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Cuando me trajeron era yo tan pequeño que no recuerdo casi nada. Pero es tan larga mi vida y tan pocos sus hechos memorables que, a fuerza de perseverar y esforzarme hasta el dolor por recordar qué hago aquí, hallé algunas escenas que permanecían selladas en mi cabeza y cuyo sentido, creedme, ignoré durante mucho tiempo.

Desde entonces no he intentado sino ordenarlas, buscando su correcta sucesión, tan sólo para averiguar el significado que se empeñaban en velarme. Eso es lo que hice durante mil días. Mil días iguales pautados únicamente por mil noches exactas e insomnes. En ningún momento, durante todo ese tiempo, mi cabeza cesó de hacer combinaciones y permutaciones; continua, obstinadamente. Mientras me extraviaba por los corredores, mientras cruzaba las terrazas o me asomaba a la sima del acantilado, mientras escrutaba el horizonte, mi cabeza trabajaba y trabajaba sin cesar. Mi enorme y pesada cabeza, a la que tanto costó despertar y aún más despegarse del cieno del letargo. Ahora, por el contrario, ni siquiera me consiente el reposo del sueño más ligero.

La primera escena es la de un viaje en barco. El viento en las jarcias, la madera crujiente y el olor entrañable de la nodriza que me abraza contra su pecho. Ella procura cubrir mi cabeza con su chal para que no me maree ni asuste a la tripulación.

Nos abandonaron. Nos dejaron en un pequeño embarcadero que había antes aquí y al que siglos de olas incesantes acabaron deshaciendo. A la hora de zarpar, mi amada nodriza, conmovida, se negó a regresar y prefirió quedarse conmigo. Mientras la nave se alejaba, dimos nuestro adiós con la mano, rodeados de un montón de enseres y tinajas con alimentos. A nuestras espaldas, el gran portal vacío del palacio nos intimidaba. Tanto, que encendimos hogueras durante tres noches seguidas en el mismo amarradero antes de atrevernos a entrar.

A ella le debo lo que sé y las palabras que conozco. Fue ella quien me habló del rey Minos, mi noble padre, quién me legará su trono algún día y quién me confinó en este palacio por mi seguridad, pues teme por mi suerte. También de mi madre, que tras el espanto del parto, no quiso volver a verme. Ella, la nodriza me lo contaba todo. Yo solía escucharla embobado, aunque no era capaz de entender casi nada de lo que decía. Me encantaba ver como movía sus manos mientras me aseaba o preparaba la cena. Sí, porque yo… ¡La quería tanto! Creo que nunca he querido igual a nadie ¡Cómo me hubiera gustado decírselo! Decirle eso, que la quería con locura. Pero yo no era capaz de emitir más que unos vagidos animales e incomprensibles. La cruel naturaleza también me vetó la divina capacidad del beso, así que, si podía, lamía sus amadas manos y, cuando me lo permitía, abrazaba su cuerpo con mis pezuñas durante unos segundos. Sólo unos pocos, pues enseguida protestaba.

– ¡Anda, suelta, no ves que me duele! Bruto, tienes tanta fuerza que me haces daño ¡Suéltame ya!

La segunda escena que recuerdo es de cuando cumplí quince años. Ella había adornado una de las terrazas para sorprenderme y, como la nave de mi padre regresaba periódicamente con suministros, había preparado mis platos y dulces preferidos. Yo, al ver aquel despliegue de frutos y sabores en los que habría trabajado a escondidas durante días, me abalancé sobre ella cegado por el agradecimiento sin reparar en las consecuencias de mi fuerza. Cuando me quise dar cuenta, en mis brazos no había sino un guiñapo sin vida. Mi amor, mi enorme amor había acabado con ella. No sabría deciros si en aquel momento llegué a comprender lo que había hecho, pero sí recuerdo que un relámpago de dolor atravesó de sien a sien mi frente. Y también, que por primera y única vez en mi vida fui capaz de llorar. Sólo por ese motivo sé que el llanto tiene sabor salado.

La tercera y última escena es, en realidad, un conglomerado de imágenes veloces y revueltas. Casi un torbellino. Su inicio tuvo lugar la vez que la nave de mi padre, junto a las provisiones, dejó en el embarcadero siete muchachos que hacían cabriolas y volatines y siete muchachas que se apretaban atemorizadas tras de los chicos. Eran sólo críos vestidos con túnicas pintadas y bordadas. Entre tantos colorines, parecían las piezas de un juego de magia ¡Que alegría! Por fin, mi padre había comprendido que un niño necesita de otros para jugar y enviaba un grupo de compañeros con que divertirme. Más que emocionado, loco de contento, bajé corriendo desde el mirador dispuesto a dar la bienvenida y acoger a mis nuevos amigos.

Al cruzar el portalón, deseoso de unirme a ellos, los muchachos comenzaron a dar volteretas sobre mí frente ¡Qué hermoso saludo! Me encantaba aquel juego e intenté seguirles en sus saltos. Pero eran mucho más ágiles que yo, que caía siempre y rodaba de aquí para allá como un bulto torpe, sin llegar a alcanzarlos. Entonces quise detener alguno para pedirle que me enseñara a hacer tan admirables acrobacias. A medida que los tocaba, uno a uno, dejaban de funcionar, como esos juguetes frágiles que no superan la tarde del cumpleaños ¡Qué podría hacer! Me quedé desolado, mirando todos aquellos soldaditos rotos en torno a mí envergadura. Después, reparé en el aterrorizado grupo de las niñas y me dirigí hacia ellas. Quería arrodillarme y pedirles perdón. Una de ellas, la más resuelta, vino hacia mí efectuando cabriolas parecidas a las de los chicos ¡Que linda parecía! Pero fue tan sólo rozar aquella libélula de cristal y se hizo añicos, como una muñeca de porcelana demasiado fina. Al verlo las demás, presas del pánico, se precipitaron gritando desde los acantilados y murieron golpeadas por el oleaje y los escollos.

Idéntico regalo se repitió siete veces, pues la nave regresaba invariablemente cada siete estaciones frías. Me preguntaba por qué no podían comprender que yo sólo quería jugar y que, además, los amaba a todos, absolutamente a todos. Más que a mí mismo. Quería que supieran que su llegada desmoronaba mi cautividad en el griterío jubiloso de un patio de recreo. Que  hubiera ofrecido mi propia vida por todos y cada uno de ellos tan sólo con que me lo hubiesen pedido. Lamentablemente, a esas alturas, ya había advertido que mi presencia resultaba monstruosa y que a mi pesar, les aterraba.

La última vez fue algo diferente; lo noté en cuanto el grupo saltó al embarcadero. Parecía uno más porque venía revuelto entre todos ellos, pero también mayor y más fuerte. Aunque lo que le diferenciaba verdaderamente del resto eran su talante y sus ademanes. Al hijo de un rey no se le escapa algo así. Aquel muchacho era un príncipe, lo mismo que yo. Podría haber sido mi cuñado, mi primo o incluso mi hermano ¡Alguien de mi propia familia!

En aquel momento mi cabeza pareció despertar de su letargo y  fue capaz entonces de trazar un hermoso plan: me dejaría vencer por aquel hermano menor que venía a redimirme. Al principio, tal vez él no lo comprendiera, pero seguro que cuando llegara a ser  un rey anciano y sabio, aunque yo no pudiera llegar a verlo, apreciaría mi sacrificio de amor fraterno. El acto con el que mi existencia y su misma existencia cobrarían sentido.

Ellos, por su parte, se dispersaron por el palacio con la astucia de los malhechores, apostándose en cada encrucijada como bandidos. Me acosaron como a una bestia y tendieron mil celadas para capturarme. Clausuraron galerías, tapiaron corredores y llenaron mi casa de unas finas hebras de lana con las que nunca hubieran hallado el camino de regreso ¡Pero qué bobo era mi querido hermano! Ni siquiera había  comprendido que, a esas alturas, el Laberinto y yo éramos la misma cosa. 

Preferí que me dieran alcance junto a la entrada, para que así pudieran hallar la salida con facilidad. Él, vino hacia mí protegiéndose con un escudo tan pulido que pude ver reflejada mi fea efigie. Yo agaché la cabeza, para que su estocada fuera mortal. Después hubo silencio, oscuridad y frío.

Me despertó una terrible galerna de poniente que bramaba y atravesaba con ira los corredores. La sangre estaba reseca, el estoque roto y la herida cerrada ¿Cuánto tiempo haría ya de su partida? ¡Quién puede saberlo! Otra vez solo. De nuevo, pues no había nadie ya. Y nunca más lo habría.

A veces, cuando el agotamiento me vence y dormito un minuto, sueño con la nodriza y su fiesta. También con los críos de ropas de colores. Jugamos entonces todos juntos y me aprecian tanto como yo a ellos. Y allí somos amigos. Pero no es más que un sueño.

Me he vuelto viejo ahora, sin embargo la vida no acaba. Siglos y más siglos, largos como edades geológicas transcurren en la más completa soledad. No hay nadie, absolutamente nadie en este mundo. Nadie con quien jugar, nadie de quien cuidar, nadie a quien abrazar. Únicamente, durante un breve instante, durante menos de un segundo, puedo amar a estos pobres pájaros que desde la terraza de palacio capturo al vuelo –la vejez no me ha privado de la agilidad de los monstruos- y con los que estoy condenado, después, a alimentarme.

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Relato escrito por Alejandro Nanclares

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