Suelto escrito por Mary Carmen 

escritorAl principio no existían las teclas, ni tan siquiera la estilográfica había llegado, era el momento de escribir sobre la piel curtida de pergaminos amarillentos con la delicadeza y esfuerzo de la pluma deslizándose por la superficie pulida de una piel que se sacrificó para ser portadora de palabras.

Al principio son sólo palabras que deambulan desordenadas por la cabeza en busca de la idea que las domeñe y las ensarte en una sintaxis exacta, en el orden perfecto y con la belleza precisa para transformarse en la frase sugerente que atrape desde el comienzo. Se mezclan unas ideas con otras en una búsqueda permanente de la historia hasta que en un avatar orgásmico se gesta un argumento, nunca nuevo en apariencia, pero concebido con un gen distintivo que lo diferenciará del resto infinito de posibilidades creadoras.

Al principio es tan sólo la necesidad de comunicar, de encontrar un cómplice que se deje llevar hasta el imaginario privado de nuestra inconsciencia. Cuando el torbellino de ideas entra en eclosión su fuerza es tan arrolladora que ya nada se puede hacer, tan sólo esgrimir el lápiz, el boli o la pluma y dejar que la tinta plasme en filigranas de letras, cosidas en palabras, la ficción hasta entonces sólo pensada. Cuando el milagro se produce y en la soledad del teclado del ordenador somos capaces imprimir a las teclas el ritmo preciso que dé el tono necesario para encontrar la voz desde la que se contará la trama o la melodía sugerente que engarzará versos en poemas de belleza extrema. Después, todo el universo creativo se confabula para que el flirteo con el lector, al que se le invoca desde mucho antes de ser concebida la obra, concluya con un encuentro íntimo de entrega definitiva.

Pero, al principio, a veces, es tan sólo el folio en blanco, o la pantalla vacía y la imposibilidad dolorosa de poder llenarlo. En esas ocasiones, hay que recurrir a remedios más o menos eficaces, pequeñas o grandes dosis, dependiendo de la gravedad del caso, de lectura de los grandes, los que hicieron de la escritura un arte; o garabatear bocetos que preludien la obra; o invocar en ritos secretos a las musas, esas que están ebrias de inspiración; o dejar que nazcan esos personajes que se disfrazan con nuestros miedos y, en alguna que otra ocasión, son simples portadores de nuestros sueños; y, si todo eso no funciona, dejar que nuestras manos tracen tan sólo grafías emborronadas, anticipadoras de palabras porque, quizá, mucho tiempo después, alguien sea capaz de descifrar su significado, oculto tras tachones de inseguridad.

Al principio se escribe y se proyecta un éxito de masas. Pero entonces surgen las pruebas de iniciación para convertirse en un auténtico escritor: enfrentarse con la cruda realidad del porcentaje tan bajo de amantes de poesía, preservar los argumentos de novelas que no interesan a las editoriales porque nunca alcanzarán el potencial número de ventas de ejemplares, proteger la gestación de cuentos que llevan en su brevedad la fugacidad de su existencia y, no escatimar esfuerzos con las obras de teatro, merecieron nacer, basta con representarlas una vez con el grupo de amigos. Si el escribidor en ciernes no se desanima y es capaz de salir del laberinto, entonces, el escritor y la literatura simplemente vencen.

Cuando una idea fluye en la cabeza hay que transcribirla de inmediato. La historia, sin duda, le tiene reservado un lugar prominente para la eternidad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

..G. García Márquez

 

 

Fin…