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“Parpadeo”… Mary Carmen Caballero

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No hay nada, tan solo una soledad letal y corrosiva que anega mis entrañas. Es raro, todo a mi alrededor permanece contagiado de tristeza. Busco en los rostros de algunos de los que me rodean la mirada cómplice de la comprensión, pero es absurdo nadie se fija en mí.

Sigo la rutina de todos los días, el recorrido en metro que repito machaconamente cada mañana cuando me dirijo al trabajo. Muchos rostros me son  familiares, algunos de esos pasajeros anónimos, tan anónimos como yo, alguna vez, en alguna ocasión del todo fortuita y casual, han cruzado conmigo una mirada efímera y hasta he creído entrever un esbozo de sonrisa fugaz a modo de saludo tácito y breve. Sin embargo, hoy nadie se fija en mí. Ni en la mirada acuosa de mis ojos, ni en el cansancio moral que me invade hasta el punto de sentir mis piernas de plastilina como si en cualquier momento se fueran a partir y a lanzarme irremediablemente contra el suelo. El traqueteo del tren agita mi interior como si fuera una batidora. También mis pensamientos. Más

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“La fotografía”… Mary Carmen Caballero

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Viento azul en su camisa blanca, su sonrisa estancada en la eternidad inmóvil de los que no están. Observo más de cerca su rostro, no hay ninguna modificación en sus rasgos, ni los producidos por el tiempo ni, tampoco, restos de los que se moldean con las erosiones de los sentimientos. Simplemente permanece igual, con la mirada perdida en los recuerdos que no llegaron y en las caricias que no me dio. Más

“Frío”… Mary Carmen

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Hombre solo

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Frío. Frío en la cara, en las manos y en el cuello. Sólo siento frío.

Abro la puerta y la soledad de mi apartamento me recuerda una vez más que ella ya no está. No veo las llaves en el aparador de la entrada. Tampoco el abrigo tirado encima del sofá, ni sus papeles sobre la mesa del comedor junto al horrible florero de Bohemia que nos regaló su hermana como suvenir de su último viaje a Praga. Más

“Niños del agua”… Mary Carmen

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bathingApenas sobrevivían unos segundos después de abandonar el líquido amniótico si no los sumergían rápido en agua. Al principio los niños morían irremediablemente porque a nadie se le ocurrió pensar que la única forma de salvarlos era ahogarlos. Pero, desde que una vez a alguna matrona avispada se le ocurrió la feliz idea, de forma un tanto instintiva, de meter con rapidez a uno de estos niños en cualquier líquido, los niños lograron vivir. Como ella, Marina. Más

“Una tarde de playa” …Merche Postigo

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.Soroya y la playa

Entró a la playa por detrás, por donde antes entraban los amantes nocturnos. Silencioso. Se aproximó a la orilla. Cuando las olas saludaron los pies, él las evitó con desaire. Con su mano apoyada en la frente oteó el horizonte. Yo solo podía ver su espalda. Todo presagiaba una buena tarde de playa. Prometía bien. Se giró, observaba el horizonte del poniente. La playa enmudeció mientras el sol seguía su camino. Un aire frío congeló la calima. Los niños enmudecieron, dejaron sus juegos, las palas y calderitos de colores fueron abandonados en las almenas de los castillos, las parejas jóvenes cesaron los besos y arrumacos, y los matrimonios viejos finalizaron sus discusiones. Lo miré , no tenia miedo, o quizás si. Admiré a ese hombre. Su rostro amarillo con tintes cenizos ocultaba su primer día de playa. El cabello negro y ralo, le caía por la frente dejando a penas ver sus ojos. Estos atrajeron los míos. Eran pequeños, redondos y penetrantes. Dos agujeros negros que delimitaban su nariz, el punto de equilibrio. Apenas si se movían, miraban sin destino. Rodeados de un antifaz negro, circunferencias perfectas y asimétricas. Le hacían parecer un extraño. ¡Juro que los ojos estaban huecos!. Detrás de ellos adiviné tristeza aderezada con abandono. O quizás no. Me devolvió la mirada agrandada de vacío. Bajé los ojos al suelo algo azorada, incluso ruborizada. El joven extendió la toalla a escasos centímetros de la mía. Apoyó su espalda en la suave arena y cerró la mirada, pensando en mí. ¡Estoy segura!. Rápidamente los niños volvieron a jugar. Sus calderitos de colores con palas retomaron las murallas de los castillos. Las parejas jóvenes volvieron a unir sus lenguas en bellos y deliciosos besos. Solo los viejos matrimonios evitaron iniciar sus discusiones, nunca supe por qué, y todos lo agradecieron. El calor volvió a la playa, yo me tumbé. Con los ojos cerrados, observando el cielo. No podía dejar de mirarlo y me imbuí en el sopor de la tarde. Más

“Sesenta Acres” …Raymond Carver

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Análisis del relato de Raymond Carver “Sesenta Acres” incluido en el libro “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?” traducido al español por Jesús Zulaika.

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Raymond Carver.

En las historias de Biografia de Raymond Carver no hay grandes acontecimientos, ni grandes revelaciones, y normalmente en sus relatos, ni siquiera hay grandes finales, aunque siempre hay un gran desarrollo. Pero este relato, “Sesenta Acres”,  es una excepción…. Cómo no podría ser de otra manera, este relato tiene un desarrollo genial, a pesar de que cuenta una historia simple, exenta de grandes acontecimientos. Pero, y además, en este caso Carver cierra el relato de forma demoledora, simplemente genial. Más

“Querido papá” …Pepe Marquina

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Querido Papá

Aquel jueves te levantaste muy temprano y me diste un besito antes de irte al tren. Yo, aunque estaba dormidita, también te di un beso. Me dijiste que por la tarde me llevarías a los columpios, me comprarías chucherías, y que vendrías pronto.

Desde ese día no te he vuelto a ver y mamá está muy triste.

El teléfono ha sonado más veces que nunca. Han llamado dos presidentes de Gobierno, casi todas las emisoras de radio y cadenas de televisión, muchos de tus antiguos alumnos, miembros de la familia real, muchas personas anónimas,  el defensor del pueblo, los periódicos locales y nacionales, antiguos compañeros de Universidad cuando vieron tu foto impresa…

Por la noche duermo mal, pero me abrazo a la última muñeca que me regalaste. Durante el día  todas las personas se empeñan en que te olvide, pero yo siempre me acuerdo de ti. Tengo muchas ganas de verte.

He pasado por el parque. He visto los columpios. Están tristes. Papá, nos están esperando.

Los primeros días mamá me decía que tenías mucho trabajo y cuando llegabas yo estaba en la cama. Hoy me ha dicho que te has ido al cielo…, pero yo no me lo creo.

Han venido muchas personas a nuestra casa:  el alcalde, tus compañeros de trabajo, algunos concejales, Antonio, el carnicero, tus amigos de la partida de cartas, toda la familia, vecinos y vecinas que yo no conocía y que nunca había visto, Oscar, el del kiosko, y tantos y tantos.

Ha venido un río de personas a casa, pero yo sólo quiero que vengas tú, porque estamos sobreviviendo en un mar de lágrimas. Por favor papá,

VUELVE PRONTO

Querido Papá

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Relato Breve escrito por Pepe Marquina – Incluido en el libro de relatos “Invité a los caracoles a soñar con la primavera”

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