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 ¿Oiga, oiga…? ¿Me puede oír? ¡Anda, pero si está usted consciente! Después de tanta vuelta de campana pensaba que… Pero… ¿Se encuentra bien?

  • Uh… ¡Eso creo! Ayúdeme a salir de aquí
  • Un momento, un momento. No se impaciente – dijo abriendo una navaja del tamaño de un machete- ¡Ya está! He cortado el cinturón de seguridad que le estaba estrangulando. Ahora, alárgueme una mano, le ayudaré a salir por la ventana. Como el vehículo ha quedado bocabajo, no se puede abrir la portezuela. Despacio; despacio ¿Se puede levantar ya?
  • Creo que si. La verdad es que estoy bastante mareado –respondí mientras salía a gatas a la hierba escarchada de la cuneta- pero si usted me ayuda, creo que las piernas me sostendrán.
  • No, espere, espere… ¡Increíble, si se mantiene de pie y todo! – y su exclamación produjo una bocanada de vaho delante de mi cara.
  • ¡Que suerte ha tenido! Prácticamente ileso ¡Ah, menos mal que suelo pasar por aquí!

Una vez, hace ya algún tiempo, me metí un señor tortazo con el coche. Fue en una carretera de segunda categoría y trazado infame de la Sierra de Guadarrama. Nada inexplicable: la primera nieve, el hielo de la madrugada, las rodadas anteriores que habían convertido el firme en una pista de patinaje y lo que tenía que pasar ¡Cinco vueltas de campana y siniestro total.

No concibo aún cómo no me quedé allí seco, boca abajo, con las tripas del coche mirando al cielo. Un verdadero milagro, según el camionero que cortó el cinturón de seguridad para que pudiera zafarme y escapar por la ventanilla

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Mientras el hombre telefoneaba pidiendo una ambulancia, me quedé observando con tristeza la posición insólita del Astra en mitad del terraplén, sobre una maraña de arbustos congelados. Al percibir mi gesto exclamó

  • ¡Olvídese de eso! No es nada ¡Pura chatarra sin valor! Lo importante es usted; que usted se encuentre bien. Y ya puede ir haciéndose a la idea de que este día ha vuelto a nacer.

Aquello sucedió un 27 de noviembre. Jamás olvidé tal fecha porque era el cumpleaños de Marina, mi compañera de entonces. Desde aquel momento celebro mi aniversario dos veces al año, la fecha real y la de ese, no sabría si decir funesto o afortunado, día.

Esta mañana, ordenando papeles, he encontrado una foto de cuando estrené aquel Astra plateado que me salvó la vida. Seguro que fue gruesa chapa del vehículo fabricado en Alemania lo que evitó la catástrofe. Si hubiera sido ahora, con el papel de fumar con que fabrica carrocerías la Opel de Zaragoza… ¡No quiero ni pensarlo!

Curiosamente, la foto está tomada relativamente cerca del lugar del siniestro, frente a los remontes de Navacerrada. Eso sí, un par de otoños antes. Se ve la cumbre nevada del Peñalara y, sentada sobre el flamante capó, a Marina que me saluda con la mano. Su menudo cuerpo está enfundado en un mono de esquí y sus ojos de gata, entre grises y verdes, miran directamente a la cámara. Todavía eran los buenos tiempos.

Tras el accidente, durante el traslado en ambulancia al hospital, los enfermeros me hacían preguntas continuamente. Cosas simples y comunes, como cuál era mi profesión, mi dirección o mi nombre. Y yo respondía automáticamente, sin pensar.

Después, en el pabellón de urgencias donde me ingresaron, más de lo mismo. No sé la de veces que tuve que contestar la misma sarta de preguntas mientras hacían pruebas y más pruebas para asegurarse de mi estado de salud. Ni cuando me introdujeron en esa especie de sarcófago cilíndrico del scanner, permitieron que me quedara callado. Las mismas tediosas cuestiones durante dos o, no sé, quizá tres días. Perdí la noción del tiempo. La luz artificial e invariable del box de urgencias, desorienta de tal forma que no se sabe cuando es de día o de noche. Claro que, el estado de aturdimiento producido por el golpe, tampoco ayudaba mucho. Tal vez fueron tres las comidas… o las cenas que se sucedieron; no recuerdo bien.

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Mascarillas, estetoscopios y personal de blanco o de verde claro. Entre tanta bata, había una mujer vestida de calle que se paseaba periódicamente frente a mi lecho. Justo después de que las enfermeras retiraran la bandeja con las sobras. Hacía siempre el mismo recorrido por el pasillo central de urgencias. Se paraba delante de cada camilla y repetía

  • Soy de “Atención al enfermo” ¿Desea que avise a alguien?

La mayoría de pacientes, inconscientes o sedados, no respondía. Yo había oído su voz antes, ya varias veces, pero era algo lejano, ajeno, como si no fuera conmigo o me hablaran en otro idioma. Esa vez, al fin, percibí que era a mí a quien se dirigía. Y también que me estaba preguntando algo. Comprendí el significado de sus palabras y casi al tiempo pensé

  • ¡Marina! ¡No he avisado a Marina! ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

No era capaz de recordar el número de teléfono, así que le pedí que buscara mi móvil en el bolsillo interior del anorak – donde quiera que hubieran llevado mis ropas – y que avisara al primero. Anotó también la referencia del expediente que colgaba junto a mi camilla y siguió con su cometido.

No sabría decir si mucho o poco –el embotamiento había vuelto a borrar el asunto de mi mente- pero algún tiempo después, la mujer volvió

  • He llamado tres veces a este número y no contesta nadie. Si lo desea, insistiré cada media hora, hasta las diez, que es cuando termina mi turno.
  • Sí, por favor. Y si hay alguna respuesta avíseme.

Algunas horas después apareció un médico de aspecto cansado y bata muy usada. Tras auscultarme, tomarme el pulso y anotar algo en la libreta de la camilla, me pasó un pequeño test rutinario. A continuación parecí dejar de ser un simple expediente para él y de nuevo me convertí en individuo. Cambió su actitud, me miró de frente y, con cierto acento del Este, me hablo como a una persona

  • Ha sufrido usted un traumatismo craneoencefálico con lesión de cervicales. Probablemente por el tirón del cinturón de seguridad; nada grave en comparación con lo que podría haber sucedido de no llevarlo puesto. El schok provoca frecuentemente estados de aturdimiento o pérdida de consciencia. Por ese motivo lo hemos mantenido en observación. A primera hora le daremos el alta.

Al mismo tiempo, a cierta distancia, la mujer de “Atención al paciente” me hacía un gesto negativo con la cabeza y salía de la sala.

“Aturdimiento… inconsciencia”- pensé, mientras el doctor se alejaba – “¿Qué habrá querido decir con eso?

Traté de dar media vuelta en la camilla: todo lo que permitiera la longitud de la vía del suero. Continuaba agotado y necesitaba seguir durmiendo. Un poco más aún. La somnolencia que había comenzado a subir desde el antebrazo resultaba tibia y agradable… pero, por otra parte… ¿A dónde me dirigía yo? ¿Qué podía estar haciendo por las carreteras de la sierra a esas horas de la madrugada?4

Entonces, de golpe, algo hizo que me sentara en la camilla como un resorte. Algo como un ruido doloroso y agudo que volcó en mi cabeza un tropel de recuerdos. No, no se habían perdido. Habían estado siempre ahí y yo no había conseguido destruirlos.

Sin embargo, me costó un gran esfuerzo ordenar la secuencia temporal de las imágenes. Es más, aún ahora, no estoy completamente seguro de haberlo conseguido del todo:

Pude escuchar, entonces, otra vez, los gritos y la bronca. Revivir el dolor y la crispación de aquella última crisis. Oír de nuevo el gran portazo de salida. Y pude ver a Marina llorando frente a mi agresividad descontrolada. Su gesto de pavor y aquel frágil bastón de slalom con el que intentaba defenderse de mí. Y algunos minutos antes, a Marina diciéndome algo. Hablándome como avergonzada, sin atreverse a mirarme a los ojos. Musitando con un hilillo de voz que se quebraba, incapaz ni de mantener su deseo de seguir hablando, que lo nuestro se hundía; que no tenía futuro. Insistiendo, esforzando los gestos para desvelarme que hacía meses que ya no funcionaba. Que no quedaba nada. Que quería marcharse, irse de mi lado. Que… había otro.

Y también mi reacción de furia; mi ira incontenible. Mi deseo de hacerle daño, muchísimo daño. Y de nuevo el portazo, el golpe que di al salir de allí para no cometer una locura. Los puñetazos de rabia a puertas y paredes por la escalera del portal. La necesidad de salir, de largarme de allí lo más deprisa posible. Y finalmente, llegó hasta mí el recuerdo de cómo subí al coche y, en un intento de hallar alguna salida, comencé a conducir como un loco. Al principio con brusquedad, forzando las marchas y el ruido del motor. Después más y más deprisa, provocando el chillido en cada frenada y derrapando en las curvas de la carretera.

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Relato Breve escrito por Alejando Nanclares 

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