hormiga

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La culpa fue de las hormigas. Invadieron primero el invernadero, después la cocina y, por último, los dormitorios y hasta la buhardilla. Su entrada fue sigilosa, alguna pequeña hormiguilla acarreando con toda dificultad una miga de pan olvidado que triplicaba su peso. Sin apenas darme tiempo a reaccionar se sucedieron los pequeños boquetes al lado de la pared, entre el rodapié y las baldosas. Luego se las vio aparecer saliendo en bandadas desiguales de la tierra de las macetas. Invadieron los armarios, hicieron de los bolsillos de la ropa su mejor guarida y provocaron un devastador efecto llamada, a tenor de las ingentes proporciones de comida que encontraron en la despensa. Más

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