Llegó despacio y se mantuvo ausente todo el tiempo que duró la lectura del testamento. En realidad, no sabía muy bien qué hacía allí entre todos aquellos que decían que la conocían o que guardaban algún tipo de vínculo o de parentesco con ella. Todos los presentes se giraron y lo miraron desconfiados cuando entró en la sala del notario. Las miradas desconcertadas que se intercambiaban unos a otros eran una evidencia clara de que nadie sabía de su existencia y se preguntaban quién sería aquel tipo escuálido y desgarbado que no encontraba acomodo en la silla que la eficiente secretaría le acercó. Él se sentó detrás, junto a la ventana en el rincón más cercano a la puerta.

No me gustan los días de agosto –Marinela entreabrió soñolienta los ojos, y se envolvió perezosa entre las sábanas que la abrazaron con fuerza hasta que se quedó inmovilizada en aquel amasijo de tela.

Estamos en diciembre, falta tanto para agosto, amor – le dijo él desde el otro lado de la cama, liberado por completo de cualquier resto de ropa a la que asirse porque ella egoístamente se había llevado todo, las sábanas y la colcha de seda fina que él había comprado en uno de sus viajes a la India.

Nela tenía la piel suave, aún más que la colcha de la India, los ojos muy oscuros y los pies pequeños. Dormía siempre de lado, acurrucada en posición fetal y cuando él se acercaba para abrazarla siempre se sobresaltaba hasta que lo reconocía, necesitaba un poco de tiempo de adaptación hasta que se relajaba y permitía que él la acariciara.

Se encontraron un domingo cualquiera buscando gangas en uno de los muchos rastrillos de anticuario que hay por toda la ciudad. Nela se encaprichó de un viejo reloj de pulsera que debió corresponder a algún piloto inglés de la segunda guerra mundial, justo el mismo que él estaba a punto de comprar. Y ahí comenzó todo, marcado por el tiempo exacto de un viejo reloj de aviador que se adelantaba veloz saltando horas de manera completamente aleatoria.

Desde su rincón, con la mirada perdida en la ventana desde la que solo se veía una pared blanca del edificio de enfrente, oía inconsciente una serie de palabras jurídicas que su cerebro no procesaba. Todo era caos en su mente y en sus recuerdos.

No pulses el tres o no llegaremos nunca – le dijo con una mirada chispeante y un hoyuelo marcado en su mejilla izquierda que dibujaban un rostro vivaracho y feliz.

Pero, Nela, te recuerdo que vives en el tercero o ¿ha habido una mudanza exprés y yo no me enterado? –le preguntó él mientras sostenía a duras penas dos bolsas de papel llenas de productos de la compra que acaban de hacer en el supermercado de al lado.

Bueno, es que no funciona  –sentenció risueña.

A él le faltó tiempo para salir fuera de aquel pequeño receptáculo que lo único que le producía era claustrofobia. Desde pequeño odiaba los lugares cerrados, le asfixiaban y si podía los evitaba. Las veces que había ido a visitar a Nela, e incluso las que volvían juntos, subía siempre por la escalera. Cuando iban los dos, él tomaba carrerilla y subía saltando de dos en dos los peldaños. Cuando llegaba el primero, en contadas ocasiones, la esperaba, radiante y feliz delante del piso compartido, hasta que ella aparecía tras la puerta metálica del ascensor, con el orgullo del ganador y la alegría inmensa de las pequeñas victorias.

Sube, vamos, no seas cobardica. No es que no funcione del modo que tú entiendes. Solo es que se desprograma de vez en cuando. Ahora lleva unos días que para ir al tercero debemos pulsar el cinco. Aunque, hoy… no estoy muy segura, mejor probemos con el seis, a ver qué pasa. Sí, el seis –explicó, tirando de él y de las bolsas hacia adentro, al tiempo que pulsaba el botón. Las puertas se cerraron de golpe iniciando torpemente la subida, él sudaba copiosamente e intentaba a duras penas mantener constante el ritmo de la respiración para no quedarse sin aire. Pero, de pronto, un beso inesperado zanjó de raíz todos sus miedos.

El notario leyó su nombre de forma alta, clara y completa. Todas las miradas se clavaron en él y empezó a respirar con dificultad. La corbata le apretaba fuerte la garganta hasta el punto que presentía un ahogamiento inmediato. No había aire acondicionado y el calor de un agosto implacable se dejaba sentir sin paliativos en aquella pequeña sala llena de gente.

Venga, coge los posits y colócalos sobre lo que te quedarías para ti si yo me muriera –y puso el taco cuadriculado de papeles adhesivos de color amarillo cansino y un lápiz diminuto delante de su mano.

Ahhh! Ya sé lo que pretendes, solo quieres saber si estoy contigo por tu dinero. Nela, un piso alquilado, con todo integrado en un único espacio donde nos chocamos si estamos a la vez en el mismo lugar, y con muebles destartalados que me paso todo el día encolando, no son un buen reclamo. Claro que …, ahora que lo pienso, déjame ver… sí, sí, bien pensado, sí me quedaría con algo… -dijo al tiempo que colocaba un trozo de aquel papel amarillo sobre la colcha india de seda y otro sobre el reloj de aviador que estaba olvidado sobre la mesilla de noche junto a la cama.

¡Lo sabía…! ¡Eres un romántico! –le acusó Nela-. Lo peor en esta vida es ser un romántico, si te apegas a las cosas por un valor emocional estás perdido. Quédate con las cosas por su valor real, es el único modo de no sufrir.

¿Ah, sí…? Vaya… pues, de acuerdo, lo acepto -dijo sonriendo abiertamente- Pero…, si es que aquí no hay absolutamente nada de valor, porque, claro, tú no entras en esa definición lucrativa del término –bromeó- Así que, sí, sí, me quedo definitivamente con lo que he escogido o no haberme dado la opción. Y, ahora, vámonos o no llegaremos al teatro.

Es verdad, es ya la hora. Me encantan las marionetas… auténticos actores, verdaderas actrices. Sin ningún engaño por detrás. No hay una persona detrás del personaje. Historias de verdad.

Vale, vale. Si tú lo dices. Nela, a las marionetas las mueven personas, por si no lo recuerdas…

Ya. Pero, no es lo mismo –insistió terca ella.

El pequeño escenario, aquellos muñecos sin ninguna proporción saltando de manera descontrolada e inconexa con un argumento simple y la incomodidad de estar sentados en bancos casi a ras de suelo, a él todo aquello le incomodaba en exceso. Por ello, no podía entender, por más que se lo propusiera, que Nela se conmoviera de aquella manera con la función. De vez en cuando la miraba de soslayo e intuía las lágrimas en sus ojos o la sonrisa incipiente que estallaba en una carcajada sonora y estridente.

El murmullo de los reunidos en la sala y todas las miradas puestas en él le hicieron reaccionar. Escuchó en un estado de asombro total que Marinela le nombraba único heredero de todos sus bienes, dos pisos en la zona más selecta de la ciudad, varias fincas de un montón de hectáreas en distintos lugares del país, una colección de motos vintage y una insolente cantidad de dinero en el banco, además de títulos y acciones de bolsa.

Tú, ¿tienes familia? –le preguntó Nela una mañana lluviosa que remolaban más de lo debido en la cama.

Claro. Todos tenemos familia. Un padre casado dos veces que ahora vive con una tercera mujer en la costa, una madre dedicada a la horticultura y a la vida vegana, y una hermana casada ejerciendo de ejecutiva aburrida y madre abnegada. Los veo poco, alguna vez en alguna celebración y listo. Confiaba en que alguno de mis tres sobrinos se parecieran a mí y les gustase el rock y los churros. Pero, han salido al padre, son más de fútbol y de comida enlatada –le contó con los ojos anclados en su mirada-. ¿Quieres que hablemos de la familia?

¡Oh… no! No me interesa para nada. Yo soy solo yo. Ya sabes…, los demás murieron. –Saltó de la cama impulsada por un resorte. Al poco volvió con dos vasos de zumo de naranja, unas gotas se derramaron sobre la colcha india de seda.

El desconcierto era tal que el notario ordenó a los presentes guardar silencio. Nada para la tía Clotilde, gemela de la madre, las dos tan parecidas, excepto en el carácter, y eso que la tía quiso ejercer el papel de madre de la hermana muerta y acogió a Nela sin reservas cuando los padres murieron en aquel trágico accidente, justo cuando se iban de vacaciones a una de las casa de la playa; nada para los primos, los que la sacaron de fiesta las noches de aquel verano de tristeza y depresión y, nada para los tíos de Francia, que en cuanto supieron la noticia del hermano fallecido suplicaron a la única sobrina que tenían, que se marchara con ellos, cambiar de ambiente aligera el peso de la pena.

Tenía prisa por llegar a casa, el viaje había sido más largo de lo previsto y echaba de menos a Nela, los asuntos del trabajo se complicaron un poco y la estancia lejos se había prolongado inevitablemente, demasiados días sin ella. Tenía que admitirlo ella era una necesidad. Se esforzaba por engañarse a sí mismo, por llamarlo de cualquier otra manera. Cualquier otra opción para ocultar aquel sentimiento incipiente y fuerte que le dominaba. Todo menos admitir que ella ya era una parte indisociable de su existencia. Subió las escaleras de dos en dos. Abrió la puerta y fue veloz al dormitorio. Allí estaba envuelta en la colcha india de seda. Nela apenas le presintió se despertó y le sonrió. Se acercó a ella con la ternura del que sabe que tiene entre sus manos algo muy frágil y delicado. Se amaron con pasión y sin mesura.

Después, todo ocurrió rápido: la llamada urgente de la oficina, las prisas por encontrar la ropa tirada por el piso, la salida precipitada, y la vuelta desde apenas unos metros y unos minutos más tarde al comprobar que había olvidado el portátil, o quizás fuese el móvil. Entró de nuevo en la habitación, Nela estaba igual que cuando él había llegado unas horas antes, envuelta en la colcha india. Se acercó para darle otro beso, pero la frialdad de sus ojos inertes, abiertos en el vacío, lo detuvo en seco.

… Es, por tanto, el beneficiario de todos los bienes de Marinela. Aunque, se precisan dos excepciones que deben ser, por expreso deseo de la finada, donados a caridad: una colcha india y un reloj de aviador. Ambos se deben hallar en el piso de alquiler que los dos compartían.

El notario concluyó la lectura del testamento, desalojó la sala. Salieron todos lanzándole miradas de rabia descarada y de envidia apenas disimulada. Él aguardó a que se marcharan todos. Miró una vez más por la ventana, vio de nuevo la pared blanca del edificio de enfrente y salió del recinto.

El aire sofocante de la calle lo recibió implacable y le recordó que era verano. Metió la mano en su bolsillo y palpó dos entradas, las sacó. Comprobó que en apenas una hora comenzaría la función teatral de marionetas en el parque del barrio. Consultó su reloj y, por un momento, pensó que no llegaría a tiempo.

Sonrió. Suerte que, los viejos relojes de aviador, siempre adelantan un poco.

 

                                           

 

                                          

 

  Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero