequeño libro sobre el tema, que ella había publicado, y lo encontré interesante.

   Me gustaría intentarlo, dije.

De ese modo conocí a Carolina, estudiante de Arte. Cuando Ana me la presentó, enseguida noté que era una chica de naturaleza sensible.

Carolina y yo comenzamos a salir juntos, y ella sugirió que nos uniéramos a Ana en sus excursiones pirenaicas. Aunque yo no podía imaginarme a Carolina—menuda y pálida—capaz de marchar por senderos empinados, la idea de hacer ejercicio al aire libre me resultó atractiva.

Juntos, los tres nos embarcamos a menudo en aventuras excursionistas. Se notaba que  Ana poseía una gran aptitud para enseñar cómo luchar contra las adversidades atmosféricas y del terreno. Yo admiraba a Ana, pero Carolina me atraía más. También me di cuenta de que entre estas dos mujeres existía un fuerte lazo de unión.

Tres cuervos negros - pico espada

Así, pues, al amanecer de hoy, los tres comenzamos a caminar por senderos en cuesta arriba, determinados a alcanzar la cima—Ana marcando el paso, Carolina en el centro y luego yo, no tan alto como Ana pero en buena forma—. Habríamos andado unas dos horas cuando comencé a notar que mi mochila se hacía más pesada sobre mi espalda, y quise saber si Carolina también lo estaría notando.

    ¿Estás cansada?, le pregunté.

Afirmó con la cabeza pero no se quejó. Deduje que Ana le habría enseñado a desarrollar resistencia. Ana procuraba que nosotros nos mantuviéramos fuera de peligro todo el tiempo; ella tenía confianza en sí misma y era consciente de su responsabilidad como líder. Carolina, sin embargo, necesitaba palabras de aliento de vez en cuando.

Hacia la mitad del camino, nos tomamos un descanso. Nos sentamos en una roca aplanada que yacía al lado del sendero, comimos algún piscolabis que llevábamos en la mochila, y bebimos agua de nuestras cantimploras. Ana notó la presencia de nubes allí dónde antes el cielo había aparecido despejado.

    Huele a lluvia, dijo. Debemos darnos un poco más de prisa.

Reanudamos la marcha. Se levantó una brisa más fría, y en el aire flotaba un olor a ozono como si se avecinara una tormenta. Yo confiaba en la pericia de Ana. Ella apresuró el paso y tiró de nosotros en el último trecho hasta que al filo del mediodía coronamos la cima, sudorosos pero satisfechos. El sol se ocultaba entre nubes gruesas, y la atmósfera era gris y opresiva. Sentí que no podía respirar bien, y Carolina dijo que se notaba mareada.

    Escuchad un ruido que retumba a lo lejos; es el viento, Ana advirtió. ¡Hemos de permanecer fuertes!

tres cuervos negros - rayoEl viento aullador parecía galopar hacia nosotros, remolinándose entre las rocas. Momentos después, unas nubes densas se rasgaron, resonaron truenos, y una serpentina de fuego cruzó el espacio. Tres grandes pájaros negros que volaban justo por encima de nosotros recibieron una violenta sacudida; perdieron su rumbo, y antes de que los restos sin vida de uno de ellos cayera a nuestros pies, otro latigazo de fuego se enredó entre el cuerpo de Ana, y ella se derrumbó sobre el suelo rocoso. Al instante, me acerqué a su lado y le tomé el pulso.

    El latido es muy débil, dije.

Carolina se había puesto en cuclillas a dos metros de nosotros. Temblando, nos miró como si se tratara de una aparición, como si Ana y yo fuéramos habitantes de otro mundo, un mundo desconocido para ella. Le apliqué a Ana respiración boca a boca, tomando el pulso con frecuencia, hasta que comprendí que su corazón había parado de latir para siempre.

Me aparté de su cuerpo inerte y me acerqué a Carolina, quien daba la impresión de estar pasando por un trance: los dientes le castañeaban, las manos le temblaban,  y los ojos los mantenía muy abiertos. El ventarrón seguía arremolinándose a nuestro alrededor. Con cuidado, atraje a Carolina primero hacia mí y enseguida hacia abajo para tumbarnos en el suelo; ella no opuso resistencia. Ambos yacimos inmóviles sobre el terreno, conmocionados, hasta que una lluvia torrencial nos sacó del sopor. La oscuridad reinaba por todas partes; era como si el sol hubiera huido de nuestras vidas.

    Ana ha muerto, dije. Debemos dar parte a la policía.

    Apenas podía mantenerme en pie. Agarré mi teléfono móvil para llamar, pero no había señal de recepción. Pedí a Carolina me dejara usar el suyo. Con mano temblorosa me lo pasó. Tampoco había señal de recepción.

    Volvamos al valle, dije. Necesitamos ayuda.

Con mucha dificultad, Carolina se las apañó para sacar de su mochila una mantita que me la  pasó mientras apuntaba con su mirada hacia el cuerpo de Ana. Yo agarré la manta, me dirigí hacia donde yacía el cadáver y, sin tocar nada, lo tapé.

Carolina y yo iniciamos la bajada tratando de seguir el mismo camino por el que habíamos subido, pero el viento y la lluvia habían borrado las marcas de los senderos. Con ella gimiendo a mi lado y yo lleno de miedo de que perdiéramos la ruta, librando obstáculos, los dos descendimos al valle y llegamos a la casita que los tres habíamos alquilado el día antes. Lleno de aprehensión, entré yo el primero; Carolina me siguió. En ese mismo momento, la cruda realidad hizo que me estremeciera: los tres habíamos ocupado la casita el día antes, pero ahora solo éramos dos. Me sentí abrumado, indeciso acerca de qué hacer, qué pensar, qué decir a Carolina.

    Te quiero, dije, y mis palabras sonaron como dichas a destiempo.

    Ana ya no está con nosotros, respondió Ana con voz de ultratumba, y sus palabras me sonaron como el anuncio del fin de un viaje, la estación terminal.

tres cuervos negros- hombre sentado

Agotado, me senté en el sofá  de la sala de estar. Carolina se retiró a descansar en el dormitorio. Yo llamé a la policía. Cuando comencé a describir lo que había pasado, me vino a la memoria el recuerdo de un empleado público que llegó en ambulancia a la Sala de Urgencias de nuestro hospital dos noches antes. Estaba cerca de la muerte debido a una descarga eléctrica que había recibido mientras trabajaba en una instalación. Ana se encargó del caso. Aplicó el desfibrilador sobre el pecho del paciente y lo reanimó. ¿Por qué no pude salvarla hoy? Pregunté de forma automática al oficial. Como respuesta, el policía me aseguró de que ellos despacharían inmediatamente un helicóptero hacia el lugar. También me pidió que Carolina y yo permaneciéramos donde estábamos hasta que los agentes de la policía llegaran para entrevistarnos.

Cuando terminamos de hablar por teléfono, me recosté en el sofá y traté de relajarme, pero no encontraba paz porque mi mente no se libraba del recuerdo del fatal suceso. ¿Sobrevivirían los dos pájaros negros que perdieron en vuelo a su otro compañero? ¿Habíamos nosotros perdido Ana para siempre?, me preguntaba. Hasta que me quedé dormido.

He despertado hace solo un rato. Son las dos de la mañana. Por unos instantes, no estuve seguro de lo que había sucedido hasta que recordé que Carolina estaba descansando en el dormitorio. No nos habíamos comunicado desde que llegamos a la casa. Fui a la habitación. Ella estaba despierta.

    Ayer perdimos a Ana, que los dos amábamos, dijo con voz distante.

Dejé que descansara más, y me volví al salón, donde me encuentro ahora, sentado en el sofá, esperando a que llegue la policía y preguntándome si Carolina y yo, sin Ana, seremos capaces de amarnos.

 .tres cuervos negros

Relato breve escrito por Jose Luis Recio.

Relato Original en inglés “Three black birds” publicado en la revista “Adelaide” (Revista literaria independiente de emisión trimestral con base en New York y Lisboa) en Julio 2017- Versión en castellano traducida por el autor.
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