El agua roza inquietante mi pie, lame con su saliva salada mis dedos atreviéndose osada a filtrarse entre mis uñas de coral que destacan entre el cristal transparente de las olas. Contemplo mis pies entregados al cosquilleo infinito de un mar en fuga.

Quizás si alargase mi mano, también con uñas de coral pero de un color menos intenso, podría rociar mi cara y aliviar la incipiente sequedad que noto. Observo los granos de arena que cubren mis piernas y que brillan como pepitas de oro ante la intensidad lumínica de un sol de justicia que, implacable, dora mi piel y, a veces, la enrojece con la aviesa intención de quemarme. Pero a mí eso no me preocupa, tengo la piel grasienta de crema protectora y la sombrilla estratégicamente posicionada para burlar los rayos de sol.

Me recuesto sobre una hamaca varada en la arena que mantiene mi cuerpo en una posición semierguida, con el torso ligeramente levantado y los pies encharcados en la orilla. Inclino mis ojos y me concentro en el ritmo cadencioso de mi respiración. Mi busto se eleva y se contrae con una regularidad cronométrica perfecta, observo las flores del bikini subir atrevidas hacia el cielo aumentando considerablemente la redondez de mis pechos, y después en una retirada cobarde cerrarse en pliegos de licra arrugada. Cuando esto ocurre, paseo la mirada hacia abajo y me concentro en la redondez de mi ombligo, una espiral de piel perfecta en sus diminutos aros concéntricos y pienso en la anatomía circular del universo. Mi vientre, ligeramente abultado, se ajusta como puede a las dimensiones de una braguita que lo constriñe y encierra. Mis muslos, rompen el equilibrio de mi figura, han establecido sus dimensiones al margen de las proporciones con el resto del cuerpo y siguen siendo un despropósito en una persona tan delgada como yo. En cambio, siempre me han gustado mis pies, pequeños y redondos, con su gotita de coral emergiendo de cada uña como un reclamo; si no fuera por la posición en la que me encuentro parecería que están prestos a correr.

El sol, implacable y altanero, cada vez ocupa más el centro del cielo y focaliza en mí sus rayos que traspasan como alfileres la lona de mi sombrilla multicolor. La playa está prácticamente vacía, los bañistas prefieren la de poniente donde el viento arrecia con menos fuerza y la arena es más fina. Por ello son muy pocos los que se acercan hasta esta otra en la que yo me encuentro, nada recomendable ni para niños,  ni tampoco para gente con poca destreza para nadar en un mar bravío o para caminar sobre una superficie arenosa adversa.

Contemplo con delectación todo a mi alrededor, abarco con la mirada el horizonte que me circunda y que, seguramente,  sería azul si no fuese por la calima que empaña la visión y hace que todo se perciba envuelto en una neblina algo espectral. Recostada en mi hamaca intento dar nitidez al emborrado paisaje  pero es inútil, todo lo que percibo está desenfocado.  Por eso a mí me gustan más las mañanas, cuando el día se estrena, la atmósfera está limpia y la naturaleza brilla. En el cénit del día, sin embargo todo cambia, la intensidad de la luz es absoluta pero mucho menos diáfana porque deslumbra. El exceso de luz produce momentos opacos. Si ahora me moviera y nadase en el mar mi silueta se distorsionaría bajo el agua cristalina con el efecto reflectante de este sol intenso y brumoso que descompondría  en pequeños pedazos mi cuerpo. Sumergida en el agua, nadie me reconocería, tan solo me mecería el vaivén de las olas, no opondría resistencia y flotaría a merced de las corrientes. Y,  si fuera valiente de verdad, bebería la espuma marina que roza la punta de mis pies  y me dejaría llevar, sin oponer resistencia, hasta el fondo donde crecen los corales y todo es de color. Pero así, recostada en mi hamaca, el único atisbo de fondo marino son los puntitos de esmalte coralino de mis uñas de porcelana.

 

 

La brisa me salpica y esparce chispas de rocío salado sobre mis brazos, aunque yo no las siento. Me miro con atención y sueño con un collar de gotas de agua. De pronto, el viento arrecia con violencia y remueve con intensidad las olas, durante un instante las flores de mi bikini se anegan y flotan, después la ola se retira y yo me quedo empapada; la fuerza del aire ha inclinado excesivamente la sombrilla que parece presta a caerse, pero no se vence del todo y sigue fiel proyectando su sombra protectora. De pronto la luz cambia y el tiempo se descoloca. Así, de repente, todo presagia la llegada inminente de una tormenta. Los pocos bañistas se repliegan en una huida urgente y la gente abandona con rapidez la playa. Yo también me debería marchar, pero no me muevo. El cielo se cubre de nubes amenazantes y comienza a chispear. Noto que el aguacero se precipita inmisericorde y me empapa sin piedad. Un pensamiento insistente me preocupa: que la sombrilla ceda, caiga sobre mí y me aplaste.

 

El agua me moja por completo, como aquel otro día de tormenta, en el que caminaba rápida por la calle para refugiarme en el primer portal abierto que encontrara, segura de que llegaría hecha una sopa a la importante reunión de trabajo prevista para primera hora de la tarde. Los relámpagos proyectaron haces de luz sobre mi cara que me cerraron los ojos y después el viento no me dio ya tregua. Arreció con una brusquedad infinita arrancando de cuajo el alerón del anuncio metálico que pendía sobre mi cabeza y que, de manera fortuita e incontrolada, impactó de lleno sobre mi espalda dejándome para siempre tumbada en el suelo.

A pesar de que las olas estallan violentas contra la playa, y contra el coral de mis dedos cubriendo por completo mis piernas y empapando mi vientre, su rumor embravecido se apaga sordo en mi mente.

También ahora vuelvo a cerrar instintivamente los ojos. Solo oigo el ulular del viento y el golpeteo de las gotas de lluvia, convertidas en diminutos proyectiles metálicos cuando se estrellan violentas contra la silla de ruedas que, impasible, aguarda como yo a que pase pronto la tormenta para que llegue mi cuidadora y transportarme de nuevo a casa. 

 

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

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