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“Puenteando a mi jefe (sin hacer mucha sangre)” … Alejandro Nanclares

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.Puenteando a mijefe

I

Al llegar a casa, lo primero que hizo Emma fue ponerse un dedo escaso de whisky. Nada más que dos hielos y un chorro largo de setz.

A continuación se tiró sobre el sofá y empezó a beberlo a sorbos pequeños, intentando tranquilizarse. Hacia la mitad comenzó a sentir el calor del destilado; también a encontrarse un poco más serena. Sin embargo, mientras se arrellanaba y recostaba su nuca entre los cojines, se vio reflejada en el espejo del aparador. Por la arruga del ceño y algún que otro rasgo de crispación en el rostro, reconoció que la tensión no había desaparecido del todo. No, no era posible. No era justo que una ERE llegara hasta su nivel. Con lo que se había esforzado para llegar hasta ahí. Sólo de pensar en ello le volvía la jaqueca. Entonces, en vez de relajarse y dejar que el licor siguiera haciendo su trabajo, de forma maquinal pero consciente, comenzó a poner en práctica todo aquello que le habían enseñado: cuello recto, en línea con la columna; hombros sueltos y caídos; barbilla al pecho, clavículas distendidas.  Era la primera vez que creía sacarle algún provecho al precio de los cursos de yoga. Y aún así, no tenía del todo claro que aquello funcionara ¡Maldita Ruth! ¡Qué tramposa! Pero qué se habría creído esa mosquita muerta! Más

“Seguridad Social” …Merche Postigo

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EufemismoDel lat. euphemismus, y este del gr. εὐφημισμός euphēmismós.
  1. m. Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.

Seguridad Social - crisantemos

Cuando asistí a la boda de Vanessa no parecía que hubiera nada extraño en su marido.

Seis meses y una página de contactos en Internet hicieron posible el encuentro. Ella necesitaba mejorar su vida social, él solo buscaba dinero. Perfectos el uno para la otra. Él, puso mucho empeño en quererla. Ella, se dejó querer. Una evidente diferencia de edad no planteó reparos en ninguno de los dos. Para el viejo ex empleado de banca, ella era su último trofeo. Para ella, una diosa de la seducción, él solo aportaba seguridad social. Más

“Indisciplinada”… Mary Carmen Caballero

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Luz es mi nombre con el que me identifico, lo que soy de verdad, cuando en las mañanas la bruma me impide ver con nitidez mi futuro.

Ahora estoy de Maestra en Londres, me han encargado una Crónica de los tipos y tipas que conforman las plantillas del exterior y lo que al principio me parecía un rollo burocrático sin más se está convirtiendo en una aventura sociológica. Voy uniendo datos y nombres, pero sé que por detrás late la vida, como la mía. A veces me detengo, sin prisa, y dejo que se acalle El ruido de mi vida, entonces abandono las obligaciones inminentes de la administración y redacto mis vivencias como el que escribe una crónica.

Sí, cada semana, me refugio en la biblioteca del 96 de Euston Road en el barrio de Bloomsbury, ¿dónde si no?, y redacto mi Crónica semanal de una maestra en Londres, es mi pequeña contribución a la memoria, la personal, que no la histórica, aunque, cuando después de estar concentrada durante horas repasando Mi colección de momentos, rodeada de estudiosos Vestidos de domingo, me parece que en el fondo todo lo escrito es en realidad la historia con mayúsculas, el legado de una vida, la mía, para mí misma y, quién sabe, quizás también para otros. Yo soy de escribir a corazón abierto, sin corazas, como diría Benedetti, poeta al que leo en mis ratos de soledad. Más

“El hombre barrigudo” … José L. Recio

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El hombre barrigudo piensa que él es un barril. Su creencia le viene de un sueño repetitivo que tiene desde hace muchos años. El hombre se cree lo que sueña. Cuando se mueve, oye un gorgoteo de líquido dentro de su estómago. Mientras duerme, el barril rueda sobre el eje de su cama y choca con la punta de su bota o con la botella de cerveza dejadas en el suelo. Pero el hombre barrigudo apenas si nota las magulladuras. Medio dormido, se levanta, vuelve a la cama y descansa por algún tiempo. Por la mañana, se levanta, entra en el cuarto de baño, se para frente del inodoro, abre el grifo del barril y orina. Después va a la cocina y se toma la primera botella de cerveza entera de un trago para comenzar la jornada y rellenar el barril. A medida que transcurre el día, el hombre hace una pausa entre lata y lata de cerveza y recuerda que hubo un tiempo en que trabajaba y tenía esposa y amigos. Pero lo despidieron del trabajo y también perdió el afecto que una vez sintió por su mujer y amigos. Al final del día, el hombre barrigudo siente que su vientre se vuelve tenso como cuerdas de guitarra, teme que el barril se rompa y piensa si necesita un refuerzo, pero cuando se vuelve a dormir, sueña el mismo sueño.

El hombre barrigudo

 

Relato Breve escrito por José L. Recio

 

“Números primos”… Mary Carmen Caballero

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Siempre he sido algo despistada, olvido las caras y los nombres, no sé mirar en los mapas y siempre me pierdo en mi propia ciudad. En cambio, jamás olvido una fecha, ni una matrícula, ni un número de teléfono. Los números ponen orden en mi mente y en el caos de mi vida.

Quizás, por esto, soy profesora de matemáticas, por mi facilidad con los números. También porque ellos abren un universo de posibilidades. Pero, sobre todo, porque me definen a mí misma. Hay números enteros y quebrados, positivos y negativos, finitos e infinitos e, incluso, primos. Y, todo esto, sin entrar en demasiadas especificaciones, como en casi todo.

En realidad, mi vida y mis relaciones bien se pueden relatar a través de los números. Con diecisiete me topé con él en el pasillo del instituto. Tenía la mirada azul de los océanos y el día que me sonrió entendí en mis propias carnes la teoría copernicana. Yo ya no sería más el centro de mí misma, mi vida giraría desde ese instante en un estado de anonadamiento permanente e inmutable alrededor de él. Un día, bajo la escalera que llevaba a los laboratorios, mientras yo le intentaba explicar las complejidades de un logaritmo, él aprovechó la proximidad provocada al estar unidos por un mismo cuaderno para darme un beso, cálido y tierno, con el que comprobé que los números nada tienen de fríos y, mucho menos, de asépticos. Más

“Testamento”… Mary Carmen Caballero

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Llegó despacio y se mantuvo ausente todo el tiempo que duró la lectura del testamento. En realidad, no sabía muy bien qué hacía allí entre todos aquellos que decían que la conocían o que guardaban algún tipo de vínculo o de parentesco con ella. Todos los presentes se giraron y lo miraron desconfiados cuando entró en la sala del notario. Las miradas desconcertadas que se intercambiaban unos a otros eran una evidencia clara de que nadie sabía de su existencia y se preguntaban quién sería aquel tipo escuálido y desgarbado que no encontraba acomodo en la silla que la eficiente secretaría le acercó. Él se sentó detrás, junto a la ventana en el rincón más cercano a la puerta. Más

“El caballete en la playa” …José L. Recio

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Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo.

Coloqué el caballete en el balcón abierto de par en par. Apenas si había trazado las primeras líneas en el lienzo cuando mis ojos toparon con la figura, un tanto extraña, de un hombre joven y delgado de aproximadamente mi edad que estaba vestido con un niqui blanco y pantalones kakis desgastados. Estaba de pie, descalzo sobre la arena, enfrente de su caballete, situado entre mi habitación y el borde de la costa, de cara al mar, pintando. De modo alternativo, apartaba brevemente sus ojos del lienzo para mirar a una joven morena en bikini que yacía bocarriba sobre una toalla extendida en la arena a pocos metros al frente y a su izquierda, y enseguida al mar y otra vez a su lienzo para seguir pintando. Mi curiosidad por entender su proceder iba en aumento, y después de una hora de intentar mi esbozo ya no pude más y bajé a la playa, me presenté como colega artista y eché un vistazo a su trabajo.

Inmediatamente me di cuenta de que acababa de conocer a un bicho raro: cabello rubio desordenado, ojos azules que evitaban la mirada directa, una sonrisa extraña y gestos desmañados. Por suerte, hablaba inglés. Su caballete contenía un lienzo en el que él había pintado una mujer escultural cabalgando desnuda sobre la cresta de una ola. Deduje que la joven que estaba tumbada cerca de nosotros le servía de modelo. Con una sonrisa de cortesía y, para ser franca, una pizca de envidia de su espléndida figura (en contraste con la mia: bajita, pelo negro, corto, y ojos oscuros), volví la cara hacia ella: era la mujer de la pintura. La sonrisa indiferente y como en sueño con que respondió a la mía me hizo pensar que ella y el pintor no se conocían. Yo felicité al joven (´Theophilus´ dijo que se llamaba) y me alejé, paseando por la orilla del mar.

Una hora después de mi fantasmagórico encuentro con Theophilus, mientras saboreaba un mojito en el bar del hotel, me hallé obsesionada con su método de composición, pensando que nunca se me habría ocurrido hacer lo que él hizo. ¡Y tan hermosamente! Me dio por pensar sobre los aspectos relacionados con esa caverna misteriosa de la mente en la que habitan la intuición, la inspiración y la imaginación.

Me encontraba todavía absorta durante el almuerzo cuando el camarero trajo el postre (Pastel Tres Leches) y, detrás de él, vislumbré a la mujer del bikini, que ahora llevaba una blusa de lino fino y un sombrero Pamela. Estaba sola y ocupó una mesa cerca de mí. No dudé en acercarme, presentarme y pedirle disculpas por mi impertinencia cuando estábamos en la playa. Dijo que se llamaba Lupe y que era de La Florida.

  • Ese tipo está pirado –dijo.
  • Es un artista.
  • Lupe asintió con la cabeza.

En realidad, yo soy modelo –dijo– pero no poso para él. Como te darías cuenta, él se  apropió de mi imagen. Me tiene sin cuidado, porque está chiflado.

          ¿No le importaba?

  • Pero tiene imaginación –dije.
  • Lo que tú digas, guapa –dijo Lupe– ¿Te apetece una copa?
  • Gracias, pero ahora tengo que irme. Tal vez en otra ocasión.

Lupe asintió de nuevo.

Tres días después, volví a ver a Theophilus en la playa, cerca del agua, pintando. Había enterrado una botella de cerveza en la arena, de modo que solamente el cuello, orientado hacia el mar, quedaba al descubierto, y repetidamente miraba a este objeto-modelo y luego daba toques a su pintura. Cuando me acerqué a su caballete y eché una mirada a su trabajo, me quedé sin habla, porque la imagen en el lienzo estaba en desacuerdo con su modelo. Había pintado un buen número de objetos de cristal multicolor de diferentes tamaños y formas, los cuales parecían que estuvieran amontonados al azar en un rincón de algún almacén. En su pintura se veían botellas panzudas de cuellos estrechos, porrones de vino, platos y lámparas de adorno… Me llamó la a tención el cuidado con que el pintor había distribuido los colores, los tonos y los reflejos de luz, que se filtraba de forma misteriosa, entre todos estos objetos. De repente, se me ocurrió la idea de que tal vez estaba contemplando una imagen instantánea creada a imitación de lo que se observa al mirar a través de un caleidoscopio. En aquel momento, me volví para ver la botella de cerveza medio enterrada en la arena: el reflejo de la luz del sol sobre el agua llegaba al cuello de la misma y su centelleo daba lugar a momentos ilusorios de multiplicación. ¡Ajá! La fuente de inspiración para Theophilus se originaba a partir del fenómeno de la luz. Le felicité por su trabajo artístico. Él no dijo nada, pero movió la cabeza afirmativamente, como dando las gracias.

          Me quedé en Puerto Plata una semana más, e incluso completé un cuadro con una escena portuaria, pero durante mi estancia, descubrí que, al mismo tiempo de considerarme un artista en activo, soy investigadora del proceso de creatividad, es decir, de las conexiones que existen entre el arte y la naturaleza humana.

Dejé mi dirección a Theophilus, pero no estoy segura de que él la usará. Cuando regresé a Hollywood, le conté a Debbie mis experiencias en la isla; ella dudó de que mi nuevo objetivo me lleve muy lejos.

Relato Breve escrito por José L. Recio

*El original en inglés se publicó en la revista With Painted Words en Octubre 2019.

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