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“Marie” … José L. Recio

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Playa Cala en Cadiz

Después de casados, Pierre y yo nos cambiamos de Pau, donde vivíamos, a Cerbère, donde le habían ofrecido un trabajo de guarda parques. El pueblito donde nos instalamos, situado entre el mar y el extremo este del pirineo francés, nos encantó a primera vista, y disfrutamos de nuestros paseos por la playa. Un atardecer, al comienzo del ocaso, descubrimos una cala escondida entre dos rocas grandes y oscuras. El lugar nos cautivó. Algunas familias con niños se bañaban y, jugando, salpicaban el agua. Cuando yo miré a mí alrededor, sin embargo, me sorprendió la presencia de una mujer mayor, de apariencia extraña, vestida de negro de pies a cabeza. Estaba sentada en la arena de espaldas al agua. Hice que Pierre la viera también.

  • ¡Oh! —dijo él— Debe ser la Vieux Cécile. Yo he leído algo acerca de ella. Nadie sabe cuántos años tiene. La gente de aquí especula que duerme donde las águilas rondan en la montaña. Ya sabes. Es una leyenda.
  • Da miedo.
  • Es verdad. Cuando algo malo pasa en el pueblo, todo el mundo culpa a la Vieux Cécile por ello. Esta cala es su sitio favorito durante el día. Se sienta a pleno sol durante horas sin hablar con nadie.

La cala escondida se convirtió en nuestro lugar de preferencia en la playa. Un atardecer, tres años más tarde, mientras Pierre y yo tomábamos el sol tumbados en la arena, yo me preguntaba cuando nos llegaría la hora de tener un hijo. La anciana mujer se sentaba no lejos de nosotros, y yo tuve la impresión de que ella habló: “Vas a dar a luz a una niña dotada”.

  • ¿Dijiste algo? —Pregunté a Pierre.
  • Yo no he dicho nada. ¿No será tu imaginación?

Dos días más tarde, una mañana, después de que Pierre se había ido al trabajo, salí para regar las plantas del pequeño jardín enfrente de la casa cuando vi una canasta de paja  junto a la puerta. Con precaución, miré dentro de ella. Se me cortó la respiración: ¡Un bebé balbuciente y en pañales! Mis ojos no lo podían creer. Entonces, oí un batir de alas: un águila negra se alzó en vuelo sobre el tejado de la casa. No supe qué pensar. Mi corazón latía con fuerza dentro del pecho. Agarré la cesta y la llevé a casa. Inmediatamente telefoneé a Pierre.

  • ¡Es niña! Pierre, y puede que solo tenga una semana. Con mucho cuidado, alcé al bebé y le sostuve en los brazos.
  • Parece muy normal —dije.
  • Llama al médico. Ahora mismo regreso a casa.

El doctor dijo que el bebé estaba sano. En el pueblo, todo el mundo expresó asombro acerca de lo ocurrido. Las autoridades emprendieron una operación de búsqueda para encontrar a los padres del bebé. El párroco la bautizó con el nombre de Marie. Mientras tanto, el juez de la región autorizó que, por el momento, Pierre y yo actuáramos como padres adoptivos. Cuando pasó un año sin que la búsqueda diera resultado alguno, yo convencí a mi marido para que adoptáramos a Marie de forma definitiva.

Nuestra hija, de pelo negro y ojos verdosos y vivaces, iba creciendo y transformándose en una niña fabulosa. Pero cuando los tres íbamos a la cava favorita a jugar en la arena y bañarnos, me invadía una ola de aprehensión cada vez que veía  a la Vieux Cécile sentada allí. Y si esta mujer…yo pensaba, pero no decía nada.

Con el tiempo, comencé a notar que Marie poseía una extraordinaria capacidad visual. En una ocasión, yo la observé mientras ella estaba sentada en el suelo en el medio de su habitación, de cara a la ventana, coloreando una margarita sobre la cual ella había dibujado una avispa.

  • Tu dibujo de la avispa es muy realístico —dije.
  • La avispa está todavía posada en la flor —me contestó, apuntando a la ventana.

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Me acerqué a la ventana y vi que afuera, en el jardín, había una avispa en una de las flores. Me quedé pasmada de la capacidad visual de Marie. ¿Sería una niña visualmente dotada? El recuerdo de la Vieux Cécile vino a la memoria.

Marie comenzó la escuela primaria en Argeles-sur-mer, una pequeña ciudad situada algunos kilómetros al norte de nosotros. Una mañana de densa niebla, en la que no se veía ni los pies, algunos padres subimos al autobús escolar para acompañar a los niños. Cuando faltaba poco más de un kilómetro para llegar al colegio, la niebla se hizo todavía más densa. De repente, Marie exclamó: ¡Hay un ciervo en la carretera! Rechinaron las ruedas, y el autobús disminuyó la velocidad y se paró a unos metros enfrente de un cervatillo que estaba parado en medio de la carretera, deslumbrado por las luces del vehículo.

  • ¿Quién dijo ¨hay un ciervo en la carretera¨? —Preguntó el conductor.
  • Ella lo dijo —gritó uno de los niños y señaló a Marie.
  • ¡Uf! Niña, tú tienes ojo de águila —dijo el conductor.

El ciervo se arrancó corriendo hacia los árboles de afuera de la carretera. El autobús reanudó la marcha. Marie se sentó hundida en su asiento durante el resto del viaje sin decir una palabra.

Pero después de aquel incidente, yo tenía que empujarla para que subiera al autobús escolar. ¿Qué pasa, Ojo de Águila?, el conductor le preguntaba, pero ella permanecía cabizbaja. La maestra nos decía que Marie se lo pasaba mirando a las musarañas. Recomendó que se quedara  en casa hasta que encontrásemos cual era su problema. A Marie se la veía distraida. Una noche, se despertó dando gritos. Pierre y yo fuimos corriendo a su habitación.

  • ¿Qué te pasa, mi niña?

Marie estaba sentada en la cama, retorciéndose las manos y con los ojos muy abiertos. Yo la abracé.

  • ¡Mis ojos…Me estoy volviendo un águila!

Yo me quedé helada (más tarde, Pierre dijo que yo estaba muy pálida). Mientras abrazaba a Marie, me las apañé para agarrar la mano de Pierre.

  • La Vieux Cécile! —exclamé y apreté la mano de Pierre con todas mis fuerzas.
  • ¡Antoinette, cariño, cálla! Eso no es más que una leyenda. Yo creo que Marie está todavía asustada tras el incidente del cervatillo y lo que el conductor le dijo. Ella lo toma literalmente.

Entonces, Pierre salió de la habitación como de estampida. Un minute después volvió con un espejo de mano.

  • ¡Mírate aquí, Marie, cariño! —le dijo.

Ella me apartó un poco y se miró en el espejo.

  • Esos son tus ojos, no son los de ningún águila —dijo Pierre— Tus ojos son preciosos y son solo tuyos.

Marie se volvió hacia mí para abrazarme. Yo le repetí las palabras que acababa de decirle Pierre, y ella, ya calmada, se sonrió y dijo que sí con la cabeza.

Agila

Relato Breve escrito por José L. Recio

(*) Este relato es una traducción del inglés hecha por el autor cuyo original se publicó en la revista With Painted Words (Jan-Feb 2018)

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“Bestiario” … Alejandro Nanclares

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Bestiario

No pensaba comprar nada, solamente paseaba del brazo de Gina curioseando entre los tenderetes de libros viejos de ocasión.

Tampoco sé por qué me interesó aquel lomo de piel. Quizá por la pátina de su badana, ajada pero lustrosa de tanto uso.

Las tapas tenían una pequeña hebilla asegurando el contenido y, al abrirla, las páginas cayeron al suelo como si nunca hubieran sido encuadernadas, sólo apresadas. Me agaché instintivamente para enmendar el desastre, antes que llegara el vendedor. Demasiado tarde. Dijo que era culpa mía y debía comprarlo.  Azorado, no me atreví a protestar. Tampoco me pareció caro.

Ya en casa, decidí reorganizarlo. Para mi disgusto las páginas no tenían numeración y para mi sorpresa las primeras contaban una historia coherente. Parecían ordenadas. Continúe leyendo. La intrigante narración me absorbió toda la noche. Al amanecer quise preparar café pero, un simple descuido, y todo volvió a derramarse ¡Qué fastidio! Lo recogí de cualquier manera, hice café y busqué el hilo interrumpido ¡Imposible! El libro, a cambio, ofrecía otra historia aún más interesante.

No puedo dejar de leer. He perdido el trabajo. También a los amigos, cansados de telefonear o dejar mensajes sin respuesta. La última fue Gina. Ayer tarde vino y estuvo llamando a la puerta. No abrí. No logré abandonar la lectura.

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Relato breve escrito por Alejandro Nanclares

“Alimentando a la familia” … José L. Recio

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.Chicago bus


Ir en autobús a trabajar me es más ventajoso que conducir porque el autobús para cerca de mi apartamento y del hospital donde trabajo como ayudante de cocinero.

Yo tengo 21 años. La mayor parte de la gente que viaja en el autobús es mayor que yo. Casi nadie habla, solo intercambiamos algunas miradas. En particular, hay un señor mayor, delgado, de pelo canoso, aunque abundante, que acapara mi atención. Usa gafas de lentes redondas sin montura y tiene aire de filósofo. Siempre está en el autobús cuando yo subo.

Ayer, una mujer joven, sus hombros cubiertos con un chal ajado, estaba sentada en el banco que hay bajo la marquesina de la parada del autobús. La mañana estaba soleada. Un niño de unos 5 años, de pelo largo y sucio, que le tapaba las orejas y le bajaba hasta los ojos, jugaba con un perrito terrier en la acera. Yo me situé de pie a la derecha de la mujer.

Un autobús llegó y paró. No era ni el mío ni el de ellos. Reanudó la marcha. Después que se fue, yo levanté los ojos y vi un hombre grueso, vestido con una camisa azul, desgastada, y pantalones de pana, que salía de un McDonald, situado al otro lado de la calle, enfrente de nosotros. Se paró de pie al lado de su camioneta y comenzó a desenvolver un bocadillo McMuffin.

—Psst— la mujer del chal chistó al niño, levantando la barbilla hacia donde estaba el hombre grueso.

El chiquillo comandó al perro, y ambos atravesaron la calle, libre de tráfico en aquel momento, corriendo. Niño y perro rondaron alrededor el hombre grueso por un tiempito hasta que el terrier dio un salto acrobático y le arrebató el bocadillo de las manos. Hecho esto, el animal salió corriendo con la comida entre sus dientes.

—Yo se lo voy a traer de vuelta— dijo el niño, mientras corría detrás del perro.

El hombre se limpió sus dedos grasosos en los pantalones.

—No te molestes, chaval, el perro ya tiene la lengua en ello— gritó, y caminó de vuelta al restaurante.

Niño Filosofia discurso del metodoEl terrier dejó caer el trofeo a los pies de su ama. Ella lo recogió y lo dividió en tres partes. Mi autobús llegó, y yo subí a él. A través de las ventanillas traseras vi que los tres, sentados en el banco, disfrutaban del bocadillo. ¡Fascinante! Pensé.

Esta mañana, antes de tomar el autobús, por capricho, fui al mismo McDonald y compré un bocadillo McMuffin. Salí y me paré en el bordillo de la acera mientras lo desenvolvía. Como ayer, la misma familia estaba bajo la marquesina de la parada del autobús, mirándome. Antes de que parpadeara tres veces, el niño y el terrier estaban a mi lado. Dado que yo ya sabía lo que buscaban, ofrecí mi bocadillo al chiquillo. Pero él lo rechazó con gesto de disgusto, y el perro orinó en mi zapato. Frustrados, ambos regresaron al lado de la mujer.

Mi autobús llegó a la parada, y yo crucé la calle justo a tiempo para tomarlo. El filósofo estaba sentado en uno de los asientos delanteros. Intercambiamos una mirada.

—Usted les interrumpió su método— dijo.

Yo me quedé helado.

El filósofo estaba leyendo un libro titulado ¨El Discurso del Método¨, de  René Descartes.

—¡Esclarecedor!— exclamé, y me abrí camino hacia el fondo del autobús.

.Filosofia Descartes

Relato Breve escrito por José Luis Recio 

*Traducción hecha por el autor del mismo cuento originalmente escrito en inglés y publicado online (fewerthan500.com/feeding-the-family) en Mayo 17, 2019.

“Amaretto” …Merche Postigo

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.Hombre triste bebiendo

De Raimundo, un hombre al que le gustaban tanto las apuestas como el alcohol, cuentan que un día se hartó de esperar no se sabe muy bien qué o a quien y retó a la muerte. Dijo que le daría una única oportunidad y abandonó el bar tambaleándose. También dicen que nadie le prestó atención. Pero hacía mucho tiempo que a Raimundo nadie le hacía caso.

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“Todo lo que sé”… Mary Carmen Caballero

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Todo lo que sé es que el mismo día que abandoné mi casa dejé atrás mi infancia. Las casualidades no existen, simplemente los hechos se concatenan sin más y creemos que son fruto del azar. Para mí no fue fácil cerrar aquella puerta que me desconectaba de mis raíces, del mundo que yo conocía hasta entonces y que, aunque desde luego, no era mucho me había resultado suficiente hasta ese preciso instante.

La vida y sus momentos, o mejor la vida y sus decisiones. No me volví, no quería que mi mente fotografiase las vetas de madera de una puerta que había abierto durante toda mi vida, también la había cerrado en igual número de ocasiones, pero nunca me había fijado bien en ella, tan solo contemplaba el bombín de la cerradura mientras empujaba machaconamente el pomo cada vez que salía, tal y como me había inculcado mi madre desde que tuve la libertad para poder entrar y salir de casa con mi propia llave. Esto no sucedía en demasiadas ocasiones, no porque ella no tuviese confianza en mí, no, no era eso, simplemente mi madre no soportaba que estuviese sola en casa. Por eso, las escasas veces que lo logré, las recordaba con precisión milimétrica, todos mis movimientos, todos mis pensamientos, mis pequeñas infracciones a las normas. Las suyas, las que ella impuso mucho tiempo atrás cuando yo tan solo era un bebé y no tenía capacidad de réplica. Quizá el ser tan llorona fue mi primer síntoma de rebeldía ante todo lo que se me venía encima, un síntoma que no ha desaparecido del todo nunca, de hecho, sigo siendo de lágrima fácil. Pero nada asusta más como cerrar una puerta, sobre todo si, como era en mi caso, no tenía ninguna perspectiva de abrir ninguna otra. También esa vez miré el bombín y empujé el pomo en reiteradas ocasiones para verificar que estaba bien cerrada. Más

“Depende” … Matilde Tricarico

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.depende

Un toque en la puerta, se entreabre y la enfermera:

  •     Perdone, doctor, va a pasar la señora de Olivares ¿Necesita ayuda?
  •     No hace falta, son dos segundos, justo el tiempo de explicarle la operación de su marido.
  •     Un poco más de dos segundos espero, Doctor.

Aparece el sonido de una voz aguda antes que el cuerpo de la mujer. Más

“El balneario de las moscas” … Matilde Tricarico

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El balneario de las moscas

Pequeños bungalow escondidos en el bosque, alguno más visibles que otros.

El nuestro, cerca del hotel donde estaba la recepción. Rodeado de pinos altísimos que buscaban el sol y la luz, un pequeño madroño con sus frutos dorados y la humedad que penetraba en los huesos.

Las que atendían el mostrador tenían caras de cansadas, aburridas y con una cierta dosis de mala leche.  Nos dijeron, casi gritando, que hasta las cuatro de la tarde no estaría lista la habitación, que fuéramos a dar una vuelta y luego a comer. Nos guardaron las maletas en una esquina fácilmente localizable por todos los huéspedes, cualquiera podría robarlas, si ese cualquiera hubiese tenido el valor de llegar hasta aquí. El resto de la gente que circulaba por la calle llevaba bastones, andadores y, los que se podían manejar sin apoyos, solo miraban al suelo como a un enemigo.

Merche me dijo:

    ¿Resistiremos aquí?

Y yo le contesté segura de mí misma:

    Nosotras somos más jóvenes, tenemos lecturas, podemos pasear, este bosque es muy apetecible y estaremos bien.  Ya verás diez días vuelan pronto, ¿o no?

Investigamos todo el recinto, era como un pequeño pueblo perdido en el verde, había muchos bungalow, una sala de teatro, una cafetería y al final de la calle principal un edificio nuevo con unas letras doradas en la puerta que decían “Balneario”.

No estaba tan mal.

Primer turno, teníamos el primer turno, comeríamos como los ingleses. Al entrar nos recibió el maître disfrazado de Drácula, telarañas y candelabros con velas rojas en las mesas. Antes de reír las dos, un presentimiento extraño me dobló las piernas.

Merche viendo que había empalidecido, me dijo:

    Mónica, ¿qué te pasa? ¿Te has olvidado de que estamos en Halloween?

Las camareras vestidas de zombi, con la cara blanca y los ojos pintados de rojo hacían bromas, asustaban a los incautos. Yo me senté tocando la pared para que fuera difícil llegar hasta mí.

El buffet estaba decorado con calaveras, y de vez en cuando apagaban las luces y se sentía una música de cine de terror y unas risitas tenues.

Me dieron la comida, ellos y una mosca que revoloteaba sobre una crema de calabaza que no conseguí terminar.

Los filetes me daban asco y los viejos cargados de platos llenos de macarrones, arroz, guisantes, pescado. Luego al momento del postre, en el plato se servían manzana, plátanos, kiwi, una tarrina de helado, dos pasteles, y volvían a por yogur.

Escuchaba las conversaciones y me ponía enferma.

    Juanito, en casa no comes tanto-le decía una gorda al marido al que le iba a explotar el pantalón.

De repente me llamó la atención una chica pelirroja con un vestido negro a quién los reflejos de las velas daban un aire espectral a la cara. Estaba sentaba sola en la mesa, sin ningún plato delante, leyendo un libro que parecía antiguo.

    Déjame en paz—, contestó el otro al que le faltaban dos incisivos y un canino, riendo y descubriendo las encías —¿no ves que aquí todo es gratis?

La respuesta del anciano me devolvió a la realidad y en aquella fracción de segundos había desaparecido la chica. Pensándolo bien, más que una chica moderna parecía una señorita del “novecento”.El balneario de las moscas

  •     Merche, has visto una pelirroja sentada en frente?
  •     Mónica, no tomes vino, luego dices que con las pastillas te sienta mal.

 

Me callé, cuando se ponía recta como la gente de su pueblo, no había quién discutiera con ella. No comí casi nada, todo tenía el mismo olor a fritura gigante.

Al terminar fuimos a la habitación.

Dos camas, un baño pequeño y un armario húmedo que al abrirlo te congelaba. Eso sí, teníamos una vista estupenda de pinos y encinas y el piar de algún pajarillo. Plena naturaleza. Me gustaba, aunque con la ventana abierta entró una mosca y al rato una avispa, esa más peligrosa. Por muchos aspavientos que hiciéramos con los brazos, no fuimos capaces de echarlas. Dejamos la ventana abierta y nos fuimos a tomar un café.

El camarero llegó arrastrando los pies:

  •     Díganme señoras, ¿Qué van a tomar?

Hacía frio, y cuando se junta con la humedad me duelen los huesos, y me pongo de peor humor:

  •     Qué va a ser, un café.
  •     ¿Con leche, cortado o solo?
  •     Merche, por favor pide tú—estaba luchando con dos moscas que rodeaban un puñado de azúcar.
  •     Y usted, —casi le grité al camarero— limpie la mesa, por favor, no ve que hay azúcar.
  •     Un momento, ya voy a por el trapo.

Podríamos esperar hasta el ocaso, saqué un pañuelo del bolso y eché las moscas y el azúcar al suelo.

  •     Cálmate, Mónica, tenemos que estar diez días y has entrado con el pie cambiado.
  •     Tú me dirás si este es un sitio agradable, esperemos que el balneario sea mejor, esta tarde lo veremos.

Todos en cola con nuestra hoja del tratamiento que había rellenado un médico venezolano con desgana, él, joven circundado por viejos. Nosotras dos, con el albornoz blanco, chanclas y gorro de baño, desmaquilladas; a nuestro lado una fila de tripas, de calvicies y de músculos flojos.

Qué divertidos, ¿Cómo me verán a mí? Supongo que igual. La decadencia de los cuerpos. Negativa, estaba muy negativa. Merche parecía disfrutar.  En fila india nos asignaron un lugar en la piscina, las camas con burbujas. No conseguía relajarme, unas señoras a nuestro lado charlaban sin parar sin que pudiéramos escuchar la música relajante.

Luego fuimos a los chorros y entre la neblina de las gotas vi a la chica pelirroja tumbada en una cama. Qué raro, estaba sin gorro, cómo se lo habían permitido.

Miré hacía Merche buscando su complicidad, estaba distraída y lejos.

Cuando pasamos a la ducha circular ya no estaba allí.

Una chica joven en medio de la senectud, probablemente tenía alguna enfermedad neurodegenerativa y le habían aconsejado el balneario. El masaje de los pequeños chorros de agua que cruzaban todo mi cuerpo consiguió relajarme durante diez minutos, un cuarto de hora. No le comenté nada a Merche.

Por la tarde tocaba sesión de parafangos, unas placas calientes que me quemaron la espalda, aguantarlas era una pequeña tortura. Tenía los nervios de punta, fuera de sus vainas.

Al salir a la calle nos recibió la noche, eran las cinco y media de la tarde.

A partir de aquella hora ya no teníamos actividad de balneario.

La cafetería estaba llena de jugadores de cartas y de dominó, y en el local que, a veces tenía la pretensión de teatro, jugaban a los dardos, un grupo de señores vociferantes, emocionados como si hubieran ganado la lotería.

Nos fuimos de paseo, se escuchaban ruidos extraños, el canto de una lechuza y las hojas de los arboles bamboleaban. Al fondo de la calle toda oscura, ni una estrella pequeña para admirar. A rato se percibía el silencio y me sobresaltaba.

Merche, si no estuviéramos acompañadas de tanta gente que no se ve, casi tendría miedo.

Estás pesadita Mónica, disfruta, esto no lo tienes en Madrid.

Una hoja me rozó la cara y empecé a gritar, luego a reír como una loca. Reímos las dos para espantar el aburrimiento visto que no podíamos leer en ningún sitio, solo en nuestro cuarto pequeño.

Habíamos fisgoneado el salón, el único salón, un amasijo de mueble antiguos recubiertos de polvo, una librería con muchos huecos y unas butacas rojas, allí sentado en una esquina estaba el maître Drácula sin disfraz, aun así, tenía una cara afilada y unos ojos negros como dos cuevas tenebrosas. ¿Y si le dijera a Merche que quiero irme?

El balneario de las moscasLa miré, estaba tan tranquila. Volvimos a la habitación. Un frio polar, habíamos dejado la ventana abierta. Sobre mi cama la avispa muerta.

  •     Y eso cómo puede ser —le pregunté a Merche, — que yo sepa las avispas no mueren por el frio.

Había leído hace poco que las avispas estaban desapareciendo en el mundo y tendríamos que cuidarlas, protegerlas e incluso amarlas porque de ellas dependía la continuidad  de la especie humana.. Aquella noticia me rondaba por la cabeza desde el día que la leí.

 Seguían dándome miedo las avispas.

  •     Sí, es extraño— me contestó ella—o no, todo puede ser.

Por fin me daba la razón en algo.

  •     Vamos a poner la tele, así no piensas tanto—me contestó con dulzura.  Cogió la avispa, la tiró por la ventana y luego la cerró, apoyándose en ella como si hubiese querido alejar todos los males.

Me dormí soñando con la chica pelirroja y el maître.

Por la mañana el tiempo volaba, en el balneario, en el spa, ducha circular, chorros en la espalda y en las piernas; mis ojos, que se habían acostumbrado a la decadencia de la piel de los otros, aun no eran capaces de asimilar la mía. La comida, el café peor que la achicoria, espantar a las moscas omnipresentes, y los largos paseos por el bosque.

Era hermoso pasear por el bosque, disfrutar de los colores ocres, granadas y verdes amarillos del otoño, pisar las hojas y tirarlas al aire como si fueran un balón. De repente una ardilla en un árbol, y a la vuelta de una curva un corzo que nos miraba indeciso.

 Huyó tan de prisa que no pude fotografiarlo.

Y entonces bajé la mirada, un charco, y en el charco, ella, su cara, la vi, su imagen, la de la pelirroja, reflejada en el agua. Me quedé paralizada.

 Merche me tocó el brazo y me dijo:

  •     Cuidado, rodea el charco.

Por supuesto no le comenté nada, seguí el camino como una zombi, aún faltaban días y aquí teníamos que estar.

La noche me daba miedo, el cielo se oscurecía en pocos segundos y los ruidos que empezaban con ella se volvían amenazantes. El frio no me dejaba disfrutar, la humedad entraba en mis huesos y se quedaba hasta la mañana siguiente. Movimientos de hojas, gritos de lechuzas y nuestros pasos que resonaban en el silencio.

El balneario de las moscasUna tarde que Merche se fue pronto, a las tres, a que le dieran un masaje, me atreví a quedarme en el salón rojo, era pronto y solo había un viejo roncando. Cogí un libro antiguo de la estantería “Historias del balneario” lleno de polvo, lo limpié con la manga del jersey y lo abrí.

Las páginas amarillas, pegadas las unas a las otras estaban empezando a aburrirme y el olor a viejo me provocaba estornudos. El edificio del balneario había sido construido por un marqués que estaba muy enfermo y al que le habían aconsejado las aguas milagrosas de la fuente de la Fe, así se llamó el balneario.

En la página siguiente una foto llamó mi atención, casi buscaba mis ojos. Una señora igual que mi pelirroja, con un caniche en los brazos, una mirada triste y apagada en petición de ayuda.

Al pie de página: Retrato de la Marquesa de Montealto.

Dejé el libro donde estaba y corrí a mi habitación para coger la Tablet. El único sitio donde había cobertura era el Teatro. No había nadie, sillas vacías y solo una persiana abierta. Me quedé, aunque se helaba de frio y busqué: Marqués de Montealto.

Dos palabras nada más, había construido el balneario en 1902 y se murió el año siguiente.

No lo había soñado, o sí. Creía haberla visto o miré el libro el primer día y me imaginé su presencia.

Temblaba, las visiones no se cuentan a nadie, pueden pensar que eres esquizofrénica.

Cerré todo y me fui a esperar a Merche a la entrada del Spa.

A mi lado, sentadas dos señoras con albornoz bebían agua de la fuente y charlaban:

  •     Qué bien se está aquí—dijo una con la cara arrugada como una hoja de periódico estrujada—  es una maravilla este balneario, se come bien y luego el café en la terraza de la cafetería, con el solecito.
  •     Si no fuera por el incordio de nuestros viejos y de las moscas— contestó la otra, más joven, cuya nariz llegaba hasta los labios — Si, no entiendo, si estamos en otoño, no nos dejan en paz. Menos mal que no están por las noches. Ayer fui a clase de baile, qué divertido, zumba se llama ¿Te vienes mañana con el trenecito al pueblo? Estará el mercadillo.
  •     Tú estás loca, mis rodillas no están para bailes. ¿has visto el trenecito? el otro día cargaron a sesenta personas y yo pensé que en una curva nos íbamos a matar. El conductor iba como un loco, sin pensar que llevaba a personas mayores. Qué miedo pasé— soltó un suspiro profundo. — Por suerte una chica pelirroja empezó a cantar con una voz tan bonita que nos calmó a todos.
  •     Y donde está la chica? Yo aquí veo solo viejos.
  •     No sé, bajó del tren cuando llegamos al molino viejo y no volvió a subir.

El conductor del tren cuando paramos nos contó la historia del balneario, estaba un poco chispado, aún me dio más medio, nos dijo que un Marqués de monte no sé qué, había mandado construirlo para respirar el aire puro del bosque. Al año se murió y su esposa enloquecida aún vagaba por el pueblo y alrededores. Según la leyenda quién la veía conseguía la paz. Casi nadie le hizo caso, pero no sé por qué pensé en la chica del tren. Luego me dije que me estaba volviendo majara y me fui a tomar un café.

La de la nariz larga se rio, le tocó el brazo para que se levantara y se fueron las dos al jacuzzi.

No me lo podía creer, no la había visto solo yo, seguro que Merche no me creería, diría que no sería la misma.

Salí de allí, me adentré en el bosque, todo me parecía distinto, los pajarillos cantaban, el árbol del madroño estaba feliz con sus frutos naranjas maduros, el cielo arriba, azul, luminoso. Pasó el maître, casi no le había reconocido con una gorra azul, un chándal y zapatillas de deporte, me sonrió y siguió corriendo. Me paré para que el sol me acariciara la cara, el cuello, las manos, quería crecer como lo pinos y tocar el cielo. No tenía miedo. A los pocos segundos me rodeó el silencio. Sola, estaba sola y feliz, volví a pasear con más energía hasta llegar al rio. Allí la vista era impresionante, el valle verde, los pinos que se rozaban en la cima casi besándose, el susurro del agua  y de mi garganta sin querer salió un grito de plenitud.

.El balneario de las moscas

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico

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