Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo.

Coloqué el caballete en el balcón abierto de par en par. Apenas si había trazado las primeras líneas en el lienzo cuando mis ojos toparon con la figura, un tanto extraña, de un hombre joven y delgado de aproximadamente mi edad que estaba vestido con un niqui blanco y pantalones kakis desgastados. Estaba de pie, descalzo sobre la arena, enfrente de su caballete, situado entre mi habitación y el borde de la costa, de cara al mar, pintando. De modo alternativo, apartaba brevemente sus ojos del lienzo para mirar a una joven morena en bikini que yacía bocarriba sobre una toalla extendida en la arena a pocos metros al frente y a su izquierda, y enseguida al mar y otra vez a su lienzo para seguir pintando. Mi curiosidad por entender su proceder iba en aumento, y después de una hora de intentar mi esbozo ya no pude más y bajé a la playa, me presenté como colega artista y eché un vistazo a su trabajo.

Inmediatamente me di cuenta de que acababa de conocer a un bicho raro: cabello rubio desordenado, ojos azules que evitaban la mirada directa, una sonrisa extraña y gestos desmañados. Por suerte, hablaba inglés. Su caballete contenía un lienzo en el que él había pintado una mujer escultural cabalgando desnuda sobre la cresta de una ola. Deduje que la joven que estaba tumbada cerca de nosotros le servía de modelo. Con una sonrisa de cortesía y, para ser franca, una pizca de envidia de su espléndida figura (en contraste con la mia: bajita, pelo negro, corto, y ojos oscuros), volví la cara hacia ella: era la mujer de la pintura. La sonrisa indiferente y como en sueño con que respondió a la mía me hizo pensar que ella y el pintor no se conocían. Yo felicité al joven (´Theophilus´ dijo que se llamaba) y me alejé, paseando por la orilla del mar.

Una hora después de mi fantasmagórico encuentro con Theophilus, mientras saboreaba un mojito en el bar del hotel, me hallé obsesionada con su método de composición, pensando que nunca se me habría ocurrido hacer lo que él hizo. ¡Y tan hermosamente! Me dio por pensar sobre los aspectos relacionados con esa caverna misteriosa de la mente en la que habitan la intuición, la inspiración y la imaginación.

Me encontraba todavía absorta durante el almuerzo cuando el camarero trajo el postre (Pastel Tres Leches) y, detrás de él, vislumbré a la mujer del bikini, que ahora llevaba una blusa de lino fino y un sombrero Pamela. Estaba sola y ocupó una mesa cerca de mí. No dudé en acercarme, presentarme y pedirle disculpas por mi impertinencia cuando estábamos en la playa. Dijo que se llamaba Lupe y que era de La Florida.

  • Ese tipo está pirado –dijo.
  • Es un artista.
  • Lupe asintió con la cabeza.

En realidad, yo soy modelo –dijo– pero no poso para él. Como te darías cuenta, él se  apropió de mi imagen. Me tiene sin cuidado, porque está chiflado.

          ¿No le importaba?

  • Pero tiene imaginación –dije.
  • Lo que tú digas, guapa –dijo Lupe– ¿Te apetece una copa?
  • Gracias, pero ahora tengo que irme. Tal vez en otra ocasión.

Lupe asintió de nuevo.

Tres días después, volví a ver a Theophilus en la playa, cerca del agua, pintando. Había enterrado una botella de cerveza en la arena, de modo que solamente el cuello, orientado hacia el mar, quedaba al descubierto, y repetidamente miraba a este objeto-modelo y luego daba toques a su pintura. Cuando me acerqué a su caballete y eché una mirada a su trabajo, me quedé sin habla, porque la imagen en el lienzo estaba en desacuerdo con su modelo. Había pintado un buen número de objetos de cristal multicolor de diferentes tamaños y formas, los cuales parecían que estuvieran amontonados al azar en un rincón de algún almacén. En su pintura se veían botellas panzudas de cuellos estrechos, porrones de vino, platos y lámparas de adorno… Me llamó la a tención el cuidado con que el pintor había distribuido los colores, los tonos y los reflejos de luz, que se filtraba de forma misteriosa, entre todos estos objetos. De repente, se me ocurrió la idea de que tal vez estaba contemplando una imagen instantánea creada a imitación de lo que se observa al mirar a través de un caleidoscopio. En aquel momento, me volví para ver la botella de cerveza medio enterrada en la arena: el reflejo de la luz del sol sobre el agua llegaba al cuello de la misma y su centelleo daba lugar a momentos ilusorios de multiplicación. ¡Ajá! La fuente de inspiración para Theophilus se originaba a partir del fenómeno de la luz. Le felicité por su trabajo artístico. Él no dijo nada, pero movió la cabeza afirmativamente, como dando las gracias.

          Me quedé en Puerto Plata una semana más, e incluso completé un cuadro con una escena portuaria, pero durante mi estancia, descubrí que, al mismo tiempo de considerarme un artista en activo, soy investigadora del proceso de creatividad, es decir, de las conexiones que existen entre el arte y la naturaleza humana.

Dejé mi dirección a Theophilus, pero no estoy segura de que él la usará. Cuando regresé a Hollywood, le conté a Debbie mis experiencias en la isla; ella dudó de que mi nuevo objetivo me lleve muy lejos.

Relato Breve escrito por José L. Recio

*El original en inglés se publicó en la revista With Painted Words en Octubre 2019.