No hay nada, tan solo una soledad letal y corrosiva que anega mis entrañas. Es raro, todo a mi alrededor permanece contagiado de tristeza. Busco en los rostros de algunos de los que me rodean la mirada cómplice de la comprensión, pero es absurdo nadie se fija en mí.

Sigo la rutina de todos los días, el recorrido en metro que repito machaconamente cada mañana cuando me dirijo al trabajo. Muchos rostros me son  familiares, algunos de esos pasajeros anónimos, tan anónimos como yo, alguna vez, en alguna ocasión del todo fortuita y casual, han cruzado conmigo una mirada efímera y hasta he creído entrever un esbozo de sonrisa fugaz a modo de saludo tácito y breve. Sin embargo, hoy nadie se fija en mí. Ni en la mirada acuosa de mis ojos, ni en el cansancio moral que me invade hasta el punto de sentir mis piernas de plastilina como si en cualquier momento se fueran a partir y a lanzarme irremediablemente contra el suelo. El traqueteo del tren agita mi interior como si fuera una batidora. También mis pensamientos.

Cuando el despertador sonó no me podía imaginar nada de lo que se me avecinaba minutos después. Me levanté, con la pereza mañanera habitual y comencé mi día. Arrastré mis pies encarcelados en las zapatillas, las zapatillas destartaladas y descoloridas que me arrastran hasta el baño, y que después, más despierta ya tras la ducha, me llevan a la cocina para preparar el café cálido y oloroso que reconforta el alma y me prepara para la jornada que se inicia inmisericorde, siempre a la misma hora intempestiva. Es el café que me pone a punto para la vida. Sin embargo, esta mañana en el corto espacio de un parpadeo, un eslabón de la rutina saltó por los aires y me vapuleó con la fuerza de un ciclón arrollando todo a su paso y a mí me dejó inerte en medio del desconcierto.  Estaba medio metida en el armario, con la única preocupación de saber con qué color combinaba la falda malva que siempre me propongo vestir y que siempre acabo sustituyendo por otra, no importa cuál  porque el violeta apagado no termina de casar bien con ninguna camisa de las que tengo, cuando sus palabras definitivas aniquilaron el silencio de la habitación.

  • Me he enamorado de otra.su voz, que me venía por la espalda, fue apenas un susurro muy próximo a mi oído.

Me di la vuelta de golpe con la falda malva entre mis manos y el estupor pintado en mi cara. Lo vi como cada mañana, impecablemente vestido y listo para irse al trabajo. Pero noté de inmediato que algo extraño rompía la imagen repetida de cada día. Entonces me fijé bien, con su mano sujetaba firme la pequeña bolsa de viaje, la que usamos para las escapadas de fin de semana. La asía con fuerza y sin ninguna vacilación. Quise preguntar el porqué, quise saber quién era, cuándo había surgido todo aquello, qué había hecho mal yo, dónde y cuándo se veían o que a quién se le ocurría decir algo así un martes recién levantados y antes de ir al trabajo. Pero, no hubo tiempo para nada. Él se giró y apenas un minuto después oí como se cerraba con suavidad la puerta de nuestra casa.

No estoy segura de si me he pasado de estación o aún no he llegado a mi parada. El metro con su balanceo monótono adormece a la gente en estas primeras horas,  hoy a mí me sacude a su voluntad y me hace perder el equilibrio todo el rato. Quizás no debería ir a trabajar, pero en un caso así qué se alega, ¿desconcierto emocional? ¿sensación de abandono? ¿pérdida de referentes? o, ¿puede ser mejor plantarle cara al asunto y reconocer abiertamente una traición sin paliativos ni atenuantes? No sé cómo organizar mis pensamientos, dudo si ha sido cierto lo vivido en casa o lo he soñado porque ni la ducha, ni el café me han despertado lo suficiente. De pronto el pinchazo en el alma, agudo y penetrante, me pone en guardia y sé que todo ha sido cierto.

No sé cómo enfrentarme al día, tampoco al resto de mi vida. Siento la presión de las cinco palabras letales que taladran inmisericordes mi pensamiento. No he llorado, ni pataleado, ni montado una escena, todo ha sido aséptico y rápido, como en la cirugía moderna que te amputan cualquier trocito de tu organismo y gracias al láser y a la anestesia no te enteras de nada. Pero a mí me duele, me duele dentro y mucho.

Me veo reflejada en la ventanilla del vagón y observo mi cara, sin maquillar, las ojeras resaltan dando un tizne de carbón a mi piel pálida, probablemente no me he peinado porque tengo el pelo bastante desordenado cubriendo parte de mi cara. Parpadeo rápido para borrar mi reflejo desaliñado pero, al focalizar de nuevo mi mirada, en esa décima de segundo, descubro en mi imagen que llevo puesta la falda malva con una preciosa blusa blanca y que, si no fuera porque me siento tan triste que he perdido toda capacidad de elaborar un solo pensamiento coherente, hasta podría reconocer sin ningún género de dudas que este conjunto me sienta de maravilla y que, de verdad, me favorece un montón.

 

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Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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