Luz es mi nombre con el que me identifico, lo que soy de verdad, cuando en las mañanas la bruma me impide ver con nitidez mi futuro.

Ahora estoy de Maestra en Londres, me han encargado una Crónica de los tipos y tipas que conforman las plantillas del exterior y lo que al principio me parecía un rollo burocrático sin más se está convirtiendo en una aventura sociológica. Voy uniendo datos y nombres, pero sé que por detrás late la vida, como la mía. A veces me detengo, sin prisa, y dejo que se acalle El ruido de mi vida, entonces abandono las obligaciones inminentes de la administración y redacto mis vivencias como el que escribe una crónica.

Sí, cada semana, me refugio en la biblioteca del 96 de Euston Road en el barrio de Bloomsbury, ¿dónde si no?, y redacto mi Crónica semanal de una maestra en Londres, es mi pequeña contribución a la memoria, la personal, que no la histórica, aunque, cuando después de estar concentrada durante horas repasando Mi colección de momentos, rodeada de estudiosos Vestidos de domingo, me parece que en el fondo todo lo escrito es en realidad la historia con mayúsculas, el legado de una vida, la mía, para mí misma y, quién sabe, quizás también para otros. Yo soy de escribir a corazón abierto, sin corazas, como diría Benedetti, poeta al que leo en mis ratos de soledad.

Lo cierto es que al Leer este texto me doy cuenta lo deprisa que pasa el tiempo, el del calendario. Llegué aquí hace ya bastantes años, la última carta que escribí desde Madrid, está fechada Madrid, 8 de agosto de 2006, lo sé con esta certeza porque él la dejó abandonada entre sus cosas el día que se marchó.

Padre me lo dijo claro cuando vio como arramblaba con todo: el trabajo de toda una vida al lado de casa, los amigos de siempre, el círculo de confort que hice trizas porque era la mejor de las decisiones. Un buen día lo tiene cualquiera, y el mío acababa de empezar. Hice mi maleta, con unos cuantos libros, algo de ropa, algún par de botas, pero Sin zapatillas, y llegué a la ciudad de la niebla, dispuesta a seguir enseñando a los niños desplazados del sol a cambio de un bilingüismo remunerado a largo plazo.

A él ya le conocía por las cartas que le envié desde Madrid solicitando información general para mi traslado. Era él el encargado de todos los trámites del papeleo. Lo conocí en persona en el claustro de profesores del primer miércoles en el que me incorporé al trabajo, con la puntualidad británica, a Las ocho y cuarto, todos taza de té en la mano con una sonrisa de maestros motivados, él entre los colegas allí reunidos, fue el más amable y solícito conmigo. Me dio la bienvenida con La caja en la que se guardaban mis credenciales, las llaves del aula y algunos cachivaches más, y, además, me invitó a cenar. Por la tarde, los ingleses son muy de saltarse comidas, así que la cena fue a la hora de la merienda española y fuimos a un Cabaret para dos oculto en un callejón olvidado de Notting Hill y allí, como suele ocurrir, me enamoré.  ´

Luego, vino lo de la adaptación al lugar y a la vida londinense, En ausencia de calor y de claridad, me fie de él, aunque ya sabía yo con la misma certeza de que me llamo Adelina, que, tarde o temprano, saldría Herida de esta aventura de amor a orillas del Támesis. No hay error mayor que el de trabajar con la persona con la que te acuestas. Me viene a la cabeza un dicho popular, cargado de sabiduría, que vendría muy bien citar aquí, si no fuera porque después de estos años soy a very polite woman, y que tiene que ver con no mezclar el fornicio y el trabajo, con la olla y lo demás.

Se aprende a vivir Comenzando a tropezar. Desde el principio, cuando él me consideraba La modelo española con la que soñaba en sus noches solitarias londinenses, yo intuía que aquella aventura tórrida en un país helado carecía por completo de sentido, entonces me di cuenta, sin ningún tipo de paliativos de lo boba que soy. Lo mío es de culebrón total, de entrada priority en cualquier consultorio sentimental, tal vez en uno de esos de color sepia y olor a prejuicios anquilosados y recetas moralizadoras sin pie ni cabeza. Me pregunto qué me diría la Querida Elena Francis, en su consultorio radiofónico lleno de buenos consejos, según las directrices y cánones de los incipientes años 70 que escuchaban con arrobamineto todas las mujeres de una España de costumbres estrictas.

Ahora, lo sé, aquellas atenciones del atractivo jefe de estudios no conducían a nada, se traducían en sexo vacío de sentido. Me mantenía atrapada con unos pocos regalos que a mí me emocionaban sin percibir que todos venían envenenados porque eran dádivas a cambio de placer, Perlas ensangrentadas, para sentirse el triunfador. Las armas secretas de la llamada a la caza, Hombre blanco soltero busca, y así ocurría y actuaba con precisión y sangre fría con cada nueva compatriota que llegaba y que él, sin ningún remordimiento, se tiraba.

Pero yo me vengué por mí y por las otras. Una noche después del desfile del London Pride,  le ofrecí una Cena de podridos, con los restos abandonados a su suerte en el frigorífico, todos caducados, pero en el límite de la insalubridad mortal. Un buen día lo tiene cualquiera, él terminó en el hospital con una gastroenteritis aguda y yo en el cine viendo una película de lo más instructiva, Seis viejas y media.

Así es mi vida en esta ciudad cercada por las nubes, continúo recopilando conductas y datos para mi Crónica. Exprimo la vida en esta tierra extraña y sorprendente. Pero hay veces que, De momento, siento frío y por eso, de vez en cuando, Vuelvo a Madrid. Necesito su cielo azul, su Retiro, su Gran Vía variada y variopinta, su Puerta del Sol con ese reloj certero, más neoclásico y menos dispuesto al famoseo que su homólogo el Big Ben londinense, y que tiene una misión mucho más relevante porque es el único que pone de acuerdo en algo por una única vez, y sin que sirva de precedente, a todos mis compatriotas, o Chueca tolerante e inclusiva. Además, claro, mi barrio, Carabanchel, con su misterio y su magia solo comprensible para los muy de aquí y, también, como no podía ser de otra forma, para todos aquellos que llegan desde cualquier rincón del mundo para ser uno más de los de ahí.

El avión sale a Las ocho y cuarto –le digo a mi amiga Daniela que, como siempre, va cargada de bártulos. Pero, deja algo y apresúrate. Total es tan solo un fin de semana.

Pues tú pareces una granny -bromea-. Además sabes que no necesito ayuda, yo voy siempre en metro por Madrid, que me viene de lujo porque Me bajo en Atocha.

-Apresúrate, mona, -insisto- o Llegaremos tarde y perderemos el vuelo

.

Miro desde la ventanilla del avión y consulto mis notas. Llegamos justo para la hora de comer, me espera un cocido para cinco, y luego una presentación de un libro Relatos Indisciplinados de Victoria Alonso Gutiérrez, un buen plan para la tarde.

Después del fin de semana madrileño, Daniela y yo regresaremos a la bruma londinense, y a pasear a orillas del Támesis y a beber pintas de cerveza en los pubs de la ciudad. Nos reiremos de los viejos amores y brindaremos por la amistad y volveremos a Soñar contigo, Madrid, la ciudad bien amada desde la distancia.

El avión desciende con señorio, tomamos tierra y un sol radiante nos recibe en Barajas.

Estoy feliz, aunque me intriga una cosa seré, quizás, yo ¿Una de cada cinco personas que no puede leer este texto, tal y como indica el cartel de bienvenida en la terminal cuatro del aeropuerto madrileño?

Daniela me saca de mis pensamientos, sonríe y me da un ligero empujón. Salimos deprisa al exterior, son solo 48 horas para disfrutar a tope. La vida madrileña nos espera con el ansia de los que han tardado quizás más del tiempo recomendado en volver.

-Venga, mejor, cojamos un Taxi… –grita exultante Daniela– ¡es la hora del encuentro, de la tapa, los amigos y… del cocido madrileño a las tres!!!.

 

.Relatos indisciplinados-recortado

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero