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“El candado y la albahaca” … Matilde Tricario

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Dos miedos me impedían vivir sin ansia desde que tuve seis años.

El primero llegó en seguida, el día aquel en que a mi madre se le cayó en la cabeza el espejo de la entrada, y se hizo mil pedazos. Ella chilló:

  • Alejaos todos— mientras se tapaba la cabeza con la mano intentando parar la sangre que brotaba como si fuese una fuente china.
  • Cuantos años de mala suerte, y a ti – le gritó a mi padre que se había quedado de pie sin saber que hacer – a ti y a la bruja de tu madre que colgó el espejo, os voy a matar, fuera de mi vista – y lloraba sin parar.

Pudo acercarse a ella la asistenta que teníamos en casa, barrió los trozos de cristal y le ofreció la mano para levantarse. A mi madre el temor a que se rompiera un espejo, y sufrir los mismos años de desgracias que el número de cristales en el suelo le había llegado de pequeña.  Era una historia de familia que contaba siempre que veía un espejo.

  • Hija, no necesitamos tantos espejos, con tener uno en el cuarto de baño. A la abuela Jacinta, justo antes de casarse se le rompió uno en tres trozos, y su novio de entonces, el abuelo Fernando, tuvo que irse a la guerra tres años y volvió con la pierna rota.

El segundo era un miedo que me transmitió la tía Emilia:

  • Chica, procura que no te barran los pies con una escoba, si no te quedarás soltera.

Ellas no pudieron estudiar y era lógico que creyeran en los dichos populares. Yo no tenía excusas. No llevaba espejos de bolsillo, ni me arrimaba a ninguno que estuviera colgado, salía a la calle siempre despeinada.  En mi familia la superstición se trasmitía de generación en generación como un hilo invisible y fuerte que no se podía romper.

 Mi tía Emilia, que tenía otras supersticiones, al final no se casó. Su novio se empeñó en comprar un piso en la calle Soria número trece, un piso fabuloso, mirando a la plaza.

  • Emilia – le dijo – no seas aguafiestas, hay que mirar al progreso y no quedarse con las supersticiones – Emilia le contestó enfadada:
  • No tiene nada que ver con el progreso, es el número 13 que no va bien.

La estaba llamando ignorante, a ella que había estudiado toda la enciclopedia Larousse. Riñeron, y cuando él arrepentido lo puso en alquiler y compró otro, en la Avenida de Burgos, tampoco quiso Emilia porque la pintura del edificio era de color amarillo.

Al siguiente pretendiente lo dejó por abrir el paraguas en casa justo antes de salir a la calle. Y encima, en el descansillo el portero le barrió los pies con la escoba.

  • Perdone señorita Emilia, lo he hecho sin querer.

Esa tarde lluviosa se decidió su destino. Se quedó sola.

Mi padre, su hermano, perdió uno de sus trabajos porque aquel día, un gato negro se cruzó en su camino. Un gato negro. Tenía que esperar a que alguien cruzara la calle antes que él. Esperó unos diez minutos, luego se apoyó en la pared buscando la sombra. Recordaba las palabras de su madre:

  • Hijo no pases después de un gato negro, espera a que venga alguien y él se llevará la mala suerte.

 Así, en la espera, a pleno sol en el mes de julio, solo protegido por una rama fina de un árbol seco y balanceándose de un lado a otro para que la sombra le cayera en la cabeza, transcurrió casi una hora.

Olió a jazmín y casi se mareó por el calor, pero no se veía a nadie en la distancia. ¡Con treinta grados a las nueve de la mañana quién iba a pasar!

Llegó tarde a la entrevista, con la camisa pegada al cuerpo y un cerco de sudor debajo de las axilas. No quisieron recibirle.

Con estos antecedentes, ¿cómo no iba a dejar el ansia?

Mi infancia, debido a los miedos y a las prohibiciones se complicó, y me gané, junto a la burla de mis compañeros, el estigma de rara.

Solía encontrar sobre mi mesa unas tijeras abiertas, o un trozo de pan boca abajo, y en los cajones, a días alternos, bichos muertos. Chillaba y me expulsaban de la clase entre las risas de los otros niños. Me sentía atrapada por una fuerza oscura de la cual no conseguía alejarme.

 No cruzaba nunca debajo de una escalera, aunque tuviera que dar un rodeo larguísimo. Si se derramaba sal en la mesa, tenía que coger un puñado y echarlo por encima del lado izquierdo de mi hombro. En la calle era peor, si avistaba un jorobado me quedaba tranquila, aquel día tendría suerte; pero si era mujer no paraba hasta alcanzarla y tocarle la chepa.

Al salir del portal, siempre adelantaba el pie derecho, más de una vez me había tropezado.  El tres era mi numero fetiche. Tres eran las vueltas que daba a la cerradura al abrir y al cerrar, ni una más. En el frigorífico los cartones de leche eran tres, así como los dentífricos en el armarito del cuarto de baño, y en el bolso siempre tres lazos azules.  Pensé seriamente acudir a una de las sesiones de control mental, luego pensé que si había trece en la sala tendría que irme y descarté la idea.

El día aquél en el que a mi madre se le rompió el espejo del salón cambió nuestra vida. Se lo había colocado la suegra en contra de sus deseos. Limpiándolo con más fuerza de lo habitual se escurrió y se agarró a el.

No le importó la sangre que brotaba de su cuero cabelludo, ni el susto que nos dio a todos. Solo quería contar los trozos. Contó y lloró como si hubiera perdido a un hijo. Al valorar los fragmentos de vidrio, con voz entrecortada, confesó que le esperaban muchos años de calamidades según la teoría de la abuela.

Mi padre se murió al mes en su coche pasando por un puente que se derrumbó. A partir de entonces tuvimos serios problemas económicos. Alquilamos una casa más pequeña y bastante lejos de la escuela. Perdí a la única amiga que tenía, Fortunata, y los parientes desaparecieron. Mi hermano se enroló en el ejército y a mí me operaron de urgencia de una peritonitis. No había un día sin lágrimas en nuestra casa.

Cada vez que mi madre pasaba frente a la fotografía de mi padre se santiguaba y decía:

  • Ya ves, Ernesto, cómo estamos, por tu cabezonería en dejar a tu madre colocar el espejo en el salón.

Todo esto me reforzó en mis creencias, y en la idea de que el mundo había sido terriblemente injusto con nosotros. Hasta que conocí a un periodista que llevaba un llavero con la forma de un trébol verde. Supe al instante que me traería suerte.

Me enamoré de él, no dejé que me besara hasta poder contarle los detalles de nuestra desafortunada vida y de nuestros límites patológicos. Se echó a reír: – yo te quitaré todo esto – le dijo estrechándome en sus brazos.

  • Son todas supersticiones, cariño, no existe la mala suerte, antes o después todos sufrimos. El verdadero secreto de la vida es afrontar lo que te pasa sin miedo. El miedo te bloquea. De todas formas, conozco una curandera brasileira, a ver que nos dice.

 Al día siguiente me llevó a verla, no tenía pinta de adivina, nos hizo sentar alrededor de una mesa camilla, fijó una bola de cristal donde yo no veía nada y al rato sentenció:

  • Os voy a dar un remedio para que seáis felices para siempre.

  Teníamos que comprar un candado, colocarlo en un barreño lleno de aceite y justo a continuación, hervirlo con hojas de albahaca. Nos explicó que, así como el olor de la albahaca tenía el poder de alejar los mosquitos, también ahuyentaría los malos espíritus mientras el candado los encerraría para siempre.

 No sé por qué la vida empezó a sonreírme desde aquella tarde, pese a que no apliqué en seguida  el remedio. Al pasar delante de un espejo me aproximaba sin temor a romperlo, si veía un gato negro cruzaba la calle antes que nadie y estaba feliz. Pasó un mes y algo me decía que el conjuro no podría durar para siempre. El, mi periodista mágico, juraba amarme y que iba a casarse conmigo.

 No podía correr riesgos, necesitaba el hechizo ya.

Todas las demás supersticiones, queriendo, podían disimularse, pero mi terror a una mujer con escoba era demasiado evidente. Si algún día me barrieran los pies me quedaría soltera como la tía Emilia. Un día de sol abrasador, al salir a la calle, vi unos reflejos anaranjados encima de una ferretería que siempre estuvo allí, aunque nunca había reparado en ella. Entré y compré un candado. En la frutería de al lado, fue difícil explicar al chino que quería unas hojas de albahaca, pero lo conseguí, luego cogí una botella de aceite del estante, pagué y volví hacía casa. Subí la escalera llena de dudas y de dos en dos, quería darme prisa. ¿Y si conmigo no funcionaba?

 Justo en frente de mi descansillo estaba la portera con la escoba. Retrocedí y me resbalé, la bolsa se cayó al suelo y el aceite empezó a derramarse. ¡Oh no!, protesté. La portera con toda su buena voluntad la recogió, y barrió la mancha de aceite pasando el cepillo sobre mis zapatos. Ni le di las gracias, la miré con odio, abrí la puerta como pude y la cerré delante de sus narices. Aún quedaba un poco de aceite. Dos señales de mala suerte. Era demasiado. Pero le quería y el amor es optimista.  El aceite que quedó lo puse en una sartén, junto con el candado y la albahaca, encendí el fuego. Hirvió, inhalé su olor cálido, las fosas nasales se impregnaron y distribuyeron el aroma entre las neuronas.

Me desperté rodeada de blanco y gris, cubierta de vendas como una momia egipcia, me sentía la piel acartonada, y sin embargo ardiente y dolorida, solo una parte de mis ojos conseguían entrever un gotero. En seguida caí en la cuenta, nos habíamos quemado la cocina y yo. Claro, la culpa era del aceite derramado. Ahora sí que me iba a quedar definitivamente sola.  Entonces me fijé en que algo brillaba al final de la botella de suero. Un llavero con forma de un trébol verde.

Relato breve escrito por Matilde Tricario

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“Depende” … Matilde Tricarico

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.depende

Un toque en la puerta, se entreabre y la enfermera:

  •     Perdone, doctor, va a pasar la señora de Olivares ¿Necesita ayuda?
  •     No hace falta, son dos segundos, justo el tiempo de explicarle la operación de su marido.
  •     Un poco más de dos segundos espero, Doctor.

Aparece el sonido de una voz aguda antes que el cuerpo de la mujer. Más

“El balneario de las moscas” … Matilde Tricarico

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El balneario de las moscas

Pequeños bungalow escondidos en el bosque, alguno más visibles que otros.

El nuestro, cerca del hotel donde estaba la recepción. Rodeado de pinos altísimos que buscaban el sol y la luz, un pequeño madroño con sus frutos dorados y la humedad que penetraba en los huesos.

Las que atendían el mostrador tenían caras de cansadas, aburridas y con una cierta dosis de mala leche.  Nos dijeron, casi gritando, que hasta las cuatro de la tarde no estaría lista la habitación, que fuéramos a dar una vuelta y luego a comer. Nos guardaron las maletas en una esquina fácilmente localizable por todos los huéspedes, cualquiera podría robarlas, si ese cualquiera hubiese tenido el valor de llegar hasta aquí. El resto de la gente que circulaba por la calle llevaba bastones, andadores y, los que se podían manejar sin apoyos, solo miraban al suelo como a un enemigo.

Merche me dijo:

    ¿Resistiremos aquí?

Y yo le contesté segura de mí misma:

    Nosotras somos más jóvenes, tenemos lecturas, podemos pasear, este bosque es muy apetecible y estaremos bien.  Ya verás diez días vuelan pronto, ¿o no?

Investigamos todo el recinto, era como un pequeño pueblo perdido en el verde, había muchos bungalow, una sala de teatro, una cafetería y al final de la calle principal un edificio nuevo con unas letras doradas en la puerta que decían “Balneario”.

No estaba tan mal.

Primer turno, teníamos el primer turno, comeríamos como los ingleses. Al entrar nos recibió el maître disfrazado de Drácula, telarañas y candelabros con velas rojas en las mesas. Antes de reír las dos, un presentimiento extraño me dobló las piernas.

Merche viendo que había empalidecido, me dijo:

    Mónica, ¿qué te pasa? ¿Te has olvidado de que estamos en Halloween?

Las camareras vestidas de zombi, con la cara blanca y los ojos pintados de rojo hacían bromas, asustaban a los incautos. Yo me senté tocando la pared para que fuera difícil llegar hasta mí.

El buffet estaba decorado con calaveras, y de vez en cuando apagaban las luces y se sentía una música de cine de terror y unas risitas tenues.

Me dieron la comida, ellos y una mosca que revoloteaba sobre una crema de calabaza que no conseguí terminar.

Los filetes me daban asco y los viejos cargados de platos llenos de macarrones, arroz, guisantes, pescado. Luego al momento del postre, en el plato se servían manzana, plátanos, kiwi, una tarrina de helado, dos pasteles, y volvían a por yogur.

Escuchaba las conversaciones y me ponía enferma.

    Juanito, en casa no comes tanto-le decía una gorda al marido al que le iba a explotar el pantalón.

De repente me llamó la atención una chica pelirroja con un vestido negro a quién los reflejos de las velas daban un aire espectral a la cara. Estaba sentaba sola en la mesa, sin ningún plato delante, leyendo un libro que parecía antiguo.

    Déjame en paz—, contestó el otro al que le faltaban dos incisivos y un canino, riendo y descubriendo las encías —¿no ves que aquí todo es gratis?

La respuesta del anciano me devolvió a la realidad y en aquella fracción de segundos había desaparecido la chica. Pensándolo bien, más que una chica moderna parecía una señorita del “novecento”.El balneario de las moscas

  •     Merche, has visto una pelirroja sentada en frente?
  •     Mónica, no tomes vino, luego dices que con las pastillas te sienta mal.

 

Me callé, cuando se ponía recta como la gente de su pueblo, no había quién discutiera con ella. No comí casi nada, todo tenía el mismo olor a fritura gigante.

Al terminar fuimos a la habitación.

Dos camas, un baño pequeño y un armario húmedo que al abrirlo te congelaba. Eso sí, teníamos una vista estupenda de pinos y encinas y el piar de algún pajarillo. Plena naturaleza. Me gustaba, aunque con la ventana abierta entró una mosca y al rato una avispa, esa más peligrosa. Por muchos aspavientos que hiciéramos con los brazos, no fuimos capaces de echarlas. Dejamos la ventana abierta y nos fuimos a tomar un café.

El camarero llegó arrastrando los pies:

  •     Díganme señoras, ¿Qué van a tomar?

Hacía frio, y cuando se junta con la humedad me duelen los huesos, y me pongo de peor humor:

  •     Qué va a ser, un café.
  •     ¿Con leche, cortado o solo?
  •     Merche, por favor pide tú—estaba luchando con dos moscas que rodeaban un puñado de azúcar.
  •     Y usted, —casi le grité al camarero— limpie la mesa, por favor, no ve que hay azúcar.
  •     Un momento, ya voy a por el trapo.

Podríamos esperar hasta el ocaso, saqué un pañuelo del bolso y eché las moscas y el azúcar al suelo.

  •     Cálmate, Mónica, tenemos que estar diez días y has entrado con el pie cambiado.
  •     Tú me dirás si este es un sitio agradable, esperemos que el balneario sea mejor, esta tarde lo veremos.

Todos en cola con nuestra hoja del tratamiento que había rellenado un médico venezolano con desgana, él, joven circundado por viejos. Nosotras dos, con el albornoz blanco, chanclas y gorro de baño, desmaquilladas; a nuestro lado una fila de tripas, de calvicies y de músculos flojos.

Qué divertidos, ¿Cómo me verán a mí? Supongo que igual. La decadencia de los cuerpos. Negativa, estaba muy negativa. Merche parecía disfrutar.  En fila india nos asignaron un lugar en la piscina, las camas con burbujas. No conseguía relajarme, unas señoras a nuestro lado charlaban sin parar sin que pudiéramos escuchar la música relajante.

Luego fuimos a los chorros y entre la neblina de las gotas vi a la chica pelirroja tumbada en una cama. Qué raro, estaba sin gorro, cómo se lo habían permitido.

Miré hacía Merche buscando su complicidad, estaba distraída y lejos.

Cuando pasamos a la ducha circular ya no estaba allí.

Una chica joven en medio de la senectud, probablemente tenía alguna enfermedad neurodegenerativa y le habían aconsejado el balneario. El masaje de los pequeños chorros de agua que cruzaban todo mi cuerpo consiguió relajarme durante diez minutos, un cuarto de hora. No le comenté nada a Merche.

Por la tarde tocaba sesión de parafangos, unas placas calientes que me quemaron la espalda, aguantarlas era una pequeña tortura. Tenía los nervios de punta, fuera de sus vainas.

Al salir a la calle nos recibió la noche, eran las cinco y media de la tarde.

A partir de aquella hora ya no teníamos actividad de balneario.

La cafetería estaba llena de jugadores de cartas y de dominó, y en el local que, a veces tenía la pretensión de teatro, jugaban a los dardos, un grupo de señores vociferantes, emocionados como si hubieran ganado la lotería.

Nos fuimos de paseo, se escuchaban ruidos extraños, el canto de una lechuza y las hojas de los arboles bamboleaban. Al fondo de la calle toda oscura, ni una estrella pequeña para admirar. A rato se percibía el silencio y me sobresaltaba.

Merche, si no estuviéramos acompañadas de tanta gente que no se ve, casi tendría miedo.

Estás pesadita Mónica, disfruta, esto no lo tienes en Madrid.

Una hoja me rozó la cara y empecé a gritar, luego a reír como una loca. Reímos las dos para espantar el aburrimiento visto que no podíamos leer en ningún sitio, solo en nuestro cuarto pequeño.

Habíamos fisgoneado el salón, el único salón, un amasijo de mueble antiguos recubiertos de polvo, una librería con muchos huecos y unas butacas rojas, allí sentado en una esquina estaba el maître Drácula sin disfraz, aun así, tenía una cara afilada y unos ojos negros como dos cuevas tenebrosas. ¿Y si le dijera a Merche que quiero irme?

El balneario de las moscasLa miré, estaba tan tranquila. Volvimos a la habitación. Un frio polar, habíamos dejado la ventana abierta. Sobre mi cama la avispa muerta.

  •     Y eso cómo puede ser —le pregunté a Merche, — que yo sepa las avispas no mueren por el frio.

Había leído hace poco que las avispas estaban desapareciendo en el mundo y tendríamos que cuidarlas, protegerlas e incluso amarlas porque de ellas dependía la continuidad  de la especie humana.. Aquella noticia me rondaba por la cabeza desde el día que la leí.

 Seguían dándome miedo las avispas.

  •     Sí, es extraño— me contestó ella—o no, todo puede ser.

Por fin me daba la razón en algo.

  •     Vamos a poner la tele, así no piensas tanto—me contestó con dulzura.  Cogió la avispa, la tiró por la ventana y luego la cerró, apoyándose en ella como si hubiese querido alejar todos los males.

Me dormí soñando con la chica pelirroja y el maître.

Por la mañana el tiempo volaba, en el balneario, en el spa, ducha circular, chorros en la espalda y en las piernas; mis ojos, que se habían acostumbrado a la decadencia de la piel de los otros, aun no eran capaces de asimilar la mía. La comida, el café peor que la achicoria, espantar a las moscas omnipresentes, y los largos paseos por el bosque.

Era hermoso pasear por el bosque, disfrutar de los colores ocres, granadas y verdes amarillos del otoño, pisar las hojas y tirarlas al aire como si fueran un balón. De repente una ardilla en un árbol, y a la vuelta de una curva un corzo que nos miraba indeciso.

 Huyó tan de prisa que no pude fotografiarlo.

Y entonces bajé la mirada, un charco, y en el charco, ella, su cara, la vi, su imagen, la de la pelirroja, reflejada en el agua. Me quedé paralizada.

 Merche me tocó el brazo y me dijo:

  •     Cuidado, rodea el charco.

Por supuesto no le comenté nada, seguí el camino como una zombi, aún faltaban días y aquí teníamos que estar.

La noche me daba miedo, el cielo se oscurecía en pocos segundos y los ruidos que empezaban con ella se volvían amenazantes. El frio no me dejaba disfrutar, la humedad entraba en mis huesos y se quedaba hasta la mañana siguiente. Movimientos de hojas, gritos de lechuzas y nuestros pasos que resonaban en el silencio.

El balneario de las moscasUna tarde que Merche se fue pronto, a las tres, a que le dieran un masaje, me atreví a quedarme en el salón rojo, era pronto y solo había un viejo roncando. Cogí un libro antiguo de la estantería “Historias del balneario” lleno de polvo, lo limpié con la manga del jersey y lo abrí.

Las páginas amarillas, pegadas las unas a las otras estaban empezando a aburrirme y el olor a viejo me provocaba estornudos. El edificio del balneario había sido construido por un marqués que estaba muy enfermo y al que le habían aconsejado las aguas milagrosas de la fuente de la Fe, así se llamó el balneario.

En la página siguiente una foto llamó mi atención, casi buscaba mis ojos. Una señora igual que mi pelirroja, con un caniche en los brazos, una mirada triste y apagada en petición de ayuda.

Al pie de página: Retrato de la Marquesa de Montealto.

Dejé el libro donde estaba y corrí a mi habitación para coger la Tablet. El único sitio donde había cobertura era el Teatro. No había nadie, sillas vacías y solo una persiana abierta. Me quedé, aunque se helaba de frio y busqué: Marqués de Montealto.

Dos palabras nada más, había construido el balneario en 1902 y se murió el año siguiente.

No lo había soñado, o sí. Creía haberla visto o miré el libro el primer día y me imaginé su presencia.

Temblaba, las visiones no se cuentan a nadie, pueden pensar que eres esquizofrénica.

Cerré todo y me fui a esperar a Merche a la entrada del Spa.

A mi lado, sentadas dos señoras con albornoz bebían agua de la fuente y charlaban:

  •     Qué bien se está aquí—dijo una con la cara arrugada como una hoja de periódico estrujada—  es una maravilla este balneario, se come bien y luego el café en la terraza de la cafetería, con el solecito.
  •     Si no fuera por el incordio de nuestros viejos y de las moscas— contestó la otra, más joven, cuya nariz llegaba hasta los labios — Si, no entiendo, si estamos en otoño, no nos dejan en paz. Menos mal que no están por las noches. Ayer fui a clase de baile, qué divertido, zumba se llama ¿Te vienes mañana con el trenecito al pueblo? Estará el mercadillo.
  •     Tú estás loca, mis rodillas no están para bailes. ¿has visto el trenecito? el otro día cargaron a sesenta personas y yo pensé que en una curva nos íbamos a matar. El conductor iba como un loco, sin pensar que llevaba a personas mayores. Qué miedo pasé— soltó un suspiro profundo. — Por suerte una chica pelirroja empezó a cantar con una voz tan bonita que nos calmó a todos.
  •     Y donde está la chica? Yo aquí veo solo viejos.
  •     No sé, bajó del tren cuando llegamos al molino viejo y no volvió a subir.

El conductor del tren cuando paramos nos contó la historia del balneario, estaba un poco chispado, aún me dio más medio, nos dijo que un Marqués de monte no sé qué, había mandado construirlo para respirar el aire puro del bosque. Al año se murió y su esposa enloquecida aún vagaba por el pueblo y alrededores. Según la leyenda quién la veía conseguía la paz. Casi nadie le hizo caso, pero no sé por qué pensé en la chica del tren. Luego me dije que me estaba volviendo majara y me fui a tomar un café.

La de la nariz larga se rio, le tocó el brazo para que se levantara y se fueron las dos al jacuzzi.

No me lo podía creer, no la había visto solo yo, seguro que Merche no me creería, diría que no sería la misma.

Salí de allí, me adentré en el bosque, todo me parecía distinto, los pajarillos cantaban, el árbol del madroño estaba feliz con sus frutos naranjas maduros, el cielo arriba, azul, luminoso. Pasó el maître, casi no le había reconocido con una gorra azul, un chándal y zapatillas de deporte, me sonrió y siguió corriendo. Me paré para que el sol me acariciara la cara, el cuello, las manos, quería crecer como lo pinos y tocar el cielo. No tenía miedo. A los pocos segundos me rodeó el silencio. Sola, estaba sola y feliz, volví a pasear con más energía hasta llegar al rio. Allí la vista era impresionante, el valle verde, los pinos que se rozaban en la cima casi besándose, el susurro del agua  y de mi garganta sin querer salió un grito de plenitud.

.El balneario de las moscas

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico

“Un post en Facebook” …Matilde Tricarico

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Noche de lluvia - Facebook

Un post en Facebook, una casa con un balcón manco, un apellido que no consigo recordar. Es mi casa, nuestra antigua casa en semi-ruina. El corazón se sobresalta y me da un pinchazo de nostalgia dolorosa.

Hoy, justo hoy. Las coincidencias no existen, decía mi padre, solo sirven para confundir.

Y en la confusión total me levanto de la silla, como el muelle de un juguete y decido volver. Necesito volver, superar los fantasmas. Preguntar a los que quedan. Es pronto, salgo a la calle con una chaqueta de lana fina, y de una zancada me planto en la puerta del taller donde están arreglando mi coche. Está cerrado, tendré que esperar. No hace frío, una suave brisa me recuerda que no he desayunado, al rato el estómago vacío protesta y se despierta el mal humor. Más

“Gafas en la nevera” … Matilde Tricarico

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.gafas en la nevera - caja galletas danesa

Se extrañó, la abría todas las mañanas y nunca antes la había visto. Con su presbicia era difícil distinguir los objetos sin las gafas correctoras.

Además procuraba dejar la capa del fondo siempre llena para no quedarse sin ellas en un día de lluvia. La misma caja de galletas danesas desde hace años. Él no iba a cambiar lo que estaba bien y había dejado su mujer.

La llave era pequeñita, la mitad de su dedo menique, dorada, descolorida.

La palpó como si quisiera que le hablara y le contara su secreto, igual no había ninguno. Estaba sola y olvidada en medio de las galletas que no le hacían caso. Más

“El rock de la cárcel” …Matilde Tricarico

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.El rock de la carcel - Corazon dulce

Paula está en el pasillo, acaba de abrir la puerta.

No hay nadie, quita la alarma, y distraída la vuelve a poner. Marca los números, uno dos, uno dos.

Está agotada. La operación de esta noche había sido complicada y  larga.

Dos cánceres de colon, en total seis horas de pie, cuatro compañeros para controlar y la responsabilidad final suya, y de nadie más. Durante un instante, en medio de la operación cuando hubo una “dehiscenza del anastomosis”, una complicación muy grave, estuvo a punto de desmayarse .Su asistente tuvo que sujetarla y ella, en vez de darle las gracias, le echó una bronca. Tendría que volver a suturar otra vez. Más

“Berlín o el comedor Tiroles” … Matilde Tricarico

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.Berlin o el restaurante tiroles - win wendersLas grandes películas comienzan cuando salimos del cine”  (Win Wenders)

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Al salir  del aeropuerto, el viento helado me acuchilla la cara. Me subo el cuello de la chaqueta de plumas, me ajusto el gorro hasta aplastar el pelo  y me sumo a la larga cola del taxi.

Mañana empieza el festival. La Berlinale.

El hotel de cuatro estrellas que perdieron el brillo hace tiempo me recibe sombrío. El recepcionista con cara de dóberman casi me escupe a la cara al decir “Guten Nacht”. El cuarto es anodino, una mesa con un televisor pantalla mini, una silla, una papelera y una ventana que recibe una luz vacilante de un patio oscuro. Una semana aquí, sin salir, y te suicidas.

. Más

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