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Maniqui- Basura

Encontró un maniquí entre cubos de basura y se lo trajo a casa. Yo no había visto nunca uno así. En vez de ser de plástico estaba hecho de espuma: un material suficientemente espeso para mantenerle erguido, suficientemente blando para clavarle un objeto punzante. Claro que estaba sucio. Pero lo que más me impresionó fue su parecido con un hombre real.

Fue Miguel quien lo bautizó, por la analogía, supongo. Con el tiempo he entendido que, aunque sus bromas eran buenas y divertían a todos los del piso, su humor siempre fue un ejercicio autopublicitario.

Lo llamó Michael.

A Luca le pareció bien, ¿cómo no?, todo lo que fuera excéntrico o bizarro le encantaba. La llegada de Miguel había supuesto un soplo de aire fresco para el perro viejo de la casa, que ya empezaba a acusar la eterna vida de estudiante. Por derecho de antigüedad era Luca quien controlaba la salida y la entrada de los nuevos inquilinos. Miguel acababa de llegar a la ciudad aprovechando la amabilidad de la primavera y yo le ayudé con los trámites. También fui yo quien los presentó. Luca buscaba un compañero de habitación y a Miguel no le importaba que la casa estuviera sucia. A mí sí me irritaron los platos acumulados en el fregadero pero he de reconocer que la propuesta que me hizo Luca me permitía alargar mi estancia hasta el verano sin tener que trabajar. Así que yo también acepté: dividiríamos los gastos de aquella habitación grande entre tres. Fue así como llegué a la casa de vía Santa Rosa, número 26: una planta baja donde la limpieza se organizaba según una ley no escrita, un sucio juego de resistencia, de tolerancia a la porquería hasta que algunas de las dos chicas explotaba y ya no servía, por ejemplo, aprovechar los cubiertos sucios, darles un agua antes de usarlos para abandonarlos rápidamente tal y como te los habías encontrado. Yo, para evitar entrar siquiera en la cocina, durante meses opté por alimentarme a base de pizza a domicilio. En total éramos cinco cerdos: tres chicos en una habitación y dos chicas en otra.

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maniqui - VestidoLa llegada de Michael no pasó desapercibida para nadie. A mí, al principio, me parecía gracioso; a Valeria, otra mierda más que bloqueaba el pasillo y a Agne, que estaba indignadísima, le daba miedo. Cuando vestimos a Michel con un pantalón de chándal azul, y reconozco que yo también participé en esto, una camiseta de algodón Puma y unas zapatillas y lo plantamos como a un vigilante entre la puerta de nuestra habitación y la del baño, a mí también me dio miedo. Parecía de verdad. Las primeras noches, cuando Agne se levantaba de madrugada para hacer pis y se encontraba a Michael vestido con la ropa de aquellos dos energúmenos con los que yo dormía, se moría del susto y nos despertaba a todos blasfemando con su acento napolitano que nos hacía tanta gracia.

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Michael cambiaba de ropa según el humor de la casa. Si había una fiesta, y en aquel año no hacía falta que fuera sábado para que hubiera una, Michael se ponía elegante e incluso se perfumaba. Como en aquella primavera el buen tiempo tardó mucho en llegar, lo vestimos con un bañador, unas chanclas, el torso desnudo y unas gafas de natación. Pensamos que aquello nos ayudaría a ahuyentar la humedad del invierno que todavía emanaba de las baldosas resbaladizas. Cuando por fin llegó el verano, la pianura padana se encargó de traernos los mosquitos y un vaho irrespirable. Entonces vestimos a Michael con un gorro de lana, un jersey de cuello alto y unos pantalones de pana beige. Verlo tan abrigado nos aliviaba de las picadas de mosquitos y el agobio de las sábanas húmedas.

La pagábamos con él, como un chivo expiatorio, hasta que la inocente broma de castigar a Michael se nos fue de las manos: si faltaba algo en el bote de los gastos comunes; era Michael quien había robado el dinero, si los platos sucios ya no se aguantaban en equilibrio y se caían del fregadero; la culpa era de Michael que no limpiaba nunca. Un día Valeria se enojó porque no se había sacado la basura desde hacía días y la casa apestaba a muerto. Luca fue hecho una furia hacia el pasillo y le dio una patada en los testículos a Michael. Éste cayó derribado, sin rechistar, y entre Miguel y Luca le dieron una paliza tremenda en el suelo.

En aquella casa bebíamos duro, no teníamos que esperar al fin de semana para hacerlo, las chicas también, pero algo menos. El día en que Agne cumplió 23 años la casa estaba a reventar de gente y nadie tenía ninguna razón para ponerse freno. En medio de aquella algarabía la festejada se puso a llorar. Presuntamente, el fulano con el que andaba liada le había puesto los cuernos. Eso no era nada grave, no era la primera vez y todos lo sabíamos, además Agne hacía tiempo que compensaba la traición con Luca. Pero se puso a llorar, desconsolada, y Miguel aprovecho la ocasión para que todos lo miraran una vez más. Yo sé quién ha sido, dijo mientras todos los de la fiesta se giraban. No debía decírtelo el día de tu cumpleaños, Agne. Merece ser castigado. Trajo a Michael al comedor, y poniéndose detrás de él, aunque el maniquí era más alto, lo rodeó con sus brazos y le rajó el cuello con un cuchillo. Por chivato. Los invitados se rieron y él tuvo su momento de gloria con otra de sus extravagancias, pero a Agne la gracia le dio miedo y explotó de cólera.

Voglio questa minchia di maniquino lontano da casa, butalo via!

maniqui - borrachos.

Y no sé por qué, al oír esa frase, le susurré a Miguel que sacáramos a Michael de allí y le diéramos una muerte digna. Cuando se lo contamos a Luca se le iluminó el rostro, y eso fue suficiente para que Miguel desarrollara un plan desde el fondo de ese corazón oscuro que debe de seguir latiendo. Lo peor es que, en medio de la excitación, encontré el tiempo suficiente para acordarme de mi cámara y grabarlo todo.

Nuestro bloque de pisos no tenía más de seis plantas, pero era una altura suficiente para despedir a Michael. Entre los dos, malherido, le cambiaron de ropa por última vez. Intercambiando miradas lascivas, lo subimos por las escaleras; yo grabando y los tres muertos de risa.

—Mike, —le dijo Miguel—, tranquilo. Todo va a salir bien, la armonía de la familia es lo primero.

Aquella terraza era un lugar sagrado para mí. Allí había celebrado mi primer cumpleaños en el extranjero, allí subía a estudiar, a esconderme del mundo, allí conocí a Laura que me enseñó cómo hacen el amor las vascas lejos de su tierra.

—Ahora, Michael, has de dar el salto. El gran salto de tu vida.

Miguel se metió tanto en el papel que empezó a darme miedo, pero yo era el cámara, estaba allí para grabar la acción y tampoco pensaba que fueran a hacerlo.

—No tengas miedo, amigo. Luca y yo te ayudaremos.

Lo pusieron al borde del edificio, de pie, vestido con una prenda de cada uno de nosotros. Michael miraba el horizonte, impasible ante su destino, con el cuello abierto en canal. Yo grababa y les advertía sobre el tendido eléctrico.

Lo bajaron otra vez, lo abrazamos, le dimos un poco de cerveza para celebrar la despedida, pero Michael la rechazó empapando su camiseta. Siempre has sido un desagradecido, musitó Miguel. Entonces Luca lo alzó de nuevo y Miguel le dio un empujón terrible.

Michael cayó rígido, sin aspavientos, consciente en todo momento, y fue a clavarse en uno de esos bolardos antiaparcamientos. Antes de quedarse allí espetado, un repartidor de pizzas, un niñato estúpido que llevaba el casco a medio poner, pasaba por Santa Rosa con su Vespino. Al ver por el rabillo del ojo un bulto enorme que caía del cielo se asustó, y el muy inútil se fue contra los cubos de basura de enfrente de casa. Para evitar la colisión hizo una maniobra brusca, perdió el control de la moto y el casco le salió volando. Al caer, se estampó la cabeza contra una columna de aquellos típicos pórticos padovanos.

Fui yo quien llamó a la ambulancia.

Luca desapareció como una rata. Miguel tuvo los reflejos necesarios para ir a buscar a Michael, quitarle la ropa y dejar al maniquí inerte entre los cubos de basura. Mientras, el chaval seguía quieto en el suelo como un muñeco de trapo. Al día siguiente supe que mi aventura italiana había terminado. Llamé a mis padres para que no me prestaran más dinero, acabé mis asignaturas en casa y me olvidé de todo y de todos. Al fin y al cabo, yo no tenía nada que ver con ese episodio.

Ahora tengo una vida plena y feliz. Ha pasado mucho tiempo.

Pero no he vuelto a ver esa grabación, ni he vuelto a Padova, ni he vuelto a comer pizza.

.maniqui - basura

Relato Breve escrito por Alberto Ramirez

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