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“Indisciplinada”… Mary Carmen Caballero

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Luz es mi nombre con el que me identifico, lo que soy de verdad, cuando en las mañanas la bruma me impide ver con nitidez mi futuro.

Ahora estoy de Maestra en Londres, me han encargado una Crónica de los tipos y tipas que conforman las plantillas del exterior y lo que al principio me parecía un rollo burocrático sin más se está convirtiendo en una aventura sociológica. Voy uniendo datos y nombres, pero sé que por detrás late la vida, como la mía. A veces me detengo, sin prisa, y dejo que se acalle El ruido de mi vida, entonces abandono las obligaciones inminentes de la administración y redacto mis vivencias como el que escribe una crónica.

Sí, cada semana, me refugio en la biblioteca del 96 de Euston Road en el barrio de Bloomsbury, ¿dónde si no?, y redacto mi Crónica semanal de una maestra en Londres, es mi pequeña contribución a la memoria, la personal, que no la histórica, aunque, cuando después de estar concentrada durante horas repasando Mi colección de momentos, rodeada de estudiosos Vestidos de domingo, me parece que en el fondo todo lo escrito es en realidad la historia con mayúsculas, el legado de una vida, la mía, para mí misma y, quién sabe, quizás también para otros. Yo soy de escribir a corazón abierto, sin corazas, como diría Benedetti, poeta al que leo en mis ratos de soledad. Más

“Números primos”… Mary Carmen Caballero

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Siempre he sido algo despistada, olvido las caras y los nombres, no sé mirar en los mapas y siempre me pierdo en mi propia ciudad. En cambio, jamás olvido una fecha, ni una matrícula, ni un número de teléfono. Los números ponen orden en mi mente y en el caos de mi vida.

Quizás, por esto, soy profesora de matemáticas, por mi facilidad con los números. También porque ellos abren un universo de posibilidades. Pero, sobre todo, porque me definen a mí misma. Hay números enteros y quebrados, positivos y negativos, finitos e infinitos e, incluso, primos. Y, todo esto, sin entrar en demasiadas especificaciones, como en casi todo.

En realidad, mi vida y mis relaciones bien se pueden relatar a través de los números. Con diecisiete me topé con él en el pasillo del instituto. Tenía la mirada azul de los océanos y el día que me sonrió entendí en mis propias carnes la teoría copernicana. Yo ya no sería más el centro de mí misma, mi vida giraría desde ese instante en un estado de anonadamiento permanente e inmutable alrededor de él. Un día, bajo la escalera que llevaba a los laboratorios, mientras yo le intentaba explicar las complejidades de un logaritmo, él aprovechó la proximidad provocada al estar unidos por un mismo cuaderno para darme un beso, cálido y tierno, con el que comprobé que los números nada tienen de fríos y, mucho menos, de asépticos. Más

“Testamento”… Mary Carmen Caballero

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Llegó despacio y se mantuvo ausente todo el tiempo que duró la lectura del testamento. En realidad, no sabía muy bien qué hacía allí entre todos aquellos que decían que la conocían o que guardaban algún tipo de vínculo o de parentesco con ella. Todos los presentes se giraron y lo miraron desconfiados cuando entró en la sala del notario. Las miradas desconcertadas que se intercambiaban unos a otros eran una evidencia clara de que nadie sabía de su existencia y se preguntaban quién sería aquel tipo escuálido y desgarbado que no encontraba acomodo en la silla que la eficiente secretaría le acercó. Él se sentó detrás, junto a la ventana en el rincón más cercano a la puerta. Más

“Extraños en la oficina”… Mary Carmen Caballero

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Noa mira por la ventana mientras los compañeros de oficina teclean concentrados en sus pantallas sin apenas moverse. Cada mañana el ritmo en la oficina es frenético, nadie se puede distraer, y mucho menos ella que acaba de revalidar su cargo. Han sido meses duros de intensa formación, de madrugadas imposibles y de un montón de cafés, de nevera vacía y de comidas en cualquier restaurante de menú diario. Pero, ha merecido la pena, su presentación fue brillante y dejó aniquilados a los otros tres rivales que optaban a su mismo puesto. Solo flaqueó una décima de segundo en la entrevista definitiva cuando, cara a cara con el otro candidato finalista, percibió en su mirada un destello de superioridad. Los jefes, sentados al fondo de la mesa kilométrica que imponía con su tamaño las diferencias de estatus, no lo percibieron y eso a ella le benefició.

Pero Noa, supo de su vacilación. La mirada dilatada de aquel hombre con el que cada mañana subía en el ascensor, concentrado siempre en su móvil, consultando esa pantalla en la que ella intuía más Instagram o Facebook que cotizaciones o ventas, consiguió por unos segundos que se desconcentrara y que su intervención sólida y bien justificada, se viese interrumpida por un pequeño carraspeo y una imperceptible disculpa. El hombre con el que se batía en duelo por el mismo puesto de dirección la observaba desde el otro lado de la mesa con la altanería del que se sabe superior.

A ella no le sorprendió que también optase a la promoción. Sabía de sus méritos, no en vano fue ella quien le entrevistó para el puesto vacante de la empresa, y quien finalmente aprobó su incorporación. Pero, desde que empezó a trabajar con él, la relación fue fría, él la ignoraba completamente y cuando se sentía en la obligación de responder o de asistir a alguna de las reuniones que Noa convocaba siempre permanecía callado y distante, como si le molestase que le hubiesen sacado de su rutina, entonces se dedicaba a mirar su ordenador sin el más mínimo pudor y sin ningún atisbo de colaboración.

Ahora que nuevamente ha conseguido vencer Noa, lejos de sentirse segura, duda ante cada nueva decisión que debe tomar. Cuando firma un nuevo acuerdo solo piensa en los riesgos que asume, nunca en los beneficios que aporta a la empresa; o, cuando consigue un buen resultado se lamenta de que este que no haya sido aún mejor. Noa mira por la ventana, aunque en realidad solo se fija en el cristal que, a modo de espejo transparente, desvela impúdico todo lo que ocurre detrás de ella. Noa fija su atención en él y descubre durante unos segundos la mirada de vidrio que él le sostiene desde su espalda. Pero cuando ella se gira, él aporrea a velocidad de vértigo el teclado de su ordenador, ajeno a cualquier conato de comunicación.

Noa se acerca hasta la mesa de él y le convoca apremiante a una reunión urgente en su despacho, dos destellos intensos de unas pupilas gélidas la hacen vacilar, aunque reacciona aferrándose a los informes que agita ante él y que le lanza al vuelo en un gesto implacable de autoridad.

En el despacho, pertrechada detrás de las tres pantallas que ocupan su mesa, lo observa con delectación. Desde que ha entrado en sus dominios él se siente incómodo, extraño en un hábitat que no es el suyo aunque para irritación de Noa sin perder un ápice de su empoderamiento. Noa se escucha a sí misma hablar de cotizaciones, de beneficios y de costes, su voz es firme, marcando claramente una frontera acústica entre ella y el subordinado de mirada enigmática. Él la escucha desde lejos manteniéndose ligeramente recostado sobre la puerta que permanece entreabierta. Ante algunas de las indicaciones de Noa asiente con la displicencia evidente del que frente a un superior no le queda otro remedio que tragar con cualquier propuesta por absurda e insostenible que le parezca. De vez en cuando se atusa el pelo en movimientos cronométricos y exactos, un tic que exaspera a Noa, y responde de manera escueta ante las preguntas directas que ella inmisericorde formula.

Noa lo observa desde el desconcierto que le produce su enigmática altanería, todo en él la perturba: su traje desfasado pero que marca un cuerpo que ella intuye musculoso y que le confiere una prestancia innata que la descoloca, sus manos que sostienen con dejadez los informes que ella le dejó y que muestran unos dedos finos de una manicura perfecta y sus ojos impenetrables y algo fríos. Inmóvil frente a ella, mira de vez en cuando el reloj en un evidente signo de incomodidad y prisa.

Noa se empieza a sentir perdida en su propio despacho y entre sus cosas, poco a poco asume internamente su derrota a pesar del cargo, su valía se diluye ante aquel extraño que se infiltró en la empresa y en su vida gracias a ella misma. De pronto, las repuestas esquivas, la consulta permanente de la hora y esa mirada evasiva tan peculiar, forman en la mente de Noa una combinación explosiva, siente un acceso de ira incontrolada que le sube desde el estómago sin que lo pueda reprimir.

Sin ser dueña de sus actos se levanta bruscamente y, sin dar ninguna posibilidad de réplica ni de huida, le echa por encima el agua de una de las botellas que están en la mesa supletoria al lado de la puerta,  ahí siempre hay algunas con agua bien fría por si en las reuniones alguien siente la imperiosa necesidad de beber.

 

 

 

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

“Todo lo que sé”… Mary Carmen Caballero

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Todo lo que sé es que el mismo día que abandoné mi casa dejé atrás mi infancia. Las casualidades no existen, simplemente los hechos se concatenan sin más y creemos que son fruto del azar. Para mí no fue fácil cerrar aquella puerta que me desconectaba de mis raíces, del mundo que yo conocía hasta entonces y que, aunque desde luego, no era mucho me había resultado suficiente hasta ese preciso instante.

La vida y sus momentos, o mejor la vida y sus decisiones. No me volví, no quería que mi mente fotografiase las vetas de madera de una puerta que había abierto durante toda mi vida, también la había cerrado en igual número de ocasiones, pero nunca me había fijado bien en ella, tan solo contemplaba el bombín de la cerradura mientras empujaba machaconamente el pomo cada vez que salía, tal y como me había inculcado mi madre desde que tuve la libertad para poder entrar y salir de casa con mi propia llave. Esto no sucedía en demasiadas ocasiones, no porque ella no tuviese confianza en mí, no, no era eso, simplemente mi madre no soportaba que estuviese sola en casa. Por eso, las escasas veces que lo logré, las recordaba con precisión milimétrica, todos mis movimientos, todos mis pensamientos, mis pequeñas infracciones a las normas. Las suyas, las que ella impuso mucho tiempo atrás cuando yo tan solo era un bebé y no tenía capacidad de réplica. Quizá el ser tan llorona fue mi primer síntoma de rebeldía ante todo lo que se me venía encima, un síntoma que no ha desaparecido del todo nunca, de hecho, sigo siendo de lágrima fácil. Pero nada asusta más como cerrar una puerta, sobre todo si, como era en mi caso, no tenía ninguna perspectiva de abrir ninguna otra. También esa vez miré el bombín y empujé el pomo en reiteradas ocasiones para verificar que estaba bien cerrada. Más

“Uñas de coral”… Mary Carmen Caballero

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El agua roza inquietante mi pie, lame con su saliva salada mis dedos atreviéndose osada a filtrarse entre mis uñas de coral que destacan entre el cristal transparente de las olas. Contemplo mis pies entregados al cosquilleo infinito de un mar en fuga.

Quizás si alargase mi mano, también con uñas de coral pero de un color menos intenso, podría rociar mi cara y aliviar la incipiente sequedad que noto. Observo los granos de arena que cubren mis piernas y que brillan como pepitas de oro ante la intensidad lumínica de un sol de justicia que, implacable, dora mi piel y, a veces, la enrojece con la aviesa intención de quemarme. Pero a mí eso no me preocupa, tengo la piel grasienta de crema protectora y la sombrilla estratégicamente posicionada para burlar los rayos de sol. Más

“Parpadeo”… Mary Carmen Caballero

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No hay nada, tan solo una soledad letal y corrosiva que anega mis entrañas. Es raro, todo a mi alrededor permanece contagiado de tristeza. Busco en los rostros de algunos de los que me rodean la mirada cómplice de la comprensión, pero es absurdo nadie se fija en mí.

Sigo la rutina de todos los días, el recorrido en metro que repito machaconamente cada mañana cuando me dirijo al trabajo. Muchos rostros me son  familiares, algunos de esos pasajeros anónimos, tan anónimos como yo, alguna vez, en alguna ocasión del todo fortuita y casual, han cruzado conmigo una mirada efímera y hasta he creído entrever un esbozo de sonrisa fugaz a modo de saludo tácito y breve. Sin embargo, hoy nadie se fija en mí. Ni en la mirada acuosa de mis ojos, ni en el cansancio moral que me invade hasta el punto de sentir mis piernas de plastilina como si en cualquier momento se fueran a partir y a lanzarme irremediablemente contra el suelo. El traqueteo del tren agita mi interior como si fuera una batidora. También mis pensamientos. Más

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