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Noche de lluvia - Facebook

Un post en Facebook, una casa con un balcón manco, un apellido que no consigo recordar. Es mi casa, nuestra antigua casa en semi-ruina. El corazón se sobresalta y me da un pinchazo de nostalgia dolorosa.

Hoy, justo hoy. Las coincidencias no existen, decía mi padre, solo sirven para confundir.

Y en la confusión total me levanto de la silla, como el muelle de un juguete y decido volver. Necesito volver, superar los fantasmas. Preguntar a los que quedan. Es pronto, salgo a la calle con una chaqueta de lana fina, y de una zancada me planto en la puerta del taller donde están arreglando mi coche. Está cerrado, tendré que esperar. No hace frío, una suave brisa me recuerda que no he desayunado, al rato el estómago vacío protesta y se despierta el mal humor.

Qué me hubiera costado poner la capsula del café como todas las mañanas y tomarlo de pie en la cocina. Desde que me dejó Lucía, solo ese olor me reconforta.

Las dos cafeterías que están justo en frente del taller están cerradas. Paseo cinco minutos para encontrar otra, sin resultado. Ni un banco para sentarme, parece una ciudad abandonada. Podría volver y desayunar en casa ¿y si abre mientras tanto? Habré perdido la vez. Me siento en el suelo, me abrazo las rodillas y espero. El silencio me relaja.

 Una gota de agua me cae en la cabeza.

Los del piso de arriba siguen durmiendo aún con el aire acondicionado.

¿Y si dejo este absurdo impulso y vuelvo a mi cama?  Necesito tres días libres para ir y volver.

Una hormiga rodea mi zapato ¿Signo de lluvia? Solo es una, se habrá despistado.

–    ¿Señor Ramírez, le pasa algo?

Es Juan, el encargado del taller, su voz tiene un toque alarmante. Su olor a tabaco me marea.  ¿Cómo puede fumar alguien tan pronto por las mañanas? Era una de las cosas que más me disgustaban de Lucía, su olor a tabaco en la ropa cuando te acercabas a ella.

–    Ya ves, no podía dormir y he venido a ver si habíais terminado.

–    Lo siento, señor, el coche todavía no está listo, falta revisar algunas cosillas.

–    Si no son importantes, prefiero retirarlo, voy a hacer un viaje largo y tengo prisa.

–    Como usted quiera— me da la mano para ayudarme a levantar y con la otra pulsa el interruptor para abrir el cierre metálico.

Entramos a oscuras y cuando se hace la luz me da una alegría inmensa ver mi coche. Desde luego algo me pasa, todos mis sentidos están hipertrofiados.

¿A qué viene esta alegría infantil? Un viaje es en sí mismo una aventura, acaricio el volante, ajusto el asiento, el espejo retrovisor y salgo del taller como un hombre nuevo.

A los diez kilómetros veo una gasolinera y una cafetería abierta, es la mía.

Bajo una luz tenue me recibe un camarero que, con aire de sueño, me pregunta:

–    ¿Qué toma?

Ni siquiera buenos días.

Suspiro y contesto:

–    Un café solo. ¿El servicio, por favor?

–    Bajando las escaleras a la derecha.

.cafe facebookun pasillo largo. Huele a humanidad retenida en un cuarto oscuro varios días. Noto una arcada.

Una hormiga rodea mi zapato. ¿Será la misma? ¿Me ha seguido o se había pegado al pantalón? No me apetece machacarla. La dejo en paz.

El café se ha quedado frío, me lo bebo de un trago, dejo dos euros en la barra y con un leve saludo de cabeza me dirijo hacia la puerta, ni un murmullo de agradecimiento. Prefiero salir a la calle sin ver la cara amable del camarero.

No me gustan estas pequeñas señales negativas, pero estoy decidido a emprender el viaje.

Qué le iba a contar si ni yo mismo sabía por qué de repente era tan indispensable volver al pueblo. Tantos años con la duda y esta mañana un post en Facebook me había dado el empuje necesario.

Desde la muerte de mi padre el asunto era tabú. Lucía intentó varías veces hablar sobre el tema, con lágrimas, tomándome el pelo, después de una noche de amor. Solo consiguió que nos separásemos.

Al llegar cerca del coche le doy al mando para abrir y no funciona, me acerco y se resbala de mi mano rodando debajo. Una gota me cae en la cabeza, esta vez parece de lluvia, me agacho y veo que el mando se ha quedado justo en el centro. Alargo el brazo, no llego, me estiro hasta casi quedar tumbado y ni aun así puedo cogerlo.

Cuando retiro el brazo, la chaqueta está manchada y las gotas se han duplicado.

Me miro alrededor, no ha llegado nadie. Es una carretera poco transitada. Ningún palo caído de un árbol me puede ayudar.

Me toca preguntar al camarero si tiene una escoba o algo parecido.

Algo me retiene, una inseguridad desconocida, la lluvia cae con más fuerza, me protejo la cabeza con las dos manos y me quedo inmóvil.

Qué tontería, miedo de un camarero yo, vamos para allá.

La claridad de la luz no ha mejorado, él no está en la barra, unas hormigas hacen círculos en el suelo alrededor de un trozo de pan.

Espero, no quiero llamarle, no sea que se enfade y no consiga nada. Me siento en una silla de plástico mientras escucho el repiqueteo de las gotas en los cristales de la ventana. Bienvenida lluvia, al menos los limpias por fuera. Cierto que mi coche se pondrá hecho un asco. La cafetería no se ha renovado desde los años sesenta, plásticos baratos, luces de neón, y papel, en la pared, de un azul verdoso con manchas color ocre.

Oigo un ruido de pasos por las escaleras, pesados y lentos, está subiendo, me tiemblan las manos. Este café no me ha sentado bien, estoy demasiado excitado con la idea del viaje.

Se da cuenta de mi presencia con indiferencia, como si no estuviera.

No me sale la voz, carraspeo, ni se inmuta, se da la vuelta.

–    Disculpe, perdone, ¿me podría prestar una escoba?

–    ¿Para qué quiere una escoba? — Si su mirada pudiese quemarme ya estaría achicharrado.

–    Tengo un problema con el mando del coche. Se me ha escurrido de la mano y está debajo de la carrocería, no consigo llegar con los brazos por mucho que me estire.

.Excusatio non petita- facebook

Demasiadas explicaciones. No habléis tanto les aviso a mis clientes, como decían los romanos “excusatio non petita, accusatio manifesta”.

Me mira esta vez de arriba abajo y me contesta:

–    Con esta lluvia la escoba se moja—Tiene la frente pequeña y los ojos demasiado juntos. Paciencia, me digo a mí mismo, con este sujeto mejor ser amable.

–    Si no es una escoba, cualquier otra cosa, un palo, por ejemplo. Algo para llegar.

–    ¿Llegar a dónde?

Dios, respira hondo y mantén la calma.

–    Si me puede acompañar fuera lo ve usted mismo.

–    ¿Está loco o qué, no oye que está granizando? Un poco de paciencia que no se acaba el mundo.

Loco a mí, paciencia, paciencia me dice, si ya le hubiera pegado un puñetazo.

Me siento. Han llegado más hormigas. Esta vez les doy un empujón con el pie y se dispersan. Ya son bolas de granizo las que están cayendo, algunas romperán el cristal de la ventana, me cambio de sitio. Él sigue trasteando con los vasos. Hago un resumen de mi situación, cojo el teléfono para distraerme y tampoco hay cobertura, si pudiera entrar en Facebook y descubrir que ha sido una broma. No me atrevo a cerrar los ojos. Cosas peores se han escuchado y ahora él acaba de limpiar el cuchillo de jamón con un paño sucio.

Mi pobre casa, tengo que descubrir qué ha pasado. Saber la verdad. Hasta que no termine la tormenta no me dará la escoba. Miro alrededor, no hay palos de fregona. Un trueno avisa que va para largo. Si por lo menos hubiera una radio o la tele encendida.

Las noticias siempre tranquilizan.

Será la última vez que coja esta carretera, quién me mandaría a mí. Carreteras secundarias. Que si no pagas el peaje, que te distraes menos, que ves el paisaje. Menuda distracción la que estoy teniendo con este subnormal. Levanto la vista, preocupado por si me hubiera leído el pensamiento, me está observando con los ojos semicerrados, no puedo más, salgo a la carretera y un relámpago me ciega, en la misma fracción de segundo estoy otra vez dentro.

–    Ya le he dicho yo que está loco— grita blandiendo el cuchillo con aire amenazador.

Renuncio a la lucha. Vuelvo a sentarme, los brazos como dos palos a lo largo del cuerpo. No hay más hormigas.

Al rato, después de las últimas gotas, el cielo se aclara, era una tormenta de verano.

Me precipito fuera, me quito la chaqueta, la anudo para alargarla y me tiro al suelo, no me importa mojarme o ensuciarme. Cuando estoy a punto de coger el mando una voz me sobresalta:

–    Hombre, haber esperado, si venía yo con la escoba.

Tiemblo, no me fio, ya lo tengo, al levantarme lo veo inmóvil a mi lado con la escoba al revés. Me río a carcajadas, me siento en el coche sin contestarle mientras lo escucho murmurar:

–    Dios mío, está loco.

Invierto el sentido de la marcha a toda velocidad.
Coche en la lluvia Facebook.

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico 

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