.Palmiro - cantando

—   ¡Estoy harta de tu desidia! Silvia sale del apartamento dando un portazo.

Palmiro, sintiéndose instigado, salta de la cama y va al baño; odia que ella le despierte de madrugada. Minutos después, se pone la sudadera, cuelga un Marlboro de los labios y sale de estampida a la calle en el Centro de Madrid. “I’ll light your cigarette…” — Oye la canción a través de los auriculares y enciende el cigarrillo.

Palmiro, uno noventa de estatura, delgado y pálido, camina sin rumbo. Cuando le entra hambre, se tienta el bolsillo—tiene algún dinero— da una última chupada a su tercer Marlboro en la mañana y entra en un café que está situado en la esquina de dos calles estrechas. Un par de parroquianos se sientan a una de las mesas disponibles, pero Palmiro prefiere el mostrador.

—   Un café solo, sin  azúcar, y una tostada—comanda a la camarera con cara de ángel que está detrás de la barra. ¡Hija de la gran…!—masculle entre dientes.

—   Disculpa, ¿te estás refiriendo a mí? — La camarera, que parece ser de su misma edad, de unos veinte años, le corta la palabra con cara de asombro.

—   Lo que digo es que pronto compondré una canción de éxito, y ella va a saber quién  soy yo —dice Palmiro.

La camarera relaja sus hombros y se atusa el pelo, corto y negro, con la yema de los  dedos.

—   ¿Eres músico? —pregunta llena de expectación.

—   Compongo canciones.

Ella sonríe y se aparta para preparar la tostada y servir el café.

—   ¿Y quién es ella? — pregunta cuando regresa.

—   Es mi novia. Se parece a ti, delgada y grácil, solo que ella es rubia con ojos azules. Por alguna razón, esta mañana se despertó refunfuñada y se largó del apartamento dando un portazo.

—   Sus razones tendrá — dice la camarera.

—   Lo que ella quiere es que yo busque trabajo y me deje de soñar —Palmiro sacude su cabeza en señal negativa.

—   ¿Y cuál es tu sueño?

Yo soy un artista, piensa pero no dice. En lugar de responder, se da prisa a terminar el  desayuno y pagar.

—   Pronto sabrás quien soy yo, encanto — le grita a la camarera según sale.

Afuera, un sol vivo de primavera le ciega; se olvidó las gafas de sol. Cruza la calle y prosigue andando despacio por la otra acera, sombreada, ajustándose los auriculares: ¨You don’t bring me anything, but down…¨ —dice la canción. Continúa caminando hacia la Puerta del Sol y cuando llega allí, entra en la boca del Metro. En el vagón, siente bochorno, suda profusamente, y se limpia el sudor de la frente con la manga. ¨Un hombre mata a su novia con un hacha¨—Palmiro lee en un periódico que uno de los pasajeros sostiene abierto delante de sus ojos. Desvía la cabeza a un lado para evitar el tener que vomitar. Se apea en la segunda siguiente parada.

          Sale del Metro en la Calle Fuencarral, respira profundo un par de veces y comienza a andar en busca de un determinado edificio de tres pisos. Cuando lo encuentra, entra, sube las escaleras hasta el segundo y se para en frente de uno de los apartamentos, cuya puerta está pintada de un rojo intenso. Apaga el móvil y toca el timbre. Silvia abre la puerta.

—   ¿Cómo te atreves a venir al apartamento de mi hermana? —le espeta.

—   No puedes romper conmigo de esa manera, Silvia.

—   ¿Quién me lo va a impedir?— Ella endereza los hombros.

—   Yo te quiero y…

—   No, Palmiro. Tú te quieres a ti mismo. Por dos años, yo estoy yendo a trabajar…

—   Ya sabes que yo no sirvo para mantener un empleo—le corta.

—   ¡Ese es tu problema! Estoy cansada de oír tus excusas—se lleva las palmas de las manos a su vientre como si tuviera dolor.

—   ¡Yo soy un artista!—dice Palmiro.

—   ¡Y yo estoy embarazada! Vas a ser padre—ella le mira directamente a los ojos.

Aturdido, Palmiro empuja la puerta, pero Silvia la cierra de golpe. ¡Maldita sea! Está embarazada, dice. Voy a ser padre, dice. ¿Qué quiere decir todo esto? Palmiro permanece de pie frente a la puerta, como paralizado, hasta que el reflejo del color rojo le borra la vista. Entonces, se pone un cigarrillo en la boca y se da la media vuelta. La noticia de que Silvia está embarazada hace que le tiemble el estómago. ¿Que se supone que él debe hacer? ¨Pronto voy a componer una canción de éxito y entonces…¨— balbucea según sale del edificio.

.palmiro ' monica

No sabe a dónde dirigirse. De repente, le viene a la mente el recuerdo de la camarera del café donde había entrado antes, y decide volver allí. Ahora el local está lleno de gente, Palmiro, nervioso, se dirige a la barra y se sienta en uno de los taburetes que está libre.

—   —¡Oye guapa! —dice a la camarera—dame una cerveza.

A pesar de su bravata, su estómago tiembla y su corazón se agita. El parroquiano sentado a su derecha, un hombre de bastante edad, le mira con cara de pocos amigos. La camarera se le acerca.

—   ¿Es que alguien te ha zarandeado? —pregunta.

—   Lo que pasa es que no sé a qué mundo pertenezco—dice.

Ella le mira con compasión.

—   Me llamo Mónica—dice con una sonrisa.

—   Yo soy Palmiro.

—   ¿Qué marca de cerveza quieres?

—   Dame una caña.

La persona a su izquierda, una mujer de edad media, un poco calva, le mira y hace una mueca de desdén.

—   ¡Soy artista! —grita Palmiro.

Nadie hace el menor comentario. Mónica le sirve la caña y con mucha calma pregunta cuál es su problema.

—   No puedo mantener ningún trabajo, ¡carajo! —grita y aprieta el vaso de cerveza con  tal fuerza que le tiembla el brazo.

Se crea tensión en el ambiente. Palmiro se da cuenta de que está siendo el foco de atención por parte de todos y se coloca los auriculares con gesto de indiferencia. Con cautela, Mónica se le acerca y golpea con los nudillos en el área del mostrador de madera enfrente de él como si llamara a la puerta de su casa. Palmiro se quita el auricular del oído izquierdo.

—   Nosotros, los artistas—dice ella en voz baja—también somos capaces de trabajar.

—   Palmiro, turbado, se le queda mirando; sus oídos paran de oír la música que el móvil  transmite.

—   Me falta poco para convertirme en bailarina—Mónica continua con cara de satisfacción—pero si no trabajara aquí, no habría podido afrontar los gastos de mi preparación.

La declaración de Mónica hace que la calma regrese entre los presentes, pero Palmiro sigue intranquilo.

—   ¿Qué te debo? —pregunta.

—   Invita la Casa.

—   Gracias—dice él, y se marcha cabizbajo.

Distraídamente, otra vez deambula por las calles pero ya no escucha la música. Al dar la vuelta a una esquina, sus ojos tropiezan con la inscripción del nombre de la calle. Se trata de una placa de baldosines blancos, adosada a la fachada de un edificio, con la inscripción Calle del Clavel y un dibujo de un grande clavel rojo en el centro rodeado de varios otros más pequeños. Algo en la composición de la lámina llama su atención. De repente, los claveles se mueven en frente de sus ojos y se redistribuyen en forma de palabras: Haz algo práctico, Palmiro lee. ¡Qué cosa tan extraña!

Palmiro sacude la cabeza y emerge del trance sintiendo miedo, pero también determinado a tomar acción. He de hacer algo, piensa. Duda a dónde encaminarse, si volver al café y agradecer a Mónica sus palabras de aliento o retornar a ver a Silvia y compartir con ella su determinación de buscar trabajo.

.Palmiro -hombre solo

Relato Breve escrito por José L. Recio

Relato Original en inglés “Palmiro” publicado en la revista “Adelaide” (Revista literaria independiente de emisión trimestral con base en New York y Lisboa) en Mayo 2017- Versión en castellano traducida por el autor.

 

 

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