.Puenteando a mijefe

I

Al llegar a casa, lo primero que hizo Emma fue ponerse un dedo escaso de whisky. Nada más que dos hielos y un chorro largo de setz.

A continuación se tiró sobre el sofá y empezó a beberlo a sorbos pequeños, intentando tranquilizarse. Hacia la mitad comenzó a sentir el calor del destilado; también a encontrarse un poco más serena. Sin embargo, mientras se arrellanaba y recostaba su nuca entre los cojines, se vio reflejada en el espejo del aparador. Por la arruga del ceño y algún que otro rasgo de crispación en el rostro, reconoció que la tensión no había desaparecido del todo. No, no era posible. No era justo que una ERE llegara hasta su nivel. Con lo que se había esforzado para llegar hasta ahí. Sólo de pensar en ello le volvía la jaqueca. Entonces, en vez de relajarse y dejar que el licor siguiera haciendo su trabajo, de forma maquinal pero consciente, comenzó a poner en práctica todo aquello que le habían enseñado: cuello recto, en línea con la columna; hombros sueltos y caídos; barbilla al pecho, clavículas distendidas.  Era la primera vez que creía sacarle algún provecho al precio de los cursos de yoga. Y aún así, no tenía del todo claro que aquello funcionara ¡Maldita Ruth! ¡Qué tramposa! Pero qué se habría creído esa mosquita muerta!

Sólo minutos después, aquellos ejercicios comenzaron a parecerle poco menos que una tontería. Entonces cambió de idea ¡Mejor una ducha! Una buena ducha siempre ha sido lo ideal para relajarse. Y, como un resorte, se levantó del sofá y se dirigió hacia el cuarto de baño. Abrió la llave del agua caliente y dejó que fluyera durante un rato.  Había que darle a todo su tiempo. Mientras tanto, ella se desvistió y apuró lo que quedaba del vaso. Lo hizo procurando retener la prisa, tirando al suelo y pisando la ropa de trabajo. Después entró y cerró la mampara. Primero muy caliente, casi insoportable sobre la piel. Luego, tibia, agradable cayendo a lo largo del cuerpo. Por último recordó  –otra vez el curso de yoga- que si de verdad necesitaba reactivarse, debía cerrar del todo la caliente y aguantar el chorro de agua fría durante uno o dos minutos Y entonces… ya está ¡Como nueva! El rigor del cuello, el dolor de hombros y la pesadez de piernas habían desaparecido por el sumidero, arrastrados en aquel remolino de agua usada ¡Maldita Ruth! Siempre, siempre la había considerado, si no la mejor de sus amigas, sí la mejor entre sus compañeras de trabajo. Y mírala, ahora…

Emma cerró la llave a conciencia, dio un suspiro de resignación – o de alivio – y se puso un albornoz nuevo y limpio. Mientras se secaba el pelo con la toalla, buscó la pitillera y encendió otro cigarrillo. También se sirvió un poco más de whisky, esta vez puro. Pero sólo un dedo, nada más. Porque iba a necesitar sentirse tranquila. Y sobria también. Después se sentó frente al tocador y pasó casi media hora en aquel lugar. Ruth era más joven, cierto, pero dos partos sucesivos no le habían hecho ningún favor. Y mientras se esmeraba con el maquillaje y pensaba cual sería el peinado conveniente, le vino a la cabeza la letra de aquel viejo tango: “veinte años no es nada…” y acabó por concluir que, treinta y tantos, tampoco eran gran cosa.

Se puso un vestido simple, pero ceñido y un tanto escotado. Esa era su mejor baza. La otra tenía mejor culo y las piernas más largas – o eso decía la panda de babosos de su sección-  pero a ver quién se atrevía a competir con su pecho y su sonrisa. Por si acaso, se hizo un recogido con el pelo; así dejaría ver los lóbulos y la nuca. Finalmente, encargó un taxi por teléfono. No, no podía permitir que ni el calor ni el transporte público arruinaran tanto trabajo.

II

Con el taxista mirándola disimuladamente y de reojo por el espejo retrovisor, Emma comenzó a albergar serias dudas sobre su idea. Ni siquiera sabía si, realmente, iba a encontrarlos allí. Tampoco se sentía tan segura ya de estar haciendo lo adecuado. Mientras cruzaban entre las grandes farolas del puente del Kursaal, su decisión se le antojó un disparate. Es más, en ese momento, sus ideas se le habían dado la vuelta y todo aquello le parecía un gran error. De hecho, cuando el taxi se detuvo frente al Frank´s, ella no se dirigió directamente a la entrada, sino que pasó de largo y siguió caminando por la acera del bulevar. Pero… ¡por qué iba a tener que entrar, si en realidad no le apetecía! Así que continuó paseando durante unos cien, quizá doscientos metros, hasta que la luna de un escaparate le devolvió su propia imagen. Sorprendida, se gustó y revisó sus motivos: ¡Para qué había venido entonces! ¿De qué tenía miedo?

Mucho más segura y, ahora también más tranquila, regresó sobre sus pasos. Cuando llegó ante la gran puerta del club, indecisa, se detuvo para coger aire. Fue sólo un minuto, pero en ese momento una especie de ujier uniformado la abrió de par en par. Agradecida pensó que, en aquel sitio, todo parecía invitar a la entrada. Había oído hablar a menudo del local, pero lo cierto es que no había estado allí antes. Sin embargo, aquella primera impresión, tan agradable, resultó bastante breve. Por dentro el lugar parecía una mera franquicia y ello le produjo cierta decepción. No era más que uno de esos pubs temáticos, decorados en el clásico pseudo-inglés previsible y al uso. Había numerosos banderines de distintos equipos, fotos de Finales de Copa y autógrafos de deportistas famosos. Una gran pantalla de plasma y color algo saturado retransmitía un partido de footbal americano sin voz. Estaba claro que era el típico reducto masculino donde se reunían los cuadros, ejecutivos y aspirantes a brokers de la empresa. Ideal para cerrar tratos de última hora o ver algún derby. O ambas cosas a la vez. Pocas mujeres. Todas muy guapas. Un poco más allá, Lalo, su jefe, y Ruth, charlaban animadamente sobre los taburetes de la barra. Evidentemente, ella no había tenido tiempo de cambiarse. Llevaba aún la misma ropa de la oficina, pero su rodilla rozaba la de su interlocutor.   

Emma disfrutó al ver la sorpresa que había causado su presencia. Se les acercó esgrimiendo una enorme sonrisa y durante un momento no supieron cómo reaccionar. Luego se sobrepusieron y saludaron con una cordialidad fingida. Emma se mostró cortés al tiempo que un tanto distraída

  • Claro que no. Ya dije que no me apetecía salir. Pero una ducha revitalizante y pensé ¡Por qué no una copa!
  • Veo que te ha dado tiempo a algo más que una ducha – añadió Ruth con cierto sarcasmo, mientras evaluaba vestido y maquillaje.
  • Veo que a ti no – contesto Emma con idéntico sarcasmo, mientras dejaba pasear la vista con desdén sobre la anodina ropa de trabajo de su colega.

Entonces sintió que Lalo las estaba tasando. De pronto estaba mirándolas desde la distancia, como quien compara dos opciones. Y se diría que a esas alturas ya no parecía tan seguro de su elección. Percibiendo la rivalidad, el joven excusó una llamada urgente o el tabaco para alejarse un momento y dejar que ellas arreglaran sus diferencias.

  • La cantidad de veces que te habré ayudado- reprochó Emma- y ahora intentas quedarte con mi puesto por medio de todas esas malas artes. Eres una cualquiera ¡No tienes vergüenza!
  • No, ninguna vergüenza. Ni vergüenza, ni tampoco ninguna otra cosa. No tengo nada. Nada más que un marido sin trabajo, diagnosticado depresivo y dos hijos que alimentar. Mi salario es el único ingreso y no puedo permitirme perderlo. No en estos momentos. No, ni pizca de vergüenza.

Ante tal respuesta Emma quedó perpleja. Aquella confesión la había paralizado y ahora se sentía impactada y bastante confundida. No, no se esperaba algo así. Nunca podría haberse imaginado… El enfado desapareció sustituido por cierto pesar debido a su irreflexivo comportamiento. Entonces no supo sino aceptar su culpa, bajando los ojos y enmudeciendo. Ahora todo está claro, pensó, al tiempo que murmuraba un débil “lo lamento”. De pronto, todo parecía comprensible.

Sin decir nada más y sin mayor explicación, giró sobre sí misma y comenzó a irse. Quería abandonar cuanto antes aquel lugar. Se sentía avergonzada y quería poner tierra de por medio pero, por algún motivo, el local parecía haber alargado su distancia hacia la puerta del ujier. A mitad de camino, se topó con Lalo que volvía de la calle. Él, sorprendido, le pidió que se quedara un poco más; que se tomara otra copa con ellos; que tendría el gusto de invitarla. Pero un ¡Déjame en paz! cortante y seco fue la única respuesta que obtuvo.

Estaba ya a punto de alcanzar la salida, cuando de nuevo el conserje abrió la puerta. Reconoció entonces a Germán, mayor que Paco y con un cargo de más responsabilidad en la empresa, que en ese momento entraba también de fumar. Generalmente se movía a otro nivel, pero se conocían porque a menudo coincidían en la pausa del café o el comedor de empresa.

  • Pero niña ¡Y esa cara! ¿Qué te sucede? No puedes irte así. No puedo dejar que salgas en ese estado. Dame un par de minutos y yo mismo te llevaré a casa – Sus modales resultaban educados y sus palabras amables. Además, bajo aquel ligero rastro de tabaco, olía bastante bien. Sin saber del todo por qué sí ni por qué no, Emma aceptó una tónica.

Minutos después, mientras el camarero depositaba la tónica sobre el posavasos de papel en el velador del reservado, Emma era consciente de que la fortuna acababa de servirle una baza triunfadora. Dobles parejas. Al mismo tiempo, evaluaba con otro criterio las palabras de su compañera de trabajo. No hacía falta nada más. Sería necesario saber jugársela de todos modos, pero lo cierto es que una de aquellas dos parejas, era de ases.

III

Necesitó fingir otro par de gemidos para que el hombre se corriera de una vez. Quería acabar con aquello cuanto antes. Cuando finalmente lo consiguió, aprovechando el sopor de su compañero, se levantó y pasó al baño. Allí se aseó someramente y trató de recomponer su aspecto. Luego, se vistió y comenzó a salir en silencio. La verdad es que no veía el momento de abandonar aquel cuarto de hotel. Sin embargo Germán, que debía haber dormido sólo unos minutos, en ese instante abrió los ojos

  • ¿Tan pronto?
  • No tengo más remedio. Imagínate que los niños se despiertan en plena noche y, al verse solos, les da por ponerse a llorar… ¡No quiero ni pensarlo! Mintió Emma.
  • Claro, claro, lo entiendo. Pero…
  • Pero mañana nos veremos ¿verdad? Seguro que si tú hablaras con Lalo mañana, yo podría… podré continuar en plantilla ¿No es cierto?
  • Pues claro, claro que sí. Así será si así lo deseas. Puedes dar por hecho que continuarás en tu puesto desde este mismo momento. Pero no entiendo por qué tengo que hablar con un subordinado para asegurártelo. Es más, hace ya tiempo que albergo serias dudas sobre la capacidad de ese muchacho. Cada vez tengo menos clara su integridad… y su talante. Por eso estoy casi seguro de que alguien con un poco más de discreción, de mano izquierda, de presencia incluso… en fin, no sé, que alguien con tu disposición y saber hacer, llevaría mucho mejor la sección de personal.
  • ¡Ah…! – exclamó sorprendida- Pues, la verdad es que no había pensado en eso. No en algo como eso. Ni en sueños – y esta vez no mintió- se me hubiera ocurrido una cosa parecida. Aunque, de cualquier forma –y reaccionó con rapidez- quiero que sepas que nada me encantaría más que estar a tus órdenes, jefecito – y retrocediendo unos pasos, le concedió un cariñoso beso de buenas noches antes de abandonar la habitación.

Al llegar a casa, lo primero que hizo Emma fue ponerse un dedo escaso de whisky. Nada más que dos hielos y un chorro largo de setz.

A continuación abrió el agua caliente de la ducha a tope y esperó a que el vaho llenara la cabina. Luego e desvistió y lo puso todo en el cesto de la ropa sucia. Todo excepto las bragas, que tiró directamente a la basura. Apuró el vaso y se metió bajo el agua. Abrasaba, pero era necesario si más tarde quería encontrarse bien. Se lavó a fondo y cuando se sintió menos sucia, salió y se frotó bien con la toalla. La sensación persistiría durante uno o dos días. Nada grave; como otras veces, pensó. Al cabo de varias sesiones terminaría por remitir.

Mientras se ajustaba el albornoz y secaba el cabello se acordó del drama que Ruth le había contado y se sirvió otro whisky, esta vez doble y puro. Se iba a enterar esa mosquita. Con ella no se jugaba. Se iban a enterar los dos, ella y Lalo, contra quién se las apostaban. No se debía jugar con alguien como ella; no así como así. Minutos después, cuando acabó de secarse el pelo, se sintió bastante mejor y comenzó a relajarse. Entonces empezó a acusar el cansancio acumulado durante aquella larga jornada. Bebió la mitad de un solo trago y se llevó el resto a la mesita de noche.

No quería desvelarse ni tener pesadillas. Esa noche, no.

 

Relato Breve escrito por Alejandro Nanclares