.gafas en la nevera - caja galletas danesa

Se extrañó, la abría todas las mañanas y nunca antes la había visto. Con su presbicia era difícil distinguir los objetos sin las gafas correctoras.

Además procuraba dejar la capa del fondo siempre llena para no quedarse sin ellas en un día de lluvia. La misma caja de galletas danesas desde hace años. Él no iba a cambiar lo que estaba bien y había dejado su mujer.

La llave era pequeñita, la mitad de su dedo menique, dorada, descolorida.

La palpó como si quisiera que le hablara y le contara su secreto, igual no había ninguno. Estaba sola y olvidada en medio de las galletas que no le hacían caso.

Pensó en llamar a su hijo y preguntarle, le iba a contestar lo de siempre:

—  Papá estoy trabajando, qué quieres que me preocupe de una llave en una caja de galletas, perdóname pero ahora no puedo atenderte— y colgaría enfadado.

Su hijo Pedro tenía un trabajo de responsabilidad, del que él nunca se acordaba del nombre. Era director de una empresa que lo hacía viajar por el mundo, conocer ciudades nuevas, hablar con desconocidos. El trabajo que Matías había deseado en sus días de oficinista, cuando miraba a la pared desconchada del patio que tenía en frente de la ventana, y se decía que su hijo tendría una vida mejor.

A veces le daba pena no poder hablar con él, escuchar sus impresiones.

—  Papá — le decía Pedro — lo siento, pero no tengo ni un minuto que perder.

Él lo comprendía, cómo no iba a entenderlo, su hijo era alguien importante aunque él siempre lo vería como el niño a quien le robaba la pelota jugando al futbol.

Su nieta, Arancha, la vio en el bautismo, guapísima en brazos de su madre. Hace una semana, en el día de su primer cumpleaños, su hijo le envió la foto desde Bilbao con sus otros abuelos. Tenía que reconocer que era muy guapa, no se parecía a su madre que tenía la mirada oscura de las mujeres vascas.

¿Y su niña Inés? Desde la muerte de su madre no había vuelto a la casa familiar. No se había atrevido a ir por no abrir los armarios y tener que vaciarlos y cada vez buscaba una excusa diferente. Él solo, no tenía fuerzas ni ganas.

Hacía mucho que no veía a sus nietos, y sería una buena excusa para llamarla y pedirle que se acercara con ellos.

Buscó el teléfono, las gafas, que dejaba cada vez en un sitio distinto y luego se veía obligado a dar vuelta a toda la casa para encontrarlas. Inés, su Inés se las encontraba en seguida. Mejor no pensar, era demasiado doloroso recordarla. Últimamente no conseguía ponerle rostro, intentaba visualizarla y nada, ni siquiera podía recordar su voz tan dulce.

.Gafas en la nevera - gafas

Esta vez sí que lo tenía difícil, no estaban encima de la mesilla, ni en el cuarto de baño.

Repasó los últimos movimientos antes de ir a la cama, siempre bebía un vaso de leche fría. Abrió el frigorífico, allí estaban. Al ponérselas tuvo un escalofrío. La piel, a pesar de su sequedad se le había vuelto muy sensible. Con pasos cortos se dirigió hacia el cuarto de estar para coger la libreta, no era capaz de mirar los números en el teléfono sin sus gafas.

A su vecina Sofía, para que le fuera más fácil llamar, los hijos le habían preparado los números más frecuentes y ella sólo tenía que tocar el uno o el dos y en seguida podía escuchar sus voces.

Matías marcó lentamente el número de su hija, le respondió una voz extraña, pensó que se había equivocado de número.

—  Hola, despacho de la doctora Gálvez-repitió la voz

¿Cómo sabía esa señora su apellido? Igual se había equivocado.

—  Hola, voy a colgar…

—  No, no, ¿puedo hablar con mi hija?

—   Ah, señor Gálvez, no lo había reconocido. Lo siento, estará reunida todo el día. ¿Es urgente?

—  No, gracias, dígale solo que estoy bien y Sofía me hace compañía. – La secretaria no entendió nada pero lo apuntó. “dice su padre que está bien y Sofía le acompaña”.

Como gritaba la condenada, le obligaba a chillar a él también. Se tocó el oído, no se había puesto el Sonotone.

Lo cogió de la mesilla y se lo colocó, un pitido fuerte ¿Qué sería? Dejó las gafas sobre la encimera y esperó.

Era el timbre de la puerta, no había soltado la llave, seguían llamando y él no podía correr.

Al abrir la puerta con ahogo, los ojos vivarachos de su vecina Sofía le sonrieron.

—  Cada día estás más sordo, te he traído un poco de bacalao al pil pil que a ti tanto te gusta.

—Es verdad, es lo único que me gusta del País vasco. Pasa, pasa—se hizo a un lado dejándole espacio —y cierra la puerta que en estos tiempos…

Sofía lo miró con cariño, le repetía siempre lo mismo.

—  ¿Cómo te encuentras hoy?

—  Bien, ¿por qué? , estoy siempre bien.

¿Para qué le preguntaba, si conocía la respuesta?

Se dirigió hacia la cocina.

Ella, con su batita blanca y azul, daba saltitos al andar como las muñecas de los carillones, parecía que le daban cuerda todas las mañanas.

Sofía veía sus brazos cada vez más lentos y temblorosos, la camiseta interior estaba del revés, y los pantalones, sin los tirantes amarillos y rojos como la bandera española, se sujetaban por un extraño milagro.

A ella sus hijos la llamaban todos los días y una vez a la semana acudían a comer, tenía suerte. Un día escuchó a Pedro decirle a Inés que antes o después tenían que pensar en una residencia para su padre.

Hasta que ella viviera no lo iba a permitir. Por eso le recomendaba:

—  Cuando llamen tus hijos, para que no se preocupen, diles que estás siempre bien y que yo te hago compañía.

Llegaron a la cocina, Sofía apoyó el plato y le dijo:

—  Dame un vaso de agua por favor.

Al entrar en aquella casa necesitaba beber, de la sequedad que le producía el polvo acumulado. Demasiados muebles y objetos, caballos marinos de porcelanas, sirenas, todo el mundo marino que le gustaba a Inés. Cada año cuando iban a la playa las dos familias, ella  siempre se llevaba de recuerdo un adorno.

Me recuerdan al mar en los días de invierno y en lo bien que lo hemos pasado—decía con tristeza. La asistenta de Matías iba un día a la semana y no era suficiente.

El dejó la llave en la encimera, cogió un vaso, abrió el grifo y lo llenó de agua hasta rebosar, luego se lo dio, tirando al suelo buena parte de su contenido.

Sofía dio un paso atrás para que no la mojara.

—  ¿y esta llave? ¿Me la regalas?

—  ¿Para qué la quieres? — Le respondió Matías intrigado.

—  Esta es la llave de la suerte que salía en una caja de galletas hace tiempo y tu mujer la llevaba siempre con ella en su bolso. ¿Dónde la has encontrado?

—  En la caja de galletas—respondió él

gafas en la nevera- llaveSofía al cogerla la miró, se parecía pero no era la llave de las galletas, tendría que abrir algo, no creía que Inés madre la llevara siempre colgada sin ningún motivo.

—  Matías, y digo yo, —mientras hablaba se acercaba a su oído peligrosamente, — ¿no te acordarás de alguna cajita que tuviera Inés?

—  ¿Cajita, dices? No, nunca fisgoneaba en sus cosas y ahora menos que la echo tanto de menos— Empezó a sollozar y se sonó con estruendo la nariz. — No me hagas caso, estoy demasiado sensible.

—  ¿No te importa si vamos a tu dormitorio y buscamos?—  El afirmó con la cabeza, pero estaba pensando “esta cotilla se podría haber ido ya a su casa”. Cuando eran jóvenes, no le disgustaba, era dicharachera, con el pelo rizado y una sonrisa decorada en sus labios como una flor. Era muy amiga de Inés, a pesar de ser completamente distinta de su mujer, la una era alegre y la otra nublada como un cielo de noviembre. Por eso mismo se compenetraban, pensaba él.

Iban juntas de compras, luego tuvieron el mismo número de hijos, primero el varón y luego la chica. Sofía se quedó viuda y tuvo que trabajar duro para sacar adelante a sus hijos. Inés en cambio se quejaba siempre sin aparente motivo. No trabajaba, tenía una asistenta y sus hijos eran buenos estudiantes.

Sofía ya había entrado en la habitación que estaba a oscuras, encendió la luz y con la llave en mano como si fuera una espada, se acercó al armario, creía recordar que una tarde, mientras estaban merendando chocolate con churros en la cafetería del centro, Inés le contó que tenía una pequeña caja fuerte escondida detrás del armario.

Por el momento nada, como la curiosidad podía más que la prudencia revolvió todos los cajones. Matías no daba crédito a lo que estaba viendo, esa mujer era una gran entrometida y no se había dado cuenta hasta ahora.

Chilló —Déjalo ya, no me revuelvas todo.

—  Hombre, tranquilo, luego pongo todo en su sitio- o sea que no pensaba abandonar la búsqueda.

Por fin se topó con un cajón que se resistía más que los otros, consiguió tirarlo al suelo y detrás, bingo, una pequeña caja fuerte. Se emocionó tanto que tuvo que arrimarse al borde de la cama y luego sentarse.

La llave abrió la cerradura.

gafas en la nevera -- caja con cartasUna estrella marina protegía unas carta atadas con un lazo rosa. Les dio la vuelta y palideció: era la letra de su marido.

Las soltó como si la hubiera mordido una culebra y la estrella marina rodó hasta debajo de la cama. Matías las recogió lentamente apoyándose en un taburete.

A ella le entró el pánico, no podía leerlas. Decidió en aquel instante que le harían daño solo a ella.

—    Dame las cartas, que tú no ves bien, yo te las leo. Son cartas de tu mujer a su hermana que vivía en Francia. Nada importante.

—    ¿Y qué le contaba?  – Se acercaba peligrosamente.

—    ¿Cómo lo voy a saber? Espera, vamos hacía la luz natural en la cocina— se levantó de repente y como era más ágil que él llegó antes. Eran cartas de amor, de desesperación por no poderse encontrar más veces, Sofía está siempre conmigo, decían. Nos teníamos que haber casado tú y yo…..mi amor.

Matías estaba sofocado para intentar mantener su paso, la miró fijamente y le dijo:

—  Venga, léeme una.

—  Querida Inés, esta es de la hermana, aquí en Burdeos hace mucho frio.

—  Sí lo decía siempre, espera, ¿quieres beber algo? Yo me tomaría un poco de vermut con las galletas.

—  Vale, sírveme otro pero con un poco de agua— Mientras el otro traficaba con la botella y los vasos, ella se guardó casi todas las cartas en el bolsillo de la bata. La que iba a leer la cortaría en pedazos nada más terminarla.

—  Venga, empieza.

—  Ya te digo, había dos, serán todas iguales.

—  Me parecieron muchas.

—  Tu no ves bien, ¿no es así?

—  Ya me gustaría a mí volver a ver como antes.

El anciano Matías se sentó, conmovido, en una mano el vermut y en la otra una galleta. Querida Inés—su voz estaba rota, —en Burdeos hace frío…

.gafas en la nevera - cartas

Relato breve escrito por Matilde Tricarico

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