.Hombre triste bebiendo

De Raimundo, un hombre al que le gustaban tanto las apuestas como el alcohol, cuentan que un día se hartó de esperar no se sabe muy bien qué o a quien y retó a la muerte. Dijo que le daría una única oportunidad y abandonó el bar tambaleándose. También dicen que nadie le prestó atención. Pero hacía mucho tiempo que a Raimundo nadie le hacía caso.

Irene, su novia de toda la vida, lo había abandonado en Enero, el día de reyes. Dijeron que cansada del alcohol. Raimundo lo negaba. En Febrero, el día de los enamorados, ella retiró todas sus pertenencias del apartamento que compartían.  En Semana Santa ya no quedaba rastro de ella en casa. Cuando vivían juntos, las mañanas del Viernes de Dolores se alargaban en la cama.

Este año, el Viernes de Pasión, lo pasa solo. Se levanta temprano, con la boca seca. Hace algún tiempo que sufre de insomnio. Falta de sueño que adereza con Amaretto. Despeja el sueño con una ducha rápida y baja a desayunar al bar de Aurora. La propietaria del local y una de las pocas personas con las que Raimundo habla a diario. Él la saluda pensativo. Ella le devuelve el saludo con rutina y el sueño reflejado en la cara. Raimundo la sorprende pidiendo un chupito de tequila. Pero a pesar de lo temprano de la hora y de la solemnidad del día, a nadie le extraña. Raimundo hace tiempo que ocupa un lugar preferente en la lista de clientes peculiares del local y a estas alturas, ni Aurora ni los otros clientes habituales hacen caso de sus excentricidades alcohólicas matinales o nocturnas. Después del tequila se toma el amaretto de costumbre y se sube a casa, no sin antes despedirse de Aurora. Ella le devuelve el saludo desde la barra mientras se ríe con los comentarios de otro de los habituales.

.Hombre solo en un bar.

Cierra la puerta, despacio, sin ruido. Pasa la llave con dos vueltas y las deja colgando por dentro. Desenchufa la radio y el televisor. Necesita concentrarse. La seriedad de la apuesta lo requiere. Comprueba que el teléfono móvil funciona con normalidad y acto seguido lo enchufa a la red eléctrica. Conviene evitar fallos con la batería. Busca una copa, se sirve un brandy y acto seguido se sienta a esperar. Sonríe satisfecho. El alcohol le gusta y tiene tiempo.

La primera semana resulta aburrida. Las horas pasan lentas y en silencio. Raimundo mira cada cinco minutos la pantalla negra del móvil. La casa es muy grande. Camina por los rincones como un borracho en seco. Pasea del salón al dormitorio. Se detiene en el vestíbulo. Busca el teléfono. Vuelve al pasillo. La falta de llamadas empieza a desincentivarlo. Cree que el teléfono está estropeado. La pantalla se ilumina a las doce irritando a Raimundo. Busca el Amaretto. El sabor de la almendra amarga lo calma.

 

No sabe qué hacer. Por extraño que pueda parecer, Raimundo comienza a dudar. Quizás se ha equivocado. Piensa en su madre. La primera en echarlo de menos. Será la primera en llamar. Recuerda sus llamadas diarias. Veinte años. Raimundo la llama todos los días. A penas si hablan. “ya sabes que a mí no me gusta hablar mucho” le dice ella con desgana. “Si madre lo sé, solo quería asegurarme de que te encontrabas bien”  le responde Raimundo. “Pues claro que estoy bien, pareces tonto” reconoce malhumorada la anciana. Ambos cuelgan el teléfono en silencio. Él muy decaído por la ausencia de cariño, ella harta de ese hijo que no la deja vivir en paz. “Este chico me preocupa” les dice a sus amigas, “no consigo que vuele solo”. Raimundo se estremece recordando a su madre. Sobrepasa los primeros momentos de desesperanza se consuela bebiendo.

Hombre solo bebiendo

La segunda semana comienza con escasez de comida. Mientras Raimundo chuperretea el fondo de la última lata de mejillones, recuerda que el Amaretto también se ha terminado. El teléfono parpadea y se ilumina, son las doce, pero no suena. La falta de alcohol le hace fantasear con sonidos. Le parece escuchar ruidos en la entrada. Se para en el pasillo y escucha detrás de la puerta. Son los vecinos, hablan entre ellos y cierran con golpe la puerta. Se derrumba en el sofá abatido. Busca con insistencia y encuentra unas botellas de coñac rancio que Irene había abandonado en el aparador del salón.  El sabor seco del alcohol le quema la garganta y lo calma. El hambre se apacigua. Por unas horas olvida el móvil, a su madre, a los vecinos y a la apuesta.

Falta poco para las navidades y los propietarios han convocado una junta  extraordinaria. Entre los vecinos hay unanimidad. Se lamentan por los malos olores que se han apropiado de la finca desde hace unos meses. La señora del sexto comenta con aspavientos los insoportables humores que se filtran por el descansillo. El arquitecto del quinto confirma que son serios y que bajan por la escalera hasta la  planta baja.

Dicen que los bomberos forzaron la puerta sin muchas consideraciones, y que Raimundo los recibió a todos en perfecto estado de descomposición, acostado en el sofá. Tenía el móvil en la mano y varias copas por el suelo.

. Deseos de los amigos

Relato Breve escrito por Merche Postigo

 

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