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“El hombre barrigudo” … José L. Recio

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El hombre barrigudo piensa que él es un barril. Su creencia le viene de un sueño repetitivo que tiene desde hace muchos años. El hombre se cree lo que sueña. Cuando se mueve, oye un gorgoteo de líquido dentro de su estómago. Mientras duerme, el barril rueda sobre el eje de su cama y choca con la punta de su bota o con la botella de cerveza dejadas en el suelo. Pero el hombre barrigudo apenas si nota las magulladuras. Medio dormido, se levanta, vuelve a la cama y descansa por algún tiempo. Por la mañana, se levanta, entra en el cuarto de baño, se para frente del inodoro, abre el grifo del barril y orina. Después va a la cocina y se toma la primera botella de cerveza entera de un trago para comenzar la jornada y rellenar el barril. A medida que transcurre el día, el hombre hace una pausa entre lata y lata de cerveza y recuerda que hubo un tiempo en que trabajaba y tenía esposa y amigos. Pero lo despidieron del trabajo y también perdió el afecto que una vez sintió por su mujer y amigos. Al final del día, el hombre barrigudo siente que su vientre se vuelve tenso como cuerdas de guitarra, teme que el barril se rompa y piensa si necesita un refuerzo, pero cuando se vuelve a dormir, sueña el mismo sueño.

El hombre barrigudo

 

Relato Breve escrito por José L. Recio

 

“El caballete en la playa” …José L. Recio

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Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo. Más

“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes. Más

“Un dicho popular” …José L. Recio

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indecisión

Hace muchos años, cuando yo era niño, algunas veces oía a mi madre decir una expresión que yo no entendía: Entre Pinto y Valdemoro.

  • ¿Qué quiere decir eso? –le pregunté un día.
  • Pinto y Valdemoro eran dos pueblitos de la provincia de Madrid que estaban  separados por un arroyuelo –me dijo. — La leyenda cuenta que un día un borracho caminando a lo largo de los bordes del arroyuelo con paso indeciso iba diciendo: ´Ahora estoy en Pinto, y ahora en Valdemoro´, según cruzaba el cauce de un lado al otro hasta que se cayó en el agua. Entonces exclamó: ´Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro´.

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“Marie” … José L. Recio

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Playa Cala en Cadiz

Después de casados, Pierre y yo nos cambiamos de Pau, donde vivíamos, a Cerbère, donde le habían ofrecido un trabajo de guarda parques. El pueblito donde nos instalamos, situado entre el mar y el extremo este del pirineo francés, nos encantó a primera vista, y disfrutamos de nuestros paseos por la playa. Un atardecer, al comienzo del ocaso, descubrimos una cala escondida entre dos rocas grandes y oscuras. El lugar nos cautivó. Algunas familias con niños se bañaban y, jugando, salpicaban el agua. Cuando yo miré a mí alrededor, sin embargo, me sorprendió la presencia de una mujer mayor, de apariencia extraña, vestida de negro de pies a cabeza. Estaba sentada en la arena de espaldas al agua. Hice que Pierre la viera también. Más

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