.te prometo que no volvera a suceder

Parte II ….–>  Esa misma tarde, mientras paseaba por aquí y por allá, en un momento dado cayó en la cuenta. Al fin comprendió el origen de tan peculiar comportamiento. Aquella mujer había encontrado en la inmovilidad su estrategia. No recordaba dónde, pero  Mon había leído que algunos animales, como las gacelas de Thompson o los corzos, al sentirse amenazados se paralizan. Que son capaces de adoptar la inmovilidad  más absoluta para pasar desapercibidos. Que el miedo les hace incluso detener la propia respiración durante unos pocos minutos. Y precisamente eso era lo que él había visto: la inercia de una cautela muy parecida al miedo. En el caso de Crista, la conciencia de su propia fragilidad le había llevado a elegir idéntica defensa del mimetismo.

Cuando regresó, a la hora de la cena, ella había vuelto a bajar y abotonar las mangas de su camisa. Estaba sirviendo las mesas de los jubilados y pese a ser de noche, seguía llevando unas discretas gafas de sol, como si acabase de entrar de la terraza. Pero los ancianos suelen mostrar familiaridad al mismo tiempo que cierta indiscreción. Desde, su asiento, por encima de los resultados deportivos de la tele, Mon podía escuchar ciertas preguntas y comentarios. Crista, tranquilamente, argüía un brote de conjuntivitis por tomar tanto sol.

Al llegar su turno, se le acercó con una bandeja en la que portaba una jarra de cerveza, el plato con su cena y un cestillo con el pan. Tras haberlo depositado todo sobre el mantel le preguntó si deseaba algo especial de poste. Habían traído higos y Teo había hecho un helado buenísimo.

Mon no respondió, pero levanto la cabeza y se quedó mirando la manga de su blusa. Luego, alargó el brazo y rozó con un dedo el lugar donde había visto la cicatriz por la mañana; ella dio un respingo. Él simplemente dijo:

  • Podrías denunciarle. Si quisieras, yo te acompañaría.

Ella contuvo la respiración unos segundos. En cuanto pudo reaccionar, respondió

  • ¿De qué crees que serviría eso? Te aseguro que no serviría de nada. De nada en absoluto.- Hizo una breve pausa, como para recapacitar, y añadió- Además, a dónde iría yo? No tengo ningún otro sitio donde pueda ir, ni siquiera por un tiempo – A continuación, tomó la bandeja vacía y se alejó sin más. Regresó a la ventana-mostrador por donde Teo le pasaba los platos preparados que ella se encargaba de distribuir entre los comensales.

10

Como quiera que la segunda parte de la semana se presentara similar a la primera, Mon continuó con su consabida rutina de merodeo. Al menos, aquellas pequeñas ocupaciones ocasionales le permitían obtener algún dinero, aunque no fuera más que lo justo para  subsistir.  No le  fue del todo mal; al almacén de los piensos compuestos llegaron dos camiones más que descargar y ese, era un trabajo bien pagado.  Y uno de esos días, algo más tarde, a la hora en que solía acudir al comedor para la cena, creyó percibir cierta atención por parte de Crista en el servicio de su mesa. La siguiente noche, la del jueves, observó que alguien había puesto junto a la tele un vaso con algunas flores cortadas del arbusto del letrero. El viernes, cuando terminó con la pila de sacos y se acercó hasta la garita de la caja, a cobrar su paga, el encargado dijo que tenía algo que quizá podría interesarle:

  • Al parecer ha quedado un puesto libre en la compañía donde fabricaban el pienso. Eso queda a unos setenta  kilómetros al norte, en una de las ciudades de la costa. Si le interesa, es suyo. La única condición que ponen es presentarse temprano el próximo lunes, para empezar con el turno.

Mon no se lo pensó dos veces y aceptó de inmediato.  Poco después, mientras volvía a su temporal alojamiento, sintió que su decisión le hacía recobrar un ánimo perdido mucho tiempo atrás.  Y no se debía únicamente a la previsible estabilidad económica. De saberlo, esta vez seguro que su esposa estaría orgullosa de su rápida decisión. Por fin se podría decir que su vida había empezado realmente a cambiar.

En cuanto regresó a Las Frambuesas, abrió la ducha caliente al máximo, se afeitó con cuidado, se puso su mejor camisa y bajó al comedor. A duras penas pudo esperar a que Crista se aproximara con la bandeja de su cena. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca le dijo:

  • Tengo trabajo! He encontrado un puesto al otro lado de las montañas, en la costa. Cuentan conmigo el lunes, así que partiré el domingo por la mañana.

Crista arqueó las cejas para mostrar cierta expresión de interés y comentó

  • Qué noticia tan buena; me alegro por ti! Teo se alegrará mucho también cuando se entere

No era esa precisamente la reacción que estaba esperando, así que Mon añadió

  • Si tú quisieras, podrías escaparte de aquí; olvidarte de esta situación y también de este sitio. Podrías venir conmigo; ahora tengo un buen trabajo. Podrías acompañarme al norte. Buscaríamos un lugar para vivir en esa ciudad.

A ella le cogió por sorpresa aquella declaración inesperada y durante un momento permaneció  en silencio, sin respirar, perfectamente inmóvil. Sus ojos no; sus ojos estaban buscando algo con premura. Se diría que estaban sopesando la situación al tiempo que echaban una mirada a los fuertes brazos de Mon, habituados a descargar sacos pesados. Enseguida se sobrepuso. Mientras depositaba pausadamente las cosas de la bandeja sobre la mesa, respondió:

  • No, eso no es posible! Además, tampoco serviría de nada – y como si justificara su respuesta, prosiguió – después de un par de meses, todo sería lo mismo que ahora. Prácticamente lo mismo, te lo aseguro. Por si fuera poco, ese lugar que dices está muy cerca, demasiado cerca de aquí. Nos encontraría rápidamente y entonces, todo iría a peor.

Mon se le quedó mirando fijamente. Se había quedado muy sorprendido. Podía haber esperado cualquier otra respuesta, cualquiera, desde una penosa indecisión a una rotunda negativa. Pero nunca una réplica tan lúcida como esa. Así que no insistió más; entendía muy bien sus razones. A continuación, desviaron mutuamente sus miradas; ella se giró y se alejó hacia las otras mesas como si nada hubiera pasado. Él, por su parte, se concentró en la cena mientras oía sin interés el resumen deportivo de la tele. Ese día Teo se había superado; la trucha envuelta en jamón estaba en su punto.

11

El domingo por la mañana, Mon desayunó sentado en la barra, como de costumbre atendido por Teo. Habían comentado el asunto de la partida y hecho las cuentas pertinentes el día antes, así que solamente restaba el café y la despedida. Teo no dejó en ningún instante de animarle y comentarle lo amenas que eran las ciudades de la costa. Había pasado en una de ellas su adolescencia y los mejores años de su juventud. Cuando llegó el momento, dijo

  • Me alegro de haberte conocido y haber tenido un huésped tan honesto como tú. Que tengas mucha suerte con el nuevo trabajo y espero que vuelvas alguna vez a visitarnos. Ya lo sabes, aquí tienes tu casa. Estoy seguro de que si Crista se hubiera levantado te diría lo mismo.

Mon se sintió de veras agradecido; correspondió con un fuerte apretón de manos y la promesa de una visita en cuanto le fuera posible. También con hacer publicidad del “mejor restaurante de toda la montaña ” allí por donde pasara. A continuación  recogió su mochila y se dispuso a recorrer el kilómetro y medio que le separaba de la estación de ferrocarril. Resultaba agradable caminar solitario a esa hora tan temprana. Allá, en su antiguo hogar, su esposa tampoco se habría levantado aún; era domingo y a ella le encantaba remolonear hasta media mañana. El día había amanecido nublado y todavía quedaban algunos jirones de bruma pegados a la ladera de las cumbres, pero  estaba seguro de que más tarde acabaría saliendo el sol. Mientras caminaba junto a la carretera, bajo la alargada hilera de olmos, no podía dejar de repetirse que su vida, ciertamente había empezado a cambiar.

 

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Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares

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