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“Números primos”… Mary Carmen Caballero

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Siempre he sido algo despistada, olvido las caras y los nombres, no sé mirar en los mapas y siempre me pierdo en mi propia ciudad. En cambio, jamás olvido una fecha, ni una matrícula, ni un número de teléfono. Los números ponen orden en mi mente y en el caos de mi vida.

Quizás, por esto, soy profesora de matemáticas, por mi facilidad con los números. También porque ellos abren un universo de posibilidades. Pero, sobre todo, porque me definen a mí misma. Hay números enteros y quebrados, positivos y negativos, finitos e infinitos e, incluso, primos. Y, todo esto, sin entrar en demasiadas especificaciones, como en casi todo.

En realidad, mi vida y mis relaciones bien se pueden relatar a través de los números. Con diecisiete me topé con él en el pasillo del instituto. Tenía la mirada azul de los océanos y el día que me sonrió entendí en mis propias carnes la teoría copernicana. Yo ya no sería más el centro de mí misma, mi vida giraría desde ese instante en un estado de anonadamiento permanente e inmutable alrededor de él. Un día, bajo la escalera que llevaba a los laboratorios, mientras yo le intentaba explicar las complejidades de un logaritmo, él aprovechó la proximidad provocada al estar unidos por un mismo cuaderno para darme un beso, cálido y tierno, con el que comprobé que los números nada tienen de fríos y, mucho menos, de asépticos. Más

“Testamento”… Mary Carmen Caballero

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Llegó despacio y se mantuvo ausente todo el tiempo que duró la lectura del testamento. En realidad, no sabía muy bien qué hacía allí entre todos aquellos que decían que la conocían o que guardaban algún tipo de vínculo o de parentesco con ella. Todos los presentes se giraron y lo miraron desconfiados cuando entró en la sala del notario. Las miradas desconcertadas que se intercambiaban unos a otros eran una evidencia clara de que nadie sabía de su existencia y se preguntaban quién sería aquel tipo escuálido y desgarbado que no encontraba acomodo en la silla que la eficiente secretaría le acercó. Él se sentó detrás, junto a la ventana en el rincón más cercano a la puerta. Más

“El caballete en la playa” …José L. Recio

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Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo.

Coloqué el caballete en el balcón abierto de par en par. Apenas si había trazado las primeras líneas en el lienzo cuando mis ojos toparon con la figura, un tanto extraña, de un hombre joven y delgado de aproximadamente mi edad que estaba vestido con un niqui blanco y pantalones kakis desgastados. Estaba de pie, descalzo sobre la arena, enfrente de su caballete, situado entre mi habitación y el borde de la costa, de cara al mar, pintando. De modo alternativo, apartaba brevemente sus ojos del lienzo para mirar a una joven morena en bikini que yacía bocarriba sobre una toalla extendida en la arena a pocos metros al frente y a su izquierda, y enseguida al mar y otra vez a su lienzo para seguir pintando. Mi curiosidad por entender su proceder iba en aumento, y después de una hora de intentar mi esbozo ya no pude más y bajé a la playa, me presenté como colega artista y eché un vistazo a su trabajo.

Inmediatamente me di cuenta de que acababa de conocer a un bicho raro: cabello rubio desordenado, ojos azules que evitaban la mirada directa, una sonrisa extraña y gestos desmañados. Por suerte, hablaba inglés. Su caballete contenía un lienzo en el que él había pintado una mujer escultural cabalgando desnuda sobre la cresta de una ola. Deduje que la joven que estaba tumbada cerca de nosotros le servía de modelo. Con una sonrisa de cortesía y, para ser franca, una pizca de envidia de su espléndida figura (en contraste con la mia: bajita, pelo negro, corto, y ojos oscuros), volví la cara hacia ella: era la mujer de la pintura. La sonrisa indiferente y como en sueño con que respondió a la mía me hizo pensar que ella y el pintor no se conocían. Yo felicité al joven (´Theophilus´ dijo que se llamaba) y me alejé, paseando por la orilla del mar.

Una hora después de mi fantasmagórico encuentro con Theophilus, mientras saboreaba un mojito en el bar del hotel, me hallé obsesionada con su método de composición, pensando que nunca se me habría ocurrido hacer lo que él hizo. ¡Y tan hermosamente! Me dio por pensar sobre los aspectos relacionados con esa caverna misteriosa de la mente en la que habitan la intuición, la inspiración y la imaginación.

Me encontraba todavía absorta durante el almuerzo cuando el camarero trajo el postre (Pastel Tres Leches) y, detrás de él, vislumbré a la mujer del bikini, que ahora llevaba una blusa de lino fino y un sombrero Pamela. Estaba sola y ocupó una mesa cerca de mí. No dudé en acercarme, presentarme y pedirle disculpas por mi impertinencia cuando estábamos en la playa. Dijo que se llamaba Lupe y que era de La Florida.

  • Ese tipo está pirado –dijo.
  • Es un artista.
  • Lupe asintió con la cabeza.

En realidad, yo soy modelo –dijo– pero no poso para él. Como te darías cuenta, él se  apropió de mi imagen. Me tiene sin cuidado, porque está chiflado.

          ¿No le importaba?

  • Pero tiene imaginación –dije.
  • Lo que tú digas, guapa –dijo Lupe– ¿Te apetece una copa?
  • Gracias, pero ahora tengo que irme. Tal vez en otra ocasión.

Lupe asintió de nuevo.

Tres días después, volví a ver a Theophilus en la playa, cerca del agua, pintando. Había enterrado una botella de cerveza en la arena, de modo que solamente el cuello, orientado hacia el mar, quedaba al descubierto, y repetidamente miraba a este objeto-modelo y luego daba toques a su pintura. Cuando me acerqué a su caballete y eché una mirada a su trabajo, me quedé sin habla, porque la imagen en el lienzo estaba en desacuerdo con su modelo. Había pintado un buen número de objetos de cristal multicolor de diferentes tamaños y formas, los cuales parecían que estuvieran amontonados al azar en un rincón de algún almacén. En su pintura se veían botellas panzudas de cuellos estrechos, porrones de vino, platos y lámparas de adorno… Me llamó la a tención el cuidado con que el pintor había distribuido los colores, los tonos y los reflejos de luz, que se filtraba de forma misteriosa, entre todos estos objetos. De repente, se me ocurrió la idea de que tal vez estaba contemplando una imagen instantánea creada a imitación de lo que se observa al mirar a través de un caleidoscopio. En aquel momento, me volví para ver la botella de cerveza medio enterrada en la arena: el reflejo de la luz del sol sobre el agua llegaba al cuello de la misma y su centelleo daba lugar a momentos ilusorios de multiplicación. ¡Ajá! La fuente de inspiración para Theophilus se originaba a partir del fenómeno de la luz. Le felicité por su trabajo artístico. Él no dijo nada, pero movió la cabeza afirmativamente, como dando las gracias.

          Me quedé en Puerto Plata una semana más, e incluso completé un cuadro con una escena portuaria, pero durante mi estancia, descubrí que, al mismo tiempo de considerarme un artista en activo, soy investigadora del proceso de creatividad, es decir, de las conexiones que existen entre el arte y la naturaleza humana.

Dejé mi dirección a Theophilus, pero no estoy segura de que él la usará. Cuando regresé a Hollywood, le conté a Debbie mis experiencias en la isla; ella dudó de que mi nuevo objetivo me lleve muy lejos.

Relato Breve escrito por José L. Recio

*El original en inglés se publicó en la revista With Painted Words en Octubre 2019.

“El candado y la albahaca” … Matilde Tricario

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Dos miedos me impedían vivir sin ansia desde que tuve seis años.

El primero llegó en seguida, el día aquel en que a mi madre se le cayó en la cabeza el espejo de la entrada, y se hizo mil pedazos. Ella chilló:

  • Alejaos todos— mientras se tapaba la cabeza con la mano intentando parar la sangre que brotaba como si fuese una fuente china.
  • Cuantos años de mala suerte, y a ti – le gritó a mi padre que se había quedado de pie sin saber que hacer – a ti y a la bruja de tu madre que colgó el espejo, os voy a matar, fuera de mi vista – y lloraba sin parar.

Pudo acercarse a ella la asistenta que teníamos en casa, barrió los trozos de cristal y le ofreció la mano para levantarse. A mi madre el temor a que se rompiera un espejo, y sufrir los mismos años de desgracias que el número de cristales en el suelo le había llegado de pequeña.  Era una historia de familia que contaba siempre que veía un espejo.

  • Hija, no necesitamos tantos espejos, con tener uno en el cuarto de baño. A la abuela Jacinta, justo antes de casarse se le rompió uno en tres trozos, y su novio de entonces, el abuelo Fernando, tuvo que irse a la guerra tres años y volvió con la pierna rota.

El segundo era un miedo que me transmitió la tía Emilia:

  • Chica, procura que no te barran los pies con una escoba, si no te quedarás soltera.

Ellas no pudieron estudiar y era lógico que creyeran en los dichos populares. Yo no tenía excusas. No llevaba espejos de bolsillo, ni me arrimaba a ninguno que estuviera colgado, salía a la calle siempre despeinada.  En mi familia la superstición se trasmitía de generación en generación como un hilo invisible y fuerte que no se podía romper.

 Mi tía Emilia, que tenía otras supersticiones, al final no se casó. Su novio se empeñó en comprar un piso en la calle Soria número trece, un piso fabuloso, mirando a la plaza.

  • Emilia – le dijo – no seas aguafiestas, hay que mirar al progreso y no quedarse con las supersticiones – Emilia le contestó enfadada:
  • No tiene nada que ver con el progreso, es el número 13 que no va bien.

La estaba llamando ignorante, a ella que había estudiado toda la enciclopedia Larousse. Riñeron, y cuando él arrepentido lo puso en alquiler y compró otro, en la Avenida de Burgos, tampoco quiso Emilia porque la pintura del edificio era de color amarillo.

Al siguiente pretendiente lo dejó por abrir el paraguas en casa justo antes de salir a la calle. Y encima, en el descansillo el portero le barrió los pies con la escoba.

  • Perdone señorita Emilia, lo he hecho sin querer.

Esa tarde lluviosa se decidió su destino. Se quedó sola.

Mi padre, su hermano, perdió uno de sus trabajos porque aquel día, un gato negro se cruzó en su camino. Un gato negro. Tenía que esperar a que alguien cruzara la calle antes que él. Esperó unos diez minutos, luego se apoyó en la pared buscando la sombra. Recordaba las palabras de su madre:

  • Hijo no pases después de un gato negro, espera a que venga alguien y él se llevará la mala suerte.

 Así, en la espera, a pleno sol en el mes de julio, solo protegido por una rama fina de un árbol seco y balanceándose de un lado a otro para que la sombra le cayera en la cabeza, transcurrió casi una hora.

Olió a jazmín y casi se mareó por el calor, pero no se veía a nadie en la distancia. ¡Con treinta grados a las nueve de la mañana quién iba a pasar!

Llegó tarde a la entrevista, con la camisa pegada al cuerpo y un cerco de sudor debajo de las axilas. No quisieron recibirle.

Con estos antecedentes, ¿cómo no iba a dejar el ansia?

Mi infancia, debido a los miedos y a las prohibiciones se complicó, y me gané, junto a la burla de mis compañeros, el estigma de rara.

Solía encontrar sobre mi mesa unas tijeras abiertas, o un trozo de pan boca abajo, y en los cajones, a días alternos, bichos muertos. Chillaba y me expulsaban de la clase entre las risas de los otros niños. Me sentía atrapada por una fuerza oscura de la cual no conseguía alejarme.

 No cruzaba nunca debajo de una escalera, aunque tuviera que dar un rodeo larguísimo. Si se derramaba sal en la mesa, tenía que coger un puñado y echarlo por encima del lado izquierdo de mi hombro. En la calle era peor, si avistaba un jorobado me quedaba tranquila, aquel día tendría suerte; pero si era mujer no paraba hasta alcanzarla y tocarle la chepa.

Al salir del portal, siempre adelantaba el pie derecho, más de una vez me había tropezado.  El tres era mi numero fetiche. Tres eran las vueltas que daba a la cerradura al abrir y al cerrar, ni una más. En el frigorífico los cartones de leche eran tres, así como los dentífricos en el armarito del cuarto de baño, y en el bolso siempre tres lazos azules.  Pensé seriamente acudir a una de las sesiones de control mental, luego pensé que si había trece en la sala tendría que irme y descarté la idea.

El día aquél en el que a mi madre se le rompió el espejo del salón cambió nuestra vida. Se lo había colocado la suegra en contra de sus deseos. Limpiándolo con más fuerza de lo habitual se escurrió y se agarró a el.

No le importó la sangre que brotaba de su cuero cabelludo, ni el susto que nos dio a todos. Solo quería contar los trozos. Contó y lloró como si hubiera perdido a un hijo. Al valorar los fragmentos de vidrio, con voz entrecortada, confesó que le esperaban muchos años de calamidades según la teoría de la abuela.

Mi padre se murió al mes en su coche pasando por un puente que se derrumbó. A partir de entonces tuvimos serios problemas económicos. Alquilamos una casa más pequeña y bastante lejos de la escuela. Perdí a la única amiga que tenía, Fortunata, y los parientes desaparecieron. Mi hermano se enroló en el ejército y a mí me operaron de urgencia de una peritonitis. No había un día sin lágrimas en nuestra casa.

Cada vez que mi madre pasaba frente a la fotografía de mi padre se santiguaba y decía:

  • Ya ves, Ernesto, cómo estamos, por tu cabezonería en dejar a tu madre colocar el espejo en el salón.

Todo esto me reforzó en mis creencias, y en la idea de que el mundo había sido terriblemente injusto con nosotros. Hasta que conocí a un periodista que llevaba un llavero con la forma de un trébol verde. Supe al instante que me traería suerte.

Me enamoré de él, no dejé que me besara hasta poder contarle los detalles de nuestra desafortunada vida y de nuestros límites patológicos. Se echó a reír: – yo te quitaré todo esto – le dijo estrechándome en sus brazos.

  • Son todas supersticiones, cariño, no existe la mala suerte, antes o después todos sufrimos. El verdadero secreto de la vida es afrontar lo que te pasa sin miedo. El miedo te bloquea. De todas formas, conozco una curandera brasileira, a ver que nos dice.

 Al día siguiente me llevó a verla, no tenía pinta de adivina, nos hizo sentar alrededor de una mesa camilla, fijó una bola de cristal donde yo no veía nada y al rato sentenció:

  • Os voy a dar un remedio para que seáis felices para siempre.

  Teníamos que comprar un candado, colocarlo en un barreño lleno de aceite y justo a continuación, hervirlo con hojas de albahaca. Nos explicó que, así como el olor de la albahaca tenía el poder de alejar los mosquitos, también ahuyentaría los malos espíritus mientras el candado los encerraría para siempre.

 No sé por qué la vida empezó a sonreírme desde aquella tarde, pese a que no apliqué en seguida  el remedio. Al pasar delante de un espejo me aproximaba sin temor a romperlo, si veía un gato negro cruzaba la calle antes que nadie y estaba feliz. Pasó un mes y algo me decía que el conjuro no podría durar para siempre. El, mi periodista mágico, juraba amarme y que iba a casarse conmigo.

 No podía correr riesgos, necesitaba el hechizo ya.

Todas las demás supersticiones, queriendo, podían disimularse, pero mi terror a una mujer con escoba era demasiado evidente. Si algún día me barrieran los pies me quedaría soltera como la tía Emilia. Un día de sol abrasador, al salir a la calle, vi unos reflejos anaranjados encima de una ferretería que siempre estuvo allí, aunque nunca había reparado en ella. Entré y compré un candado. En la frutería de al lado, fue difícil explicar al chino que quería unas hojas de albahaca, pero lo conseguí, luego cogí una botella de aceite del estante, pagué y volví hacía casa. Subí la escalera llena de dudas y de dos en dos, quería darme prisa. ¿Y si conmigo no funcionaba?

 Justo en frente de mi descansillo estaba la portera con la escoba. Retrocedí y me resbalé, la bolsa se cayó al suelo y el aceite empezó a derramarse. ¡Oh no!, protesté. La portera con toda su buena voluntad la recogió, y barrió la mancha de aceite pasando el cepillo sobre mis zapatos. Ni le di las gracias, la miré con odio, abrí la puerta como pude y la cerré delante de sus narices. Aún quedaba un poco de aceite. Dos señales de mala suerte. Era demasiado. Pero le quería y el amor es optimista.  El aceite que quedó lo puse en una sartén, junto con el candado y la albahaca, encendí el fuego. Hirvió, inhalé su olor cálido, las fosas nasales se impregnaron y distribuyeron el aroma entre las neuronas.

Me desperté rodeada de blanco y gris, cubierta de vendas como una momia egipcia, me sentía la piel acartonada, y sin embargo ardiente y dolorida, solo una parte de mis ojos conseguían entrever un gotero. En seguida caí en la cuenta, nos habíamos quemado la cocina y yo. Claro, la culpa era del aceite derramado. Ahora sí que me iba a quedar definitivamente sola.  Entonces me fijé en que algo brillaba al final de la botella de suero. Un llavero con forma de un trébol verde.

Relato breve escrito por Matilde Tricario

“La verja del jardín” …. José Luis Recio

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La casa pobre con verja en el jardin

Sentada en frente de una casita de ladrillo y yeso, donde vive con sus padres, una niña de 6 años, de ojos almendrados y pelo negro rizado, se entretiene haciendo ramitos de flores silvestres. A corta distancia de su casa corre un riachuelo de corriente rápida. Este estrecho rio, donde los niños gustan de pescar la trucha, es conocido por la gente del lugar como Il confine acquoso, porque su curso limita los anchos olivares, donde los temporeros trabajan y viven en sus humildes estancias, de la zona urbana donde los ricos tienen sus residencias. Varios pequeños puentes de madera facilitan el tránsito entre estas dos zonas limítrofes.

Al final de los años 40, los braceros que algunos terratenientes italianos empleaban para la recolección de la aceituna llegaban desde países lejanos, de lugares empobrecidos por las guerras. Llegaban en tren, viajando en compartimentos de tercera clase —algunas familias traían a sus hijos— y retornaban a sus lugares de origen con las primeras heladas. En ocasiones, alguna familia se quedaba.

A esta niña le gusta deambular, le encanta sobre todo cruzar el rio y husmear en las casas de los ricos. En este momento, ella está parada afuera de la verja de una mansión, en cuyo jardín de adentro hay otra niña que está jugando. Debemos ser de la misma edad, la niña de los ojos almendrados calcula. Ella sigue allí de pie, mirando a la otra niña hasta que algo—el vuelo de un grajo o una ráfaga de viento—hace que la distraiga, y ella se marcha.

Andando de vuelta a casa, la niña de los ojos almendrados se imagina que es rica como la niña del otro lado de la verja. Se pregunta por qué ella no lo es, pero la respuesta le elude como un lagarto que ahora corre sobre el sendero y enseguida desaparece. A ella le gustaría que todas las cosas se mostraran plenamente, como el ramillete de flores que lleva en la mano: flores blancas, rojas y rosáceas.

— ¿Por qué nosotros no somos ricos? —le pregunta a sus padres.

—Tu madre y yo vinimos a estas tierras cuando tú todavía tenías los dientes de leche —dice su padre— Trabajamos, varilla en mano, sacudiendo las ramas de los olivos y recogiendo las aceitunas que caen, surco a surco y día a día durante la temporada de calor. El hacerse rico lleva mucho tiempo.

La niña se queda mirando a su padre con cara de no entender muy bien lo que le está diciendo, mientras que la madre parece reflexionar sobre qué estará su hija pensando.

  • Nosotros hacemos lo que podemos para seguir viviendo aquí y que tú puedas ir a una buena escuela —dice.

La niña pone una mirada distante en sus ojos almendrados.

  • Cada cual posee lo que posee —dice el padre.

La niña mira a su padre con cara de curiosidad.

  • ¿Pero por qué no somos ricos? —pregunta.

Los padres tardan en darle una respuesta y ese retraso hace que la niña pierda interés.

Sin entender mucho de qué va la cosa, sale de la casuca y se sienta afuera de la puerta, agradecida por el calorcillo de un pálido sol de diciembre después del frio de la noche, y comienza a formar ramilletes con las flores que había recogido: flores de ciclamen, pensamientos y margaritas.

Cuando la madre despierta a su hija a la mañana siguiente, pone una muñeca de trapo, que ella ha confeccionado, en sus brazos.

          —Babbo Natale dejó esta muñeca en la chimenea para ti. Feliz navidad! —dice.

          Una expresión de ternura y cariño asoma en los ojos de la niña, quien besa y acuna a la muñeca, y sonríe a su madre, y piensa en la niña rica de la mansión. El padre observa la escena desde la mesa de la cocina con alegría.

  • Si sacas la muñeca a la calle para jugar, procura arroparla con alguno de los paños de cocina y no te alejes mucho de la casa —le dice, y la niña afirma con la cabeza.
  • Está nevando —dice la madre con una sonrisa.

La niña sale a la calle y juega con su muñeca todo el día. Los árboles, los tejados, el paisaje, todo aparece blanco y voluminoso. Sus ojos se entrecierran cuando el reflejo del sol en la nieve alcanza su cara, pero ella no quiere perderse nada de lo que ve a su alrededor. Cuando se da cuenta de que pronto va a oscurecer, decide ir a visitar a la niña adinerada.

 A pesar del consejo de su padre, ella se aventura a cruzar el puente. Cuando llega a la verja del jardín, se sorprende de ver que éste se ve envuelto en una luz amarillenta y misteriosa que se desprende de un farol de madera con paredes de cristal y que dentro contiene un velón. El farol tiene un sombrero de nieve y está anclado al suelo por medio de una estaca; se pregunta quién lo habrá colocado allí. En esta luz amarillenta la niña adinerada y sus amiguitos juegan con juguetes lujosos. La escena le recuerda los cuentos de hadas que su mamá le lee antes de dormir. Ella observa, allí parada de pie, pero siente que la niña rica no se va  a acercar a la verja, y los pies se le están quedando fríos.

  • Cada cual posee lo que posee —le dice a su muñeca y se apresura a volver a su  casa.
La niña con juguetes

 Relato Breve escrito por José Luis Recio                                                           

* El original en inglés se publicó en la revista literaria ¨With Painted Words¨, Diciembre 2018. 

“Extraños en la oficina”… Mary Carmen Caballero

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Noa mira por la ventana mientras los compañeros de oficina teclean concentrados en sus pantallas sin apenas moverse. Cada mañana el ritmo en la oficina es frenético, nadie se puede distraer, y mucho menos ella que acaba de revalidar su cargo. Han sido meses duros de intensa formación, de madrugadas imposibles y de un montón de cafés, de nevera vacía y de comidas en cualquier restaurante de menú diario. Pero, ha merecido la pena, su presentación fue brillante y dejó aniquilados a los otros tres rivales que optaban a su mismo puesto. Solo flaqueó una décima de segundo en la entrevista definitiva cuando, cara a cara con el otro candidato finalista, percibió en su mirada un destello de superioridad. Los jefes, sentados al fondo de la mesa kilométrica que imponía con su tamaño las diferencias de estatus, no lo percibieron y eso a ella le benefició.

Pero Noa, supo de su vacilación. La mirada dilatada de aquel hombre con el que cada mañana subía en el ascensor, concentrado siempre en su móvil, consultando esa pantalla en la que ella intuía más Instagram o Facebook que cotizaciones o ventas, consiguió por unos segundos que se desconcentrara y que su intervención sólida y bien justificada, se viese interrumpida por un pequeño carraspeo y una imperceptible disculpa. El hombre con el que se batía en duelo por el mismo puesto de dirección la observaba desde el otro lado de la mesa con la altanería del que se sabe superior.

A ella no le sorprendió que también optase a la promoción. Sabía de sus méritos, no en vano fue ella quien le entrevistó para el puesto vacante de la empresa, y quien finalmente aprobó su incorporación. Pero, desde que empezó a trabajar con él, la relación fue fría, él la ignoraba completamente y cuando se sentía en la obligación de responder o de asistir a alguna de las reuniones que Noa convocaba siempre permanecía callado y distante, como si le molestase que le hubiesen sacado de su rutina, entonces se dedicaba a mirar su ordenador sin el más mínimo pudor y sin ningún atisbo de colaboración.

Ahora que nuevamente ha conseguido vencer Noa, lejos de sentirse segura, duda ante cada nueva decisión que debe tomar. Cuando firma un nuevo acuerdo solo piensa en los riesgos que asume, nunca en los beneficios que aporta a la empresa; o, cuando consigue un buen resultado se lamenta de que este que no haya sido aún mejor. Noa mira por la ventana, aunque en realidad solo se fija en el cristal que, a modo de espejo transparente, desvela impúdico todo lo que ocurre detrás de ella. Noa fija su atención en él y descubre durante unos segundos la mirada de vidrio que él le sostiene desde su espalda. Pero cuando ella se gira, él aporrea a velocidad de vértigo el teclado de su ordenador, ajeno a cualquier conato de comunicación.

Noa se acerca hasta la mesa de él y le convoca apremiante a una reunión urgente en su despacho, dos destellos intensos de unas pupilas gélidas la hacen vacilar, aunque reacciona aferrándose a los informes que agita ante él y que le lanza al vuelo en un gesto implacable de autoridad.

En el despacho, pertrechada detrás de las tres pantallas que ocupan su mesa, lo observa con delectación. Desde que ha entrado en sus dominios él se siente incómodo, extraño en un hábitat que no es el suyo aunque para irritación de Noa sin perder un ápice de su empoderamiento. Noa se escucha a sí misma hablar de cotizaciones, de beneficios y de costes, su voz es firme, marcando claramente una frontera acústica entre ella y el subordinado de mirada enigmática. Él la escucha desde lejos manteniéndose ligeramente recostado sobre la puerta que permanece entreabierta. Ante algunas de las indicaciones de Noa asiente con la displicencia evidente del que frente a un superior no le queda otro remedio que tragar con cualquier propuesta por absurda e insostenible que le parezca. De vez en cuando se atusa el pelo en movimientos cronométricos y exactos, un tic que exaspera a Noa, y responde de manera escueta ante las preguntas directas que ella inmisericorde formula.

Noa lo observa desde el desconcierto que le produce su enigmática altanería, todo en él la perturba: su traje desfasado pero que marca un cuerpo que ella intuye musculoso y que le confiere una prestancia innata que la descoloca, sus manos que sostienen con dejadez los informes que ella le dejó y que muestran unos dedos finos de una manicura perfecta y sus ojos impenetrables y algo fríos. Inmóvil frente a ella, mira de vez en cuando el reloj en un evidente signo de incomodidad y prisa.

Noa se empieza a sentir perdida en su propio despacho y entre sus cosas, poco a poco asume internamente su derrota a pesar del cargo, su valía se diluye ante aquel extraño que se infiltró en la empresa y en su vida gracias a ella misma. De pronto, las repuestas esquivas, la consulta permanente de la hora y esa mirada evasiva tan peculiar, forman en la mente de Noa una combinación explosiva, siente un acceso de ira incontrolada que le sube desde el estómago sin que lo pueda reprimir.

Sin ser dueña de sus actos se levanta bruscamente y, sin dar ninguna posibilidad de réplica ni de huida, le echa por encima el agua de una de las botellas que están en la mesa supletoria al lado de la puerta,  ahí siempre hay algunas con agua bien fría por si en las reuniones alguien siente la imperiosa necesidad de beber.

 

 

 

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

“Un dicho popular” …José L. Recio

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indecisión

Hace muchos años, cuando yo era niño, algunas veces oía a mi madre decir una expresión que yo no entendía: Entre Pinto y Valdemoro.

  • ¿Qué quiere decir eso? –le pregunté un día.
  • Pinto y Valdemoro eran dos pueblitos de la provincia de Madrid que estaban  separados por un arroyuelo –me dijo. — La leyenda cuenta que un día un borracho caminando a lo largo de los bordes del arroyuelo con paso indeciso iba diciendo: ´Ahora estoy en Pinto, y ahora en Valdemoro´, según cruzaba el cauce de un lado al otro hasta que se cayó en el agua. Entonces exclamó: ´Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro´.

Aún de niño, una vez que yo supe el significado de la expresión, pensé que tenía sentido el modo como mi madre la utilizaba para referirse a ciertas situaciones de incertidumbre. Pero al pasar del tiempo, cuando crecí y terminé mis estudios y me independicé, no volví a oír el dicho o a usarlo yo mismo y me olvidé de la expresión.

Sin embargo, hace algunos veranos, Deborah, mi mujer, y yo viajamos a España desde California, donde vivimos, para visitar a mi madre, viuda desde mucho antes, que entonces había cumplido 91 años. En aquella ocasión, ella nos invitó a comer en su casa, en compañía de una sobrina suya, ya metida en años, y una amiga de siempre, dos años más joven que mi madre. Comimos pollo asado, patatas fritas, ensalada, fruta, pasteles, y tomamos café.

Deborah y yo disfrutábamos de ese tipo de reuniones familiares alrededor de la mesa, siempre que visitábamos a mi madre, porque estaban llenas de contraste y entretenimiento. Las cinco personas que nos reunimos en aquella ocasión constituíamos un grupo bilingüe, bicultural y perteneciente a tres generaciones. Cuando en el curso de la conversación tropezábamos con alguna expresión idiomática, como, por ejemplo, incluida en algún chiste, yo hacía de intérprete, del español al inglés o viceversa, para que todo el mundo se enterara.

  • Pienso jubilarme el año que viene, y Deborah y yo planeamos venir a vivir a  España –dije yo aquel día en la sobremesa.

              Tanto mi madre como su sobrina y su amiga aguzaron el oído ante la expectativa de que pronto iban a tenernos cerca, pues nos querían mucho.

  • Pero todavía no estamos seguro de ello –Deborah apuntaló.
  • Así que vuestro plan está entre Pinto y Valdemoro –dijo mi madre.
  • ¿Qué ha dicho? –preguntó Deborah, quien no había oído esa expresión antes,  volviéndose hacia mí para que se lo tradujera.
  • Lo que mi madre quiere decir es que estamos indecisos –dije.
  • ¿Cómo es eso? –Deborah preguntó.
  • ¿Qué dice Deborah? –mi madre quería también saber.
  • Ella no entiende el significado de tu expresión –dije.

Entonces mi madre contó la historia otra vez. Deborah la entendió, pero dijo que en su  parecer, el mensaje no quería decir indecisión.

¿Pues cuál es tu interpretación? –le pregunté.

El caminante en esa historia estaba borracho, no indeciso, y perdió el equilibrio –contestó.

¿Qué está diciendo Deborah? –preguntó mi madre.

Ella dice que tu historia de Pinto y Valdemoro no indica indecisión –contesté.

Pues eso es lo que toda la vida se ha querido decir por medio de ese dicho y nadie lo ha puesto en duda. ¿Por qué ella piensa que no es así?

              Yo dije que en la opinión de mi mujer, el hombre caminaba borracho y perdió el equilibrio debido al efecto del alcohol y no a que estuviera indeciso.

indecisión
  • Pero eso es como dar lo blanco por negro. El dicho significa lo que significa,  indecisión, no falta de equilibrio –mi madre replicó.
  • ¡Ah! –Deborah exclamó después que yo le interpreté las palabras de mi madre.
  • Yo creo que hay veces en que las cosas no son lo que parecen.
  • ¿De verdad? Como por ejemplo qué –mi madre le retó.
  • Bueno, pues justamente hace unos días, antes de venir esta vez a España, yo visité  un museo en California que tiene un pequeño parque. Como de costumbre allí, el día estaba soleado. Me detuve por un momento enfrente de un jardín para contemplar los narcisos, algunos eran blancos y otros amarillos, y otras flores de diferentes colores y tamaños. A primera vista el jardín parecía estar lleno de flores, hasta que me di cuenta de que no todo eran flores. No me pude contener y dije en voz alta: ”En este día tan brillante, ¿quién podría confundiros, inmóviles caballitos del diablo, por las lindas flores?”.

Cuando yo traduje, palabra por palabra, lo que Deborah acababa de decir, todo el mundo lo entendió y se acabó la discusión.

…..

Relato Breve escrito por José L. Recio

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