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“Contagios” I X …Texto colectivo a 18 manos

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Noveno Relato de la serie “Contagios” Escrito por Victor García Antón

Juan Genoves

Y ENTONCES NOS DIMOS CUENTA DE QUE FALTABA UNO. Al instante paramos la marcha como si fuéramos un único hombre. Nos contamos otra vez, desde el primero hasta el último, y seguía faltando uno. Cada cual miró el cogote del de delante y los puños del de detrás agarrados a la soga. Intentábamos descubrir quién fue el que abandonó la fila, pero no hubo manera de aclarar nada.  Así que continuamos la marcha, bien agarrados a la soga y pendientes del hombro del compañero.

En la tienda de las postales perdimos al segundo miembro. No supimos por qué, quizá para presentarse a unas oposiciones a notarías, cosas de familia.

  • ¡Os dije que no entráramos en la tienda de las postales! -Chilló el que cerraba la fila, que tenía muy mal despertar.

Pero al cruzar el parque de bomberos fueron otros dos los que desertaron. Del primero sólo supimos que llegó a ser concejal con los republicanos y el segundo, casi mejor que se fuera, porque no hacía otra cosa que ralentizar el grupo con sus visitas al baño.

A lo lejos aún parecíamos un grupo compacto, aunque debíamos separarnos más los unos de los otros para mantener la soga tensa y que la fila fuera recta.

Apenas nos quedaban fuerzas cuando llegamos a la estación. El que estaba detrás de mí se derrumbó como un rascacielos y comenzó a gritar que le gustaría tener un par de nietos. Solté la soga para sentarme a su lado y le asistí la frente. Pobrecillo. Aún pude ver al más joven, allí a lo lejos, echarse la soga al hombro y seguir adelante él solo. De nada le valió tanta determinación. COGIÓ LA TUBERCULOSIS ESPERANDO EL AUTOBÚS.

Richard Ster

 

Fin…

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Octavo Relato de la serie “Contagios” Escrito por Merche Postigo

catherine abel

LOS MOSQUITOS RODEABAN CON ANSIA LA MALLA QUE LA PROTEGÍA. El espacio vital disponible debajo de la lona verde que cubría la tienda de Isabel estaba secuestrado por una nube de mosquitos. A pesar de ello seguíamos dentro de su tienda, el equipo al completo ocupaba ese espacio. La tienda era la más grande del campamento, pero apenas si podíamos movernos dentro. Éramos muchos los integrantes de la expedición. También estaban los porteadores, los nativos del norte de Kenia.  Además nos acompañaban los guerreros Masai, unos originales protectores de las bestias, que amenizaban las oscuras noches en la selva con sus danzas y extravagantes saltos. Y allí estábamos nosotros, los investigadores, los organizadores de la expedición al corazón de África. Nosotros, los estudiosos de la malaria que permanecíamos dentro de la tienda de Isabel asombrados por su incomprensible comportamiento. Ella, la bióloga más laureada de la facultad, permanecía agazapada en su catre. Isabel, la joven expedicionaria, estaba asustada y se escondida dentro de la fina y tupida malla blanca que colgaba del techo de su tienda protegiéndola de los mosquitos.

Llevábamos dos semanas en el interior de la selva africana, soportando la humedad, los aullidos de las bestias salvajes, que rodeaban en silencio el campamento a cada momento, y las extravagancias de nuestra querida Isabel. Ella había comenzado a desvariar apenas alzamos la primera lona de su tienda. Cuando la suya estuvo dispuesta ella se paralizó instalándose dentro. No supimos el motivo de su arranque, pero tampoco nos atrevimos a preguntar. Decidimos dejar que sus fobias fluyeran solas, como la lluvia. La persistente lluvia que inundaba el campamento cada noche. La lluvia que alentaba a los mosquitos nocturnos a visitarnos y que tanto parecían asustarla.

Todos la queríamos y deseábamos que saliera de la tienda, que abandonara la malla. Pero Isabel, mujer frágil y testaruda en la misma proporción, había decidido pasar su ciclo en África dentro de la tienda verde contando los días que faltaban para abandonar la selva. El sexto día Isabel comenzó a obsesionarle también la idea de perdernos en el verde salvaje, y a partir de ese momento estableció una nueva excentricidad en el campamento. Cada mañana, antes del desayuno, era obligatorio reunirnos dentro de su tienda, alrededor de la malla blanca, y entonces comenzaba a contarnos. Siempre utilizaba el mismo orden para contarnos, era metódica y nos nombraba a cada uno después del otro. Primero enumeraba a los porteadores. Después los guerreros “Masai”, y más tarde entrabamos en la cuenta el resto de la expedición.

Cuando comenzó la tercera semana en la selva, y durante una de las fases del conteo matutino, ocurrió algo diferente. Algo que mandó al traste la locura de Isabel. Cuando empezó con su cuenta, justo al nombrar al primer porteador, escuchamos un fuerte rugido. Un aullido que nos pilló a todos desprevenidos. Parecía la llamada de un león macho y sonaba cerca, muy cerca. Por unos segundos, Isabel enmudeció y abandonó la cuenta. Aprovechamos este descuido para salir de forma apresurada de la tienda al grito de “muerte al león”. Una vez fuera del recinto del campamento, pudimos comprobar que las lluvias nocturnas habían convertido en ríos los caminos. Resultaba muy complicado moverse por entre la maleza, además las sombras de los árboles nos devolvían los rugidos y sus frondosas ramas nos envolvían de miedo. Nos dimos por vencidos ante la evidencia. Sería imposible encontrar a ese león, ni siquiera sabíamos si el león era real o fruto de nuestro deseo de salir corriendo. Solo había pasado una hora desde que abandonamos a Isabel y decidimos volver. Entramos en su tienda, desanimados, con la cabeza baja y el rabo entre las piernas. Ella nos miró con un regocijo algo contenido y continuó con la rutina del conteo Y ENTONCES NOS DIMOS CUENTA DE QUE FALTABA UNO.

Henri Rosseau

Continuara…..

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Septimo Relato de la serie “Contagios” : escrito por Soledad Paramo

tom wasselmann SOLO PUDO HABER SIDO ÉL QUIEN SE LO HABÍA PEGADO. Una vez contados los días desde su encuentro y examinado las imágenes de Google, la duda quedaba resuelta. O casi. Quién iba a esperarlo de un hetero, parecía que el mundo de las ETS quedaba fuera de su campo. Fuese quien fuese el padre de aquel champiñón que le crecía bajo el prepucio acabaría encontrándolo.

Lo reconocía, estaba orgulloso de su pene. No era una cuestión de vanidad, no había llegado él solo a la conclusión de que era más bonito que el de los demás, era un hecho objetivo. Más

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Sexto Relato de la serie “Contagios” Escrito por Fidel Sanz Estaire

Gustave Caillebotte - Hombre en el balcón

 

YO TE RECUERDO A TU PADRE. Por eso me odias. Pero cómo no iba a parecerme a él, si soy su hermano. Y no creas que no te entiendo, sé que no es fácil aceptar las cosas, pero no es culpa nuestra. Fue tu abuelo quien nos inculcó aquella extraña costumbre de orinar desde el balcón.

 

Al principio nosotros tampoco lo aceptábamos, incluso llegamos a oponernos seriamente. Cuando se es joven uno se hace rebelde. Yo me negué en rotundo, “no quiero esta herencia” grité a tu abuelo, y él, muy tranquilo, nos explicó que igualmente habíamos heredado los ojos azules y la facilidad para criar galgos. Tampoco pudo decirnos mucho más. No es que tu padre y yo no queramos responderte. Al principio también necesitábamos saber el motivo de aquella manía, pero el abuelo nunca dijo nada. Y fue mejor así. Hay cosas de las que es preferible no hablar. Ninguna persona viva recuerda por qué cada 24 de Marzo todos los hombres de la familia se ponen a mear desde un balcón. Mi padre tenía esa costumbre desde siempre. Su padre también, y SOLO PUDO HABER SIDO ÉL QUIEN SE LO HABÍA PEGADO.

 

 

Introversión

 

Continuara…..

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Quinto Relato de la serie “Contagios” Escrito por Mary Carmen

Tom Wesselmann-Monica con las piernas cruzadas

 

ES LA PRIMERA VEZ. Todas han tenido una primera vez. Desde el otro lado también hay una primera vez. Bloquear el pasado, sin una mirada de recelo, ni de nostalgia. El día de la entrevista Olga se sintió cohibida, un sudor frío le recorrió las manos y hasta la voz le temblaba un poco. Pero lo consiguió y el trabajo es suyo. El absoluto convencimiento de que esta es la salida más rápida y eficaz le hace tomar aplomo. Más

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Cuarto Relato de la serie “Contagios” Escrito por Anna Flotats

Telefono

 

MIS PADRES NUNCA HABLABAN CONMIGO. Sólo me contaban cosas. Por eso, cuando me han llamado por teléfono diciéndome que querían hablar, he tenido que ir corriendo al baño. Porque yo, cuando estoy nervioso, me cago. Aunque lo de hoy no han sido unos nervios normales. Al menos no han sido los nervios que yo conozco. Más

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Tercer Relato de la serie “Contagios” Escrito por Diego Lería

Hijos al piano – LO MÁS IMPORTANTE SON MIS HIJOS – DECÍA.

– ¿Qué clase de madre sería si no? Todo lo demás, es material.

Ya te digo: “material”,  pensaba yo alucinando con los objetos que veía camino a la lejana sala de estar. Cuando por fin llegamos, nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo y bordes dorados. Mientras me enseñaba las fotos de sus tantos viajes y de su vida dibujada por Walt Disney, mi mirada se perdía disimuladamente en ese salón ultra cargado de muebles de época y saturado de cuadros que poco tenían que ver unos con otros, y que no definían ningún tipo de gusto por el arte. También me impresionaba la cantidad de bustos y pieles de animales que lucía aquella habitación y me preguntaba si así estaría decorado el infierno. Más

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