Parte 2

.te prometo que nunca volverá a suceder

 Parte 1 ….. Ordenó lo poco que llevaba en la mochila sobre los estantes del armario y luego se tumbó en la cama. Quería calcular las consecuencias de su decisión y cómo empezaba a planteársele la nueva circunstancia. Intentaba imaginar qué podría decir ella, cuál sería la opinión de su esposa de saber qué era de él en ese momento. Sopesar, también, si por una vez había actuado tino y con sensatez, pero poco rato después se quedó dormido. Despertó un par de horas más tarde, cuando la luz de la tarde había comenzado a decrecer. Tomó una ducha rápida, se afeitó, se cambió de camisa y, tras cerciorarse que la ventana francesa quedaba cerrada, dio media vuelta al edificio con dirección a la puerta principal. En la barra, entre ambos cumplimentaron su ficha delante de una cerveza fría y, una vez acabada, Teo le hizo pasar al comedor del establecimiento, al que se accedía desde la misma sala del bar

  • Solamente utilizamos las mesas del bar para comer en invierno, cuando esto se llena de esquiadores de fin de semana y no hay sitio suficiente en el comedor –explicó – . No me gusta que aquí se coma de cualquier manera. Quien deseé algo tipo comida rápida, que  se busque otro sitio. Me precio de cuidar estas cosas en mi casa – añadió al tiempo que le ofrecía una silla en la mesa más cercana a la tele.

Poco después fueron llegando los otros huéspedes. Ocuparon no más de cinco o seis mesas. Eran sobre todo matrimonios de jubilados o pequeños grupos de ancianas. Crista se ocupaba de atender y servir, moviéndose entre las mesas con bastante soltura. Nada que tuviera que ver con la pasividad del primer encuentro. Tomaba las fuentes y viandas de una ventana-mostrador que daba directamente a los fogones de la cocina, donde Teo, con toda su corpulencia, se afanaba en tener lista a tiempo cada comanda. Cuando se acercó a su mesa, Mon observó que Crista llevaba la camisa abotonada hasta los puños pese a lo agradable de la temperatura. No ofreció ninguna opción, pero el menú que le sirvió estaba muy bien elaborado. Algunos días después se enteró de que la cocina de Teo tenía buena reputación en la comarca y que muchos vecinos venían con su pareja a cenar durante los fines de semana.

Pasó la primera semana atareado aquí y allá, buscando algún trabajo. No era una tarea fácil, pues desde el cierre de las minas había poco qué hacer por aquella zona. Incluso muchos de los antiguos mineros habían tenido que coger a sus familias y marcharse fuera para poder subsistir. En consecuencia, cada vez quedaba menos población por los alrededores de la antigua cuenca minera.

A lo largo de la jornada, Mon estaba en realidad poco tiempo en Las Frambuesas. Entre el desayuno, que hacía directamente en la barra del bar, atendido por Teo, con quien comentaba sus fatigas diarias, y la cena en el comedor, atendido por Crista, a penas comparecía por allí. Dedicaba el día entero a buscar aquí o allá, tanto por el área del pueblo como en las granjas y fincas de los alrededores.  No estaba en situación de poder elegir. Por sencilla que fuera, aceptaba cualquier ocupación que le rentara algunas monedas para salir adelante.

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No obstante, tuvo ocasión suficiente  para percatarse de cómo funcionaban las cosas en el establecimiento. Teo era el alma del negocio y también quien hacía prácticamente todo. La pasión que ponía en mantener el nivel de su comedor, le empujaba a desdoblarse y no parar un minuto en todo el día. Había además dos mujeres que venían por la mañana a limpiar o  hacer habitaciones y, claro, Crista que se encargaba de servir las mesas o de atender la barra cuando él tenía que salir. Pero el resto era cosa de jefe, que se encargaba de servir los desayunos, llevar el registro, hacer los pedidos, salir al mercado a diario y preparar la comida. Generalmente no se iba a dormir  hasta no haber dejado recogida la cocina tras la cena. Crista andaba por allí, siempre cerca de él, pero ausente a un mismo tiempo. Pasaba mucho tiempo inactiva, inmóvil se diría, leyendo y tomando el sol junto al ventanal, o afuera en la terraza, si es que la temperatura lo permitía.

También se había hecho una idea bastante clara de cómo estaba distribuido el edificio: en la primera planta se encontraban el bar y el comedor y la cocina. En la parte trasera, la lavandería y la despensa con sus respectivas puertas de acceso independientes y, claro, su propio dormitorio. En las planta superiores se encontraban las habitaciones del hotel, no más de diez o doce, y junto a ellas la de sus dueños, ubicada casualmente encima de la suya.

Mon pasaba las horas que restaban en el cuarto de atrás, escribiéndole cartas a su esposa. Casi todas las noches, cuando se hacía el silencio, escribía un rato antes de dormir. Para él, garabatear aquellas cuantas líneas se habían vuelto algo necesario. En ellas  intentaba hacerle comprender que sentía mucho lo que había sucedido y que no podía renunciar a la esperanza de que le perdonara algún día. Por eso, todas aquellas cartas le parecían sumamente importantes, quizás las más importantes que había escrito en su vida. De hecho, esa era la única forma que tenía de reconciliarse consigo mismo. De justificar su propio perdón. Después, invariablemente las arrugaba y acababa tirando al cubo de basura.

Parece normal que en un lugar como ese haya algún que otro ruido durante la noche. Siempre hay algún huésped inquieto o insomne; siempre hay alguien que sufre de tos o  de pesadillas. Pero esta vez Mon consideró que venía justo de la habitación de arriba, la ocupada por Crista y Teo. Se diría que no era más que un rumor ahogado. Algo como una voz sofocada; una riña sorda tal vez. Nada más. En todo caso, el asunto cesó muy  pronto y Mon no le dio mayor importancia. Se frotó los ojos, hizo una bola de papel y falló al lanzarla a la basura. A continuación abrió completamente la ventana para que le despertara el aire fresco de la madrugada, se arropó a conciencia y poco después se durmió.

7

Cuando se sentó en uno de los taburetes a la hora del desayuno, por la mañana, le sorprendió que fuera Crista la que estaba atendiendo tras la barra;  generalmente ella se levantaba más tarde.  Ninguno de los huéspedes había bajado aún.

  • Cómo es que no anda por aquí Teo? – preguntó Mon después de desearle buenos días. Ella le respondió de espaldas, sin girarse de la máquina en que había comenzado a prepararle un café al verle llegar
  • Ha tenido que bajar temprano al mercado. Un pedido grande.

Crista no se llegó a volver para responderle, sino que esperó frente a la máquina a que el chorro de café terminara de llenar la taza. Al darse la vuelta para ponerla en el mostrador, frente a él, le sorprendió un enrojecimiento  sobre el pómulo izquierdo que no estaba allí el día anterior. No llegaba a ser un moratón, pero aún así resultaba bastante perceptible.  Si decir nada, le acercó  un plato con bollería, un vaso limpio y el servilletero.  Ella se había regazado las mangas de la camisa para trabajar y al alargar el brazo con la botellita de agua mineral, alcanzó a ver un par de marcas en la muñeca y el antebrazo derecho, aunque por el tono que mostraban no parecían recientes. Quizá dos o tres días. En ese momento, Mon recordó  los puños abotonados.

Cuando termino su tarea, Crista regresó al rincón del extremo de la barra, donde reposaban el libro de registro. Se sentó en el taburete alto que allí había, apoyó un hombro en la pared y recobró su inmovilidad habitual.  Primero fijó la vista en algo anodino y dejó que se perdiera. A continuación retuvo un poco de aire y se petrificó fingiendo que miraba una revista. La cabeza ligeramente inclinada permitía que el laceo cabello le cubriera el pómulo por completo. Todo había vuelto a su lugar.

Mon se fue y pasó el día como siempre, de acá para allá, buscando alguna ocupación que le rentara unas monedas. Sin embargo, su cabeza no pudo dejar de dar vueltas y más vueltas a todo aquel asunto. No daba crédito. Teo parecía tan buen tipo. Resultaba  tan íntegro, tan honesto en sus cosas; en su  negocio. Cómo era posible una situación como aquella! No podía llegar a creerlo. Sin embargo, él mismo lo había escuchado desde su cuarto.

Pasado el mediodía estuvo descargando un camión de sacos de pienso compuesto. Tras descargarlos había que irlos acomodando en pilas ordenadas en el interior de un gran almacén comercial. No tardó más de dos horas en concluir todo ese trabajo y le resultó bastante rentable. El resto de la tarde decidió darse un respiro e irse a pasear por ahí para serenarse, pues el descubrimiento que había hecho por la mañana le tenía obsesionado.

(continua)

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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