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Esperando a Roman - Manos de anciana

Sentada en el sillón, erguida y abatida con las manos cruzadas en el regazo, María Rosa paliaba el dolor de espalda esperando a Gael. Mientras tanto, su hija, sentada en el sofá, mantenía un libro entre sus mano y fingía que leía.

María Rosa se estaba recuperando a duras penas de una grave operación. Sus ochenta y seis años conservaban fuerzas e ilusión para salir adelante, al menos unos cuantos años más, decía ella con cierto miedo.

Esta mañana la hija había arreglado con cariño y ante la atenta mirada de Justina, la joven colombiana que ayudaba con el cuidado de María Rosa, el aspecto de la madre.  El cuerpo de la madre, en otros tiempos bello y gracioso, se veía ahora arrugado y retorcido, como el tronco de un roble viejo. Durante el baño las dos mujeres, madre e hija, se sintieron cohibidas  por primera vez. Una al comprobar el deterioro que el paso del tiempo había generado en el cuerpo de su querida madre, y la otra al verse desnuda y desprotegida delante de su hija.

Peinada al estilo “Garçon”, con las uñas bien recortadas y pulidas,  perfumada de colonia, se sentó en el sillón a esperar al hijo.

Gael era el hijo mayor de María Rosa. Su único hijo varón.  El adorado, deseado y querido hijo.

La joven colombiana les había anunciado su visita la noche anterior. “Si señora María,  su hijo llamó y la visitará mañana. Tiene que estar contenta”. La hija, conocedora de las muchas promesas incumplidas del hermano, escuchaba la conversación con incrédula ironía. La madre sonreía feliz.

Un fuerte estruendo las sobresaltó. Era el timbre de la puerta que sonaba insistente. De seguido las mujeres escucharon la llave removerse en la cerradura. El cuerpo de la anciana se agitó en el sillón.

  •           ¿Qué pasa por aquí? Buenos días, vagas ¿aún en la cama? – Chilló el hijo al cruzar el umbral de la puerta. Sonaba fanfarrón y sarcástico. La hermana no le contestó. Él  insistió con sus alaridos  – ¡Vamos que es hora de trabajar! – la puerta se cerró con un portazo.

La anciana reconoció a su hijo entre nubes y le sonrió. Un glaucoma galopante la estaba dejando ciega, pero sabía que esa forma de saludar era la de su hijo.

  •           Venga madre despierta.  Pues yo te veo mejor ¿no? – Los gritos se escuchaban desde la habitación donde la joven Colombiana se preparaba para salir.
  •           ¡Ay hijo!, voy algo mejor – respondió la madre con apenas un hilo de voz.
  •           ¡Vamos habla más alto coño que no se te oye! – Le espetó al tiempo que se acercaba al sillón para besarla. Un escalofrío de asco le cruzó la espalda al notar el rostro frio de la anciana.
  •           No puedo hijo. Ay qué más quisiera yo  – se lamentaba la mujer dolorida –me encuentro muy mal, me duele mucho la espalda.

El sonido del móvil del hijo apagó las quejas de la anciana

  •           Ya será menos – dijo antes de responder al teléfono que molestaba con su insistente soniquete  – ¡Hola, Manuel…!  Sí, claro.  ¡mierda!, ese cabrón hijo de puta no sabe lo que dice… –

El hijo se marchó del salón para mantener la conversación telefónica en la intimidad de la cocina, mientras tanto la madre y la hermana permanecieron sentadas,  sin decir palabras. Ambas se cruzaban miradas resignadas. La hija volvió a remover las hojas del libro.

  •           Hostia Manuel, ya te lo dije… Pedazo de cabrón. No, ahora no.. Me cago en todo lo que menea, ese es tonto… Que sí, que te lo serviré mañana.

Las voces y palabras malsonantes resonaban por toda la casa. Ninguna de las mujeres habló durante el tiempo que duró la conversación del hombre. Era lo normal durante las visitas del hijo.

  •           Es su negocio. Tú hermano necesita mantener contentos a los clientes. – dijo la madre, exculpando al hermano

La hija no contestó y continuó moviendo las hojas del libro que mantenía entre las manos.

Por fin el griterío cesó y Gael volvió al salón donde estaban las dos mujeres. La madre le preguntó con timidez por el estado del negocio, pero su escasa voz y la falta de atención del hombre impidieron que el hijo la escuchara.

  •           Bueno,  pues yo ya me voy que tengo muchas cosas que hacer. ¿Estáis bien, no? – Miró a la hermana sin esperar respuesta, ella conocedora de ello no levantó la mirada del libro y respondió un único “todo bien”

Gael volvió a besar a la  madre con la misma sensación de asco del comienzo.

Las dos mujeres escucharon el ruido de la puerta al cerrarse.

La joven colombiana, que había escuchado todo desde su habitación, consolaba ahora a la madre con un vaso de leche.  Pero para María Rosa, ya no había ni consuelo ni tiempo. La hija comentó en voz queda “me hubiera gustado nacer hombre” y cerró el libro..

.Esperando a Gael - Madre sentada en el sofá

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Relato breve escrito por Merche Postigo

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