.Ensalada - lechuga

Come con una voracidad que da asco.

Lo veo masticar entre bocados desesperados, oigo el crujir fresco en su boca y me dan ganas de divorciarme. Ni siquiera escucha. Ahora está comiendo su ensalada, como cada noche. Parece mentira que sea un profesor universitario. Nadie lo creería si lo viera cenar, a solas, conmigo.

No puedo mirarle: la respiración entrecortada, feroz, el ruido que emite al deglutir, las prisas con las que vuelve a la ensalada. De verdad que no le entiendo. Parece un obrero en el descanso de las seis, agazapado en su porción miserable de comida, como si alguien se la fuera a robar. Ni siquiera se preocupa de ofrecerme un poco. No se da cuenta. Está ensimismado. Es capaz de terminar sin haberme dirigido una mirada.

Es su trance diario: el momento de la ensalada.

Soporto con simpatía sus ventosidades, sus eructos exagerados, su vulgaridad cándida, esa sencillez que antes me resultaba entrañable. Pero cuando come ensalada lo detesto. Si le gusta tanto, ¿por qué acabar tan rápido? Cuento las veces que mastica antes de tragar, nunca más de cinco. A veces se llena dos veces la boca como si no le saciase una sola porción y mientras mastica, sus ojos buscan con avidez, preparan, seleccionan la comida de la siguiente cucharada. Porque comer con tenedor le pone nervioso, no es suficiente, por eso le corto la lechuga en trozos menudos. La pasta la come igual, y el arroz: a cucharadas.

 ¿En qué estará pensando? Creo que no me ve. Si le preguntara ahora mismo cómo se llama no sabría responderme. Me da miedo la inexpresión de su rostro al comer, los movimientos rápidos de sus manos, el ritmo mecánico de su mandíbula sin alma. A veces se detiene. Clava los ojos en el horizonte que se forma entre su plato y el vaso de agua. Mira taciturno el vacío de los cuadros del mantel, rumia despaciosamente y luego vuelve a arrancar. Menos mal que mi padre ya no está entre nosotros. Ni siquiera un poco de vino, ni una copa de cristal en la mesa. Es un animal. Cada noche la misma rutina. Cuando termine la ensalada agarrará el vaso y dejará caer el agua directamente en su garganta, porque dudo que a esa velocidad le pase por la boca. Después de beber, apoyará los codos en la mesa y descansará encima de sus hombros durante unos minutos. Enajenado.

Siento celos. Me exaspera su capacidad de habitar un mundo al que yo no tengo acceso. ¿Con quién estará compartiendo la ensalada? ¿Una estudiante? ¿Alguna de sus secretarias? Menos mal que no hemos tenido hijos. No hubiera soportado que imitaran esos modales en la mesa, por ello hubiera odiado a mi marido de por vida. Lo que más me duele es que sepa hacerlo de otra forma. ¡Bien educado es el Profesor cuando hay visitas! ¡Qué maneras, qué ademanes más refinados! Ante los demás parece otra persona, se vuelve joven, atento, como era antes. Me pregunto a quién castigará cuando se quede solo, si me quitara de en medio. A menudo me consuelo pensando que cuando come sencillamente no está, no existe para mí porque en realidad no hay nadie delante. Estoy sola frente a un plato de ensalada.

 Lo interrumpo.

—Ayer llamó tu hermana.

Asiente con la cabeza, emite un sonido gutural y se llena la boca de nuevo.

No veo el momento que termine esta ensalada.

.ensalada - hombre comiendo

Relato breve escrito por Alberto Ramirez

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