Parte 1

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Llamo varias veces a su mujer a lo largo de la semana, pero ella no le cogió el teléfono. No quería volver a verle, eso estaba bien claro. Ni tan siquiera quería volver a escuchar su voz. Aunque lo cierto era que Mon, a esas alturas, solamente deseaba pedirle que le perdonara.  Pedirle que le perdonara de nuevo. Nada más que eso, perdón por última vez. Aunque sabía de sobra que ya nada podría volver a ser igual. No tal y como había sido antes.

Varios días después recibió un correo certificado. Era una orden judicial prohibiéndole expresamente acercarse a ella. Tampoco podía aproximarse a su antiguo hogar; bajo ninguna excusa. Si alguien le veía hacerlo, bien podía darse por acabado. Volvería a dar con sus huesos en la cárcel, cosa que no le apetecía en absoluto.

Ahora él estaba intentando cambiar de veras y por primera vez, en el desastre en que se había convertido su vida, pensaba que sería capaz, que podría conseguirlo. Pero lo cierto, lo verdaderamente cierto es que todo esa cuestión del arrepentimiento era algo que a ella había dejado ya de interesarle. Asunto que le gustase o no, reducía considerablemente sus opciones.  A su parecer y en consecuencia podía tan sólo hacer dos cosas: bien quedarse en la ciudad e intentar convencerla, como tantas otras veces, o por el contrario irse de allí, largarse definitivamente e intentar olvidar toda su vida pasada. Empezar de nuevo en otra parte. En algún otro lugar, pensaba para sí. Desde el mismo principio. Transcurría la tercera semana de agosto y el calor apretaba a fondo, especialmente a esa hora de la tarde, por lo que Mon mantenía la ventana de su cuarto permanentemente abierta. Se dedicaba a beber cerveza con la cabeza fuera y  los antebrazos apoyados en el alfeizar.  Observaba tranquilamente cómo el bochorno hacía que la bruma sucia de la ciudad ascendiera. Miraba como iba aumentando hasta cubrirlo todo y alcanzar incluso la parte alta de los edificios. Antes de terminar su cerveza se había decidido por la segunda de las opciones.

Por la mañana, metió su exiguo equipaje en una mochila que había comprado para la ocasión y abandonó aquella pensión de mala muerte. Se fue caminando calle abajo en dirección a la estación sur, que no distaba mucho, y una vez allí buscó algo muy distinto a todo aquello que dejaba atrás. Si era necesario volver a empezar, deseaba que el esfuerzo mereciese la pena. Quería que todo le recordara su deseo de cambio, que  todo le pareciera nuevo. Era cierto, aún continuaba pensando en ella pero, por otra parte, no veía ninguna salida. Ninguna posibilidad. Estaba también harto de los vahos viciados y el calor de la ciudad, por lo que buscó un tren que se dirigiera al norte, a la montaña y a la naturaleza; quizás a una aldea. No importaba demasiado el lugar que fuese. Las montañas suelen ser frescas y bonitas. Tanto daba, todas se parecen.

El pueblo no era tan pequeño como en principio había imaginado. Estaba situado en el valle de una antigua cuenca minera que había caído en desuso varias décadas atrás. La vegetación y la hierba nueva se habían encargado de ir disimulando poco a poco las viejas cicatrices hulleras. Un par de construcciones industriales en ruinas y varios restos de maquinaría oxidada esparcidos por aquí y por allá, era todo lo que persistía. El campo estaba recuperando lo que antes le había pertenecido.

2

 

Le indicaron que el único hotel estaba a las afueras, como a kilómetro y medio del centro, al lado mismo de la carretera. Compró una bebida, cargó de nuevo la mochila y se dispuso a acercarse hasta el lugar indicado. Por suerte lo divisó enseguida, pues su color peculiar y chillón resaltaba entre los árboles.  Le sorprendió encontrar un caserón del tipo tradicional, con grandes aleros, tejado a dos aguas y un llamativo enlucido color frambuesa que cubría toda la fachada. En efecto, ”Las frambuesas” era precisamente el nombre del establecimiento. Al menos  eso era lo que decía en el letrero de la entrada, estratégicamente colocado sobre un arbusto de dicho fruto con algunas flores color escarlata. En conjunto no aparentaba mucho lujo, pero sí bastante atención y cuidado.

Parece un negocio familiar, pensó antes de abrir la puerta de madera acristalada.

No se equivocaba. Un hombre le saludó desde el mostrador del bar y le hizo ademán de que se acercara. Era como de mediana edad, alto, grande más que gordo, con una especie de blusón  blanco y  encima un  delantal de cocinero también blanco, aunque no muy limpio.

  • Buen día. Qué desea?- Preguntó en tono amigable
  • Necesito una habitación para varios días, -respondió Mon,- aunque aún no puedo precisar para cuántos. Todo dependerá de si encuentro algún trabajo por aquí cerca.
  • Mmm, ya veo… Poco dinero, eh!- dijo como para sí el hombre, mientras le echaba una ojeada más atenta.- Bien, no se preocupe. Creo que tengo lo que necesita.

Se apresuró a ordenar los vasos que estaba secando y mientras subía la parte que le permitía salir de detrás del mostrador, añadió

 – La habitación de atrás le servirá, seguro!

Mon no dijo nada pero asintió reconocido, por lo que el hombre continuó

  • Acompáñeme. No es nada lujoso pero a alguien en sus circunstancias le servirá. Además, tiene su propia entrada independiente, lo que no es poco. Eh, Crista, cuida de esto mientras tanto!

Hasta ese momento, Mon no había reparado en ella. Ni él, ni nadie habría podido advertir su discreta presencia. Se hallaba sentada al fondo, inmóvil, en una de las mesas próximas al ventanal por el que entraba una cortina oblicua de sol. Fumaba mientras miraba un periódico doblado y tenía sobe la mesa, junto al cenicero,  un vaso con vino blanco.

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Era menuda y en medio de toda aquella claridad le pareció sumamente pálida. Aunque eso tal vez no fuera más que una simple impresión. No parecía que se hubiera tomado demasiadas molestias en su indumentaria. Tampoco en su cabello, de un rubio entre desvaído y laceo. Tenía un aspecto frágil y podría considerarse guapa a su manera. Ni siquiera se movió de su sitio. Respondió con un gesto afirmativo de la cabeza y con otro igualmente perezoso saludó al nuevo huésped. Por su parte, Mon le devolvió un cortés ¿Como está?  y  sin esperar más respuesta levantó su mochila y se dispuso a seguir al hostelero.

  • Ya ve que no le he engañado, no es nada del otro jueves. Sin embargo, tiene un precio módico y su entrada independiente desde el jardín. En principio no era más que una ventana francesa, pero la puerta interior de madera se estropeó el invierno pasado por la humedad. Ahora cuesta mucho esfuerzo arrastrarla por el piso para abrir o cerrar, así que nos hemos acostumbrado a usar la antigua ventana como puerta.

Mon echó un vistazo a su alrededor. Habían forrado las paredes con listones de pino hasta el techo, para combatir la humedad supuso. Tenía un pequeño baño con un escueto plato de ducha y una cama de ochenta.  No era  bonita pero pese a todo, podía resultar cómoda.

  • No está mal, dijo Mon, me la quedo
  • De acuerdo, dijo el hostero, y le tendió la mano para cerrar el trato.- En ese preciso momento pareció que caía en la cuenta de algo y añadió- ¡Ah, aquí todo el mundo  me conoce como Teo, Teo Frambuesas!-  Mon también dijo su nombre mientras se daban un apretón de manos.
  • Le dejo solo para que se instale tranquilamente. Luego nos ocuparemos del registro, no tenemos ninguna prisa. Tampoco tenemos recepción. He puesto el libro de clientes en uno de los extremos de la barra del bar, para ahorrar tiempo, ya sabe. Pase antes de la cena, tomaremos  una cerveza  y rellenaremos juntos la hoja.

Cuando Teo salió, Mon miró a su alrededor y respiró hondo. Había sitios peores. Sin ir más lejos, la pensión que había abandonado por la mañana. Entonces abrió la ventana y le sorprendió una bocanada de aire limpio del valle. El edificio quedaba pegado al borde exterior del desmonte por el que transcurría la carretera, alzándose en parte sobre el talud del declive. Por tal motivo, aunque la entrada daba a la calzada y al corte en la ladera de la montaña, su parte trasera se abría directamente a una terraza volada sobre la pendiente del cauce. Más allá, al otro lado del río, no excesivamente lejos, una cumbre ancha, pesada y carbonífera cerraba el paso a la vista.

(continará) 4

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Relato breve escrito por Alejandro Nanclares

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