Siempre he sido algo despistada, olvido las caras y los nombres, no sé mirar en los mapas y siempre me pierdo en mi propia ciudad. En cambio, jamás olvido una fecha, ni una matrícula, ni un número de teléfono. Los números ponen orden en mi mente y en el caos de mi vida.

Quizás, por esto, soy profesora de matemáticas, por mi facilidad con los números. También porque ellos abren un universo de posibilidades. Pero, sobre todo, porque me definen a mí misma. Hay números enteros y quebrados, positivos y negativos, finitos e infinitos e, incluso, primos. Y, todo esto, sin entrar en demasiadas especificaciones, como en casi todo.

En realidad, mi vida y mis relaciones bien se pueden relatar a través de los números. Con diecisiete me topé con él en el pasillo del instituto. Tenía la mirada azul de los océanos y el día que me sonrió entendí en mis propias carnes la teoría copernicana. Yo ya no sería más el centro de mí misma, mi vida giraría desde ese instante en un estado de anonadamiento permanente e inmutable alrededor de él. Un día, bajo la escalera que llevaba a los laboratorios, mientras yo le intentaba explicar las complejidades de un logaritmo, él aprovechó la proximidad provocada al estar unidos por un mismo cuaderno para darme un beso, cálido y tierno, con el que comprobé que los números nada tienen de fríos y, mucho menos, de asépticos.

Un año, siete meses y tres días exactos, duró aquella relación que yo concebía tendente al infinito. Fue mi primer amor, un amor de caricias incipientes, de risas claras y de sueños sin cifras. Un trece de un precioso septiembre otoñal, quedamos para estudiar, llegó once minutos tarde. De hecho, los nueve días últimos él se había ido retrasando cada día sesenta segundos más. Quizá no era preocupante. Pero, para una persona tremendamente puntillosa con la puntualidad, era un signo evidente de que algo no iba del todo bien. Quise empezar con la explicación de la teoría de Ruffini, claro que, cuando le dije que era el cálculo rápido de división entre un polinomio y un binomio, me dijo que él ya lo sabía y lo entendía perfectamente. Yo también lo debía comprender, tan fácil como que, nosotros, tampoco seríamos más un binomio porque había aparecido una tercera persona, y esto bien se podía entender como un polinomio ¿no? Pues que eso mismo era justo lo que pasaba. Me sumí en un estado de enajenación mental absoluto. Cómo entender que se rompen las reglas de comportamiento lógico, sobre todo al constatar que había sido sustituida por una chica que no sabía hacer el cero con un compás. Ella era muy delgada, lánguida en extremo y popular. Pertenecía al grupo de hijos de papá tocados por la fortuna hereditaria y la relajación absoluta de costumbres. Intuí que, en tan solo unos días, con ella había avanzado en progresión geométrica en biología práctica y a una velocidad de crucero en artes amatorias. Sin duda,  mucho más que conmigo en más de un año, porque por aquel entonces yo era algo mojigata y estaba muy limitada por cientos de prejuicios morales y religiosos. Lloré lo que no está en los escritos. Tenía pesadillas con frecuencia y, cada vez que me cruzaba con ella, algo que ocurría en un alto porcentaje de ocasiones, veía en sus ojos el destello del triunfo que ahondaba aún más mi pena. Lo peor de todo es que en mi recuerdo permanece inquebrantable la caricia tenue de él con su mirada de agua.

 

A los veintitrés, recién licenciada de mis estudios de metamatemáticas, conocí a Leo que poco tenía que ver ni con las matemáticas, ni con los estudios. Era el vecino argentino de enfrente que nos engatusó a todas las amigas que compartíamos piso, y que generó algún que otro altercado entre nosotras. La culpa recaía al cincuenta por ciento exacto entre su dicción rioplatense y sus miradas de seductor profesional. Mis compañeras envidiaban mi suerte. Viví con él unos años de caravana y aventuras. Sin apenas dinero y con la ilusión desbocada de la juventud, recorrimos toda Europa y parte de América, en un estado de arrobamiento perpetuo. Pero, un día, de pronto, la pasión se terminó antes de permitirnos dar el salto a otros continentes.

Volví a casa un febrero de un año bisiesto y me preparé oposiciones para la docencia. Quizá podía haber optado por cualquier otro trabajo. Las matemáticas sirven para todo. Están valoradas y son muy reconocidas. Pero, sacrifiqué un salario exorbitado y sucumbí a la tentación de contar con vacaciones en las épocas más señaladas del año.

A los veintinueve me casé, en una boda con todo el boato de las tradiciones, por la iglesia, con cientos de invitados y con una luna de miel en Jamaica. El elegido fue Juanjo, el director de mi sucursal de banco. Era, sin duda, un valor seguro. Un hombre responsable, que no dejaba nada al azar. Tuvimos dos hijos: Laura cuando yo tenía treinta y uno y Gabriel que llegó a los treinta y siete. Con Juanjo todo estaba bajo control, los ahorros, las vacaciones, los colegios para los niños, primero el piso, luego el adosado y, finalmente, la casita en la playa. Las estadísticas avalaban un matrimonio que, de seguir así, nos permitiría celebrar las bodas de plata y, quién sabe si lograr duplicar esa cifra y llegar a los cincuenta años de convivencia juntos.

Con lo que no contaban los cálculos certeros era con la crisis de los cincuenta de mi marido. Ni tampoco, con que le pusieran a una jovencísima becaria, de medidas perfectas: noventa, sesenta, noventa, con una altura de uno setenta y un treinta y nueve de pie y con un alto coeficiente intelectual. No hacía falta ser un experto para hallar el resultado de una ecuación tan previsible, Juanjo se enamoró perdidamente. Así que, como buen hombre cabal y justo, dividió todo equitativamente, se responsabilizó de la pensión de los hijos y un buen día con la alegría del que tiene veinte años, se marchó.

Ahora, a mis cincuenta y tres, por fin tengo el control de mi vida y de mí misma. Al menos eso pensaba con la certeza absoluta de que, sin entrar en más complicaciones, dos más dos son cuatro. Pero, las complicaciones siempre llegan, con puntualidad o sin ella, pero llegan.

Así que hace un mes, cuando iniciamos el curso y yo mi flamante cátedra, me encontré con una estudiante de ojos marinos, escuálida y lánguida. Apliqué la prueba del tres, aunque siempre me he negado a creer en las casualidades tan reñidas con mi materia. Pero, efectivamente, aunque la probabilidad era casi nula, los apellidos concordaban y no me quedaba más remedio que aceptar lo evidente. Era la hija que, de no haber sido por la variable que supuso su madre en mi pasado, podría haber sido mía. Así que me armé de valor, me tragué de una bocanada mi orgullo y le confesé que conocía a sus padres y que les diera recuerdos de mi parte.

Después de unas semanas, en realidad no puedo precisar la cantidad de cuántas fueron porque las vacaciones y las fiestas del trimestre desordenaron un poco el cómputo que yo llevaba, mi alumna se acercó a mí, tímida y algo nerviosa. Disculpe, me dijo, mis padres no la recuerdan. Quizás si me diese alguna información más concreta. Intenté, como pude, sonreír y alegar una torpe excusa, lo más probable es que me hubiera confundido, quién sabe. Mi enfado elevado a la enésima potencia no me permitió continuar impartiendo la clase ese día. Alegué un malestar pasajero y abandoné el recinto.

Acabo de volver a casa y aún todo me da vueltas. Hoy, como casi todas las mañanas, he aparcado en la plaza número cinco reservada a profesores que, por puro desorden o broma de los gestores, está al lado de la número sesenta y siete que es de uso público. Y, precisamente ahí, junto a un coche de alta gama estaba él, de pie en actitud de espera, el hombre de pelo rizado con pinceladas de blanco, atlético y atractivo, con su mirada azul de mi pasado. Me ha visto llegar, ha sonreído tenuemente y me ha saludado con un lacónico, buenos días. Después se ha girado rápido y se ha fundido en un abrazo intenso con la hija lánguida que asiste a mis clases de matemáticas.

Ahora estoy aquí frente a la ventana de mi despacho, dando veintinueve vueltas al azúcar moreno para ver si por fin se diluye en el café. Sin poder creer del todo que él me haya olvidado. A pesar de los avatares de la vida o de otras muchas relaciones consumadas, cómo no recordar aquella intensidad de unas caricias llenas de ternura, o la punzada certera de la pasión, o la fuerza arrolladora del amor sin condicionantes ni cortapisas. Miro por la ventana y vuelvo recurrente y adicta a su mirada azul, que ha quedado desde siempre anclada en mi alma, como la tabla de multiplicar o, para qué negarlo, con mucha más fuerza aún, con la fijación de los números que se aprenden de niño y que, ya para siempre, permiten el milagro de contar y son los cimientos universales que organizan toda la vida.

 

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero