La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes.

Al final de los años 40, los braceros que algunos terratenientes italianos empleaban para la recolección de la aceituna llegaban desde países lejanos, de lugares empobrecidos por las guerras. Llegaban en tren, viajando en compartimentos de tercera clase —algunas familias traían a sus hijos— y retornaban a sus lugares de origen con las primeras heladas. En ocasiones, alguna familia se quedaba.

A esta niña le gusta deambular, le encanta sobre todo cruzar el rio y husmear en las casas de los ricos. En este momento, ella está parada afuera de la verja de una mansión, en cuyo jardín de adentro hay otra niña que está jugando. Debemos ser de la misma edad, la niña de los ojos almendrados calcula. Ella sigue allí de pie, mirando a la otra niña hasta que algo—el vuelo de un grajo o una ráfaga de viento—hace que la distraiga, y ella se marcha.

Andando de vuelta a casa, la niña de los ojos almendrados se imagina que es rica como la niña del otro lado de la verja. Se pregunta por qué ella no lo es, pero la respuesta le elude como un lagarto que ahora corre sobre el sendero y enseguida desaparece. A ella le gustaría que todas las cosas se mostraran plenamente, como el ramillete de flores que lleva en la mano: flores blancas, rojas y rosáceas.

— ¿Por qué nosotros no somos ricos? —le pregunta a sus padres.

—Tu madre y yo vinimos a estas tierras cuando tú todavía tenías los dientes de leche —dice su padre— Trabajamos, varilla en mano, sacudiendo las ramas de los olivos y recogiendo las aceitunas que caen, surco a surco y día a día durante la temporada de calor. El hacerse rico lleva mucho tiempo.

La niña se queda mirando a su padre con cara de no entender muy bien lo que le está diciendo, mientras que la madre parece reflexionar sobre qué estará su hija pensando.

  • Nosotros hacemos lo que podemos para seguir viviendo aquí y que tú puedas ir a una buena escuela —dice.

La niña pone una mirada distante en sus ojos almendrados.

  • Cada cual posee lo que posee —dice el padre.

La niña mira a su padre con cara de curiosidad.

  • ¿Pero por qué no somos ricos? —pregunta.

Los padres tardan en darle una respuesta y ese retraso hace que la niña pierda interés.

Sin entender mucho de qué va la cosa, sale de la casuca y se sienta afuera de la puerta, agradecida por el calorcillo de un pálido sol de diciembre después del frio de la noche, y comienza a formar ramilletes con las flores que había recogido: flores de ciclamen, pensamientos y margaritas.

Cuando la madre despierta a su hija a la mañana siguiente, pone una muñeca de trapo, que ella ha confeccionado, en sus brazos.

          —Babbo Natale dejó esta muñeca en la chimenea para ti. Feliz navidad! —dice.

          Una expresión de ternura y cariño asoma en los ojos de la niña, quien besa y acuna a la muñeca, y sonríe a su madre, y piensa en la niña rica de la mansión. El padre observa la escena desde la mesa de la cocina con alegría.

  • Si sacas la muñeca a la calle para jugar, procura arroparla con alguno de los paños de cocina y no te alejes mucho de la casa —le dice, y la niña afirma con la cabeza.
  • Está nevando —dice la madre con una sonrisa.

La niña sale a la calle y juega con su muñeca todo el día. Los árboles, los tejados, el paisaje, todo aparece blanco y voluminoso. Sus ojos se entrecierran cuando el reflejo del sol en la nieve alcanza su cara, pero ella no quiere perderse nada de lo que ve a su alrededor. Cuando se da cuenta de que pronto va a oscurecer, decide ir a visitar a la niña adinerada.

 A pesar del consejo de su padre, ella se aventura a cruzar el puente. Cuando llega a la verja del jardín, se sorprende de ver que éste se ve envuelto en una luz amarillenta y misteriosa que se desprende de un farol de madera con paredes de cristal y que dentro contiene un velón. El farol tiene un sombrero de nieve y está anclado al suelo por medio de una estaca; se pregunta quién lo habrá colocado allí. En esta luz amarillenta la niña adinerada y sus amiguitos juegan con juguetes lujosos. La escena le recuerda los cuentos de hadas que su mamá le lee antes de dormir. Ella observa, allí parada de pie, pero siente que la niña rica no se va  a acercar a la verja, y los pies se le están quedando fríos.

  • Cada cual posee lo que posee —le dice a su muñeca y se apresura a volver a su  casa.
La niña con juguetes

 Relato Breve escrito por José Luis Recio                                                           

* El original en inglés se publicó en la revista literaria ¨With Painted Words¨, Diciembre 2018.