.Carrusel - al levantarse

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Con esfuerzo me muevo entre las sabanas, estiro las piernas, saco los pies fuera y me apoyo en el suelo. Es de madera. La habitación está limpia. Me gusta caminar descalza. La noche ha sido fría y a mis rodillas les cuesta reiniciarse. La habitación está oscura. Corro las cortinas y la luz del sol me daña los ojos. Los vuelvo a cerrar, alargando el sueño.

Ya en el baño el espejo me devuelve una imagen de alguien a quien no conozco. Descarto la idea de verme reflejada y continúo con los ojos cerrados y así llego a la cocina. Una silla me despierta y me obliga a abrir los ojos. 

El deseo de ser invidente me persigue desde hace años. He perfeccionado mucho el método y cuando paseo por el pasillo de la casa con los ojos cerrados, imagino como sería vivir sin ser vista. Me cogió desprevenida la silla. Me olvido del dolor y comienzo el desayuno. Se me está haciendo tarde. La noche ha sido larga, afortunadamente.

Se me ha hecho tarde, son las dos  y me queda poco tiempo antes de volver a vestirme. Cierro la puerta de la casa y enfilo la calle sin destino. Recorro, con miedo a ser reconocida, los escasos cien metros que me separan de la avenida principal, y allí me mezclo con la gente. Camino despacio, nadie me espera y a nadie busco.

Al llegar a la avenida que cruza con mi calle decido girar a la derecha, sin pensarlo. Veo un autobús y lo dejo marchar. Algunas mujeres corren ruborizadas para alcanzarlo. Sigo sin rumbo por la avenida. Me cruzo con otras mujeres que no me miran. Algunos hombres miran disimulados, me quieren reconocer. Yo me escondo tras unas gafas oscuras. No tengo familia y los pocos amigos que conseguí reunir en mis mejores años han dejado de llamar a mi puerta. El miedo a ser reconocida, la angustia por ser señalada, me ha apartado del resto del mundo. Incluso los vecinos de ahora me son ajenos.

Algunas boutiques elegantes se cruzan en mi camino. Son bellas, elegantes, huelen bien y los vestidos que exhiben son deliciosos. Me gustan pero nunca me atrevo a cruzar el umbral.

.El carrusel - la plaza

Llego a la plaza central. Un carrusel gira al ritmo de los gritos de los niños que se divierten con el colorido movimiento. Los padres los observan con una mezcla de deleite y recelo. A mí no me miran. Yo no tengo hijos. Les doy la espalda a los padres y a los hijos y vuelvo a la avenida. Un ejecutivo encerrado en su conversación telefónica me empuja. Mira con intención pero continúa con sus negocios y me olvida. No me ha visto.

Vuelvo a la calle donde está mi casa. Suena a vacío. Me desnudo y encierro los pantalones y la blusa en el armario, después recojo las zapatillas en una caja y me siento a esperar la noche. Me encierro en el sofá. No quiero vivir y me resisto al engaño buscando una motivación que nunca llega. Cierro los ojos y espero a la noche. Entones y solo entonces me levanto. Me subo las mallas negras. Las medias quedan muy ajustadas y son trasparentes. Las llevo para evitar el frio. Me las quito cuando llego. El sujetador negro me aprieta debajo del pecho, pero es necesario. Lo sufro para seguir avanzando. Cuando termino de vestirme escondo todo bajo un viejo abrigo de piel sintética, estampado leopardo y salgo a la calle con la mirada alta. Ya es de noche, nadie me ve. El coche negro me lleva en silencio hasta el polígono. Hoy están todas, no falta ninguna. Les sonrío, ellas me devuelven la sonrisa. Al instante los coches comienzan su danza en un carrusel silencioso, buscan a la mejor, a la más caliente, la que menos cobra, la que hace de todo, la que las chupa, la amiga que les escucha, todas somos buenas. Aprieto los dientes y subo al segundo coche. Son veinte euros, es barato pero acepto. Me pierdo en la niebla de la noche y espero a que amanezca.

.el carrusel - prostituta

Relato Breve escrito por Merche Postigo

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