Todo lo que sé es que el mismo día que abandoné mi casa dejé atrás mi infancia. Las casualidades no existen, simplemente los hechos se concatenan sin más y creemos que son fruto del azar. Para mí no fue fácil cerrar aquella puerta que me desconectaba de mis raíces, del mundo que yo conocía hasta entonces y que, aunque desde luego, no era mucho me había resultado suficiente hasta ese preciso instante.

La vida y sus momentos, o mejor la vida y sus decisiones. No me volví, no quería que mi mente fotografiase las vetas de madera de una puerta que había abierto durante toda mi vida, también la había cerrado en igual número de ocasiones, pero nunca me había fijado bien en ella, tan solo contemplaba el bombín de la cerradura mientras empujaba machaconamente el pomo cada vez que salía, tal y como me había inculcado mi madre desde que tuve la libertad para poder entrar y salir de casa con mi propia llave. Esto no sucedía en demasiadas ocasiones, no porque ella no tuviese confianza en mí, no, no era eso, simplemente mi madre no soportaba que estuviese sola en casa. Por eso, las escasas veces que lo logré, las recordaba con precisión milimétrica, todos mis movimientos, todos mis pensamientos, mis pequeñas infracciones a las normas. Las suyas, las que ella impuso mucho tiempo atrás cuando yo tan solo era un bebé y no tenía capacidad de réplica. Quizá el ser tan llorona fue mi primer síntoma de rebeldía ante todo lo que se me venía encima, un síntoma que no ha desaparecido del todo nunca, de hecho, sigo siendo de lágrima fácil. Pero nada asusta más como cerrar una puerta, sobre todo si, como era en mi caso, no tenía ninguna perspectiva de abrir ninguna otra. También esa vez miré el bombín y empujé el pomo en reiteradas ocasiones para verificar que estaba bien cerrada.

No está bien echarle la culpa a ella de todo, de todo lo que me ha ocurrido en la vida, sobre todo porque todos se ponen siempre del lado del débil y el débil en este caso era mi madre. La puerta que cerré clausuraba un pequeño apartamento, apenas unos cincuenta metros, en los que vivíamos mi madre y yo. Todo era pequeño y estaba demasiado cercano para mantener ninguna privacidad, tampoco era necesaria, una niña solo quiere estar al lado de su madre y así era yo. Una cocina estrecha en la que solo había espacio para lo imprescindible un armario, una cocina, el fregadero, y una silla muy bajita encajonada entre el armario y la cocina. Creo que también había una mesa, pero ya no lo recuerdo porque nunca me senté para comer en ella. Mi madre me daba el desayuno, se sentaba en la silla baja y me sopaba un vaso de leche que me hacía engullir cada mañana y eso a pesar de mis protestas y mis arcadas. Tampoco tenía en cuenta mi edad, yo me arrodillaba frente a ella y esperaba paciente a que cada mañana me fuera dando con su mano como un dardo certero el mismo desayuno, un desayuno que yo detestaba.

 

 

Apenas tengo recuerdos de mi padre, todo es muy vago, pero el día que me marché cogí su reloj, la única de sus pertenencias que olvidó la aciaga mañana en que nos abandonó, la mañana que yo me encontré al volver del colegio a mi madre con un síncope retorciéndose de dolor y con espasmos sobre la cama. Me sorprendió verla en ese estado, no tanto por la reacción ante la ausencia de un padre que nunca se preocupó por mí, ni por ella ,y al que solo veíamos alguna que otra noche cuando yo estaba ya casi medio dormida, si no porque mi madre se revolcaba sobre la cama con colcha y todo. Mi madre no permitía que me acercara a la mía hasta que había retirado la colcha y la había dejado perfectamente doblada sobre la silla del dormitorio. Nunca me dejó sentarme sobre la cama para calzarme o ponerme unas medias. Me sorprendió aquel comportamiento, tan poco propio de ella. Me quedé petrificada mirándola, sin poder reaccionar. Me sentía aterrorizada. Creo que le debería haber dado un vaso de agua, pero tenía prohibido abrir el armario donde los vasos, los platos y el resto de la cacharrería se guardaban con un orden perfecto atendiendo a sus materiales, al diseño, pero, sobre todo, a su funcionalidad, y más aún acercarme a cualquier grifo y abrirlo.

Los meses que siguieron a la huida de mi padre flotan en mi mente como una nebulosa. Mi madre y sus cosas, cada vez más preocupada por cada objeto de la casa, todo situado milimétricamente, un ligero cambio, apenas un roce y se producía el cataclismo. Yo cada vez podía tocar menos, ni buscar la ropa en el armario, ni abrir la nevera, ni utilizar la ducha, y ni hablar de traer niñas a casa. Todos los objetos estaban colocados con mimo y con esmero como si se exhibieran en un escaparate. Todo se mostraba para ser observado y a mí se me permitía mirar, pero tenía completamente prohibido tocar, nada de abrir cajones, ni de subirse a las sillas, ni de cambiar mínimamente ningún objeto. Todo prohibido, todo clausurado, las ventanas con las persianas a medio subir y las cortinas echadas. La niña que fui no podía hacer absolutamente nada, así que me sentaba en el suelo detrás de una puerta pintada de gris que dejaba un pequeño hueco en una esquina de la habitación y ahí jugaba. Me imaginaba la vida de otras madres y de otras niñas, madres que trabajaban, que salían de compras con sus hijas, que las dejaban leer en la cama y mancharse los dientes con un chocolate caliente. En mis juegos nunca había un padre.

Recuerdo que cuando yo era muy pequeña mi madre me consentía acariciar alguna de mis muñecas durante un ratito, aunque después la retiraba y la ponía sobre una tabla que recorría todo el frontal de mi habitación en el que estaban expuestos todos mis juguetes, altos y estáticos, acumulando polvo, en una exposición absurda porque nadie entraba para verlos. Después todo se fue cerrando, la puerta del comedor, total un sofá y unas sillas no sirven para demasiado y estando solas las dos, mejor que no se estropee para el futuro, puede que alguien quiera pedir tu mano. Después clausuró la televisión, y la pequeña sala donde estaba, es mejor no distraerse y concentrarse en lo importante, decía mientras se encajonaba en la silla baja de la cocina y cosía calcetines o medias viejas. Yo entonces huía a mi refugio detrás de la puerta gris en la esquina de mi habitación y, o bien miraba absorta el reloj olvidado de mi padre esperando que el tiempo pasara muy muy rápido para ser mayor, o leía libros sobre países lejanos medio tumbada sobre las baldosas de terrazo, otras veces soñaba con peleas en la nieve o en el barro, donde no pasaba nada si se rompían los cristales de alguna ventana o se caía una maceta, y lo mejor era cuando creía sentir la humedad del agua de lluvia limpia y transparente en mi ropa y en mis huesos, pero entonces una llamada enérgica y sin contemplaciones de mi madre rompía en mil pedazos mis pensamientos.

 

 

Mi madre nunca más nombró a mi padre, un día desaparecieron de la casa los dos o tres retratos en los que él aparecía, imágenes en blanco y negro de los dos delante de algún monumento, instantáneas de sonrisas de dos jóvenes que parecían alegres a los que yo, desde luego, no conocí. Mi madre simplemente se aferró a la casa y a las cosas, reduciendo poco a poco y de manera implacable el espacio en el que nos podíamos mover.

El día que me encontré con unos guantes blancos sobre la mesa y la orden explícita de ponérmelos dentro de casa para no ir dejando sueltas las bacterias, virus y demás bichos diminutos procedentes del exterior, empecé a comprender que algo en la mente de mi madre se había desconectado para siempre, y que alguno de los nervios que pueblan el cerebro ya no cumplía bien su función, pero no sabía cómo solucionarlo, ni qué hacer o a quién pedir ayuda. No había nadie más, tan solo ella y yo. Nunca vino nadie a visitarnos, ni tuve conocimiento de pertenecer a ninguna saga familiar, ni paterna, ni materna, nunca supe de amigos adultos que aparecieran por casa alguna vez y tampoco teníamos relación con vecinos. La única compañía y la única presencia en esa casa olvidada éramos las dos.

No fue fácil cerrar la puerta y dejar atrás mi niñez y a mi madre. El último recuerdo que mantengo de ella, es colocando todos los pintalabios sobre la pequeña repisa que tenía la bañera cerca de la pared. Unas veinte barras de labios, de todos los colores todas en ángulos perfectos, todas sin abrir, todas sin estrenar. Me miró desde muy lejos, con una sonrisa triste y unos ojos llenos de lágrimas. No hizo falta más, me hice mayor y entendí de golpe que la tristeza extrema conduce a la locura y que la soledad provoca monstruos. Mi padre se había marchado y no tenía ningún sentido poner color en una boca a la que se le volaron todos los besos.

 

 

Ahora, que ya ha pasado tanto tiempo desde que cerré la puerta, y que yo soy adulta y también madre, intento imaginarme el momento en que la mente de la mía se desligó para siempre de la realidad, quizá fue cuando mi padre nos abandonó o, tal vez mucho antes, cuando el amor se apagó, o puede que el destino la hubiera escogido a ella desde mucho tiempo atrás y, solo necesitara la excusa del empuje de cualquier pequeño detonante para arrancarla para siempre y de manera definitiva de la cordura, y arrastrarla irremediablemente al oscuro laberinto de los dementes.

Oigo el timbre, mi hija vuelve del cole.

Abro la puerta y, como cada día, le indico dónde tiene las zapatillas. No es cuestión de dejar toda la casa llena de barro.

 

Relato Breve escrito por Mary Carmen Caballero