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“Valor poliédrico”… Mary Carmen

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chicos

Tono miró una vez más el papel y se fijó en el recuadro en el que debía firmar. Las letras se le enmarañaban en un manchón negro. Como su existencia.

Ismail llegó hacía cinco años, un lustro como le gustaba decir cuando se ponía pedante. A ciencia cierta nunca supo de dónde vino, tan sólo que se instaló en su vida con la decisión del que sabe que se quedará la eternidad de un instante. Más

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“Contagios” V I I I …Texto colectivo a 18 manos

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Octavo Relato de la serie “Contagios” Escrito por Merche Postigo

catherine abel

LOS MOSQUITOS RODEABAN CON ANSIA LA MALLA QUE LA PROTEGÍA. El espacio vital disponible debajo de la lona verde que cubría la tienda de Isabel estaba secuestrado por una nube de mosquitos. A pesar de ello seguíamos dentro de su tienda, el equipo al completo ocupaba ese espacio. La tienda era la más grande del campamento, pero apenas si podíamos movernos dentro. Éramos muchos los integrantes de la expedición. También estaban los porteadores, los nativos del norte de Kenia.  Además nos acompañaban los guerreros Masai, unos originales protectores de las bestias, que amenizaban las oscuras noches en la selva con sus danzas y extravagantes saltos. Y allí estábamos nosotros, los investigadores, los organizadores de la expedición al corazón de África. Nosotros, los estudiosos de la malaria que permanecíamos dentro de la tienda de Isabel asombrados por su incomprensible comportamiento. Ella, la bióloga más laureada de la facultad, permanecía agazapada en su catre. Isabel, la joven expedicionaria, estaba asustada y se escondida dentro de la fina y tupida malla blanca que colgaba del techo de su tienda protegiéndola de los mosquitos.

Llevábamos dos semanas en el interior de la selva africana, soportando la humedad, los aullidos de las bestias salvajes, que rodeaban en silencio el campamento a cada momento, y las extravagancias de nuestra querida Isabel. Ella había comenzado a desvariar apenas alzamos la primera lona de su tienda. Cuando la suya estuvo dispuesta ella se paralizó instalándose dentro. No supimos el motivo de su arranque, pero tampoco nos atrevimos a preguntar. Decidimos dejar que sus fobias fluyeran solas, como la lluvia. La persistente lluvia que inundaba el campamento cada noche. La lluvia que alentaba a los mosquitos nocturnos a visitarnos y que tanto parecían asustarla.

Todos la queríamos y deseábamos que saliera de la tienda, que abandonara la malla. Pero Isabel, mujer frágil y testaruda en la misma proporción, había decidido pasar su ciclo en África dentro de la tienda verde contando los días que faltaban para abandonar la selva. El sexto día Isabel comenzó a obsesionarle también la idea de perdernos en el verde salvaje, y a partir de ese momento estableció una nueva excentricidad en el campamento. Cada mañana, antes del desayuno, era obligatorio reunirnos dentro de su tienda, alrededor de la malla blanca, y entonces comenzaba a contarnos. Siempre utilizaba el mismo orden para contarnos, era metódica y nos nombraba a cada uno después del otro. Primero enumeraba a los porteadores. Después los guerreros “Masai”, y más tarde entrabamos en la cuenta el resto de la expedición.

Cuando comenzó la tercera semana en la selva, y durante una de las fases del conteo matutino, ocurrió algo diferente. Algo que mandó al traste la locura de Isabel. Cuando empezó con su cuenta, justo al nombrar al primer porteador, escuchamos un fuerte rugido. Un aullido que nos pilló a todos desprevenidos. Parecía la llamada de un león macho y sonaba cerca, muy cerca. Por unos segundos, Isabel enmudeció y abandonó la cuenta. Aprovechamos este descuido para salir de forma apresurada de la tienda al grito de “muerte al león”. Una vez fuera del recinto del campamento, pudimos comprobar que las lluvias nocturnas habían convertido en ríos los caminos. Resultaba muy complicado moverse por entre la maleza, además las sombras de los árboles nos devolvían los rugidos y sus frondosas ramas nos envolvían de miedo. Nos dimos por vencidos ante la evidencia. Sería imposible encontrar a ese león, ni siquiera sabíamos si el león era real o fruto de nuestro deseo de salir corriendo. Solo había pasado una hora desde que abandonamos a Isabel y decidimos volver. Entramos en su tienda, desanimados, con la cabeza baja y el rabo entre las piernas. Ella nos miró con un regocijo algo contenido y continuó con la rutina del conteo Y ENTONCES NOS DIMOS CUENTA DE QUE FALTABA UNO.

Henri Rosseau

Continuara…..

“Contagios” I I … Texto colectivo a 18 manos

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Segundo Relato de la serie “Contagios” Escrito por Lucía Dalmau

Mujer con perro

 

 ¿QUÉ SE YO QUÉ ES EL AMOR O SI TE QUIERO O NO?.No me mires con esa cara de perrito abandonado. No lo sé. Fuera. Cada vez que te acercas, la inercia me lanza sobre ti. Aire ¿No era lo que querías mientras corrías en el parque huyendo de mí para que no te encontrara? Pero te has asustado ¿Verdad? Y me has encontrado persiguiendo tu prodigioso olfato en el escondite donde nos conocimos, detrás de este árbol desnudo. ¿Lo recuerdas? Ese día luché por ti entre todas esas mujeres que revoloteaban a tu alrededor. Todavía no sé por qué yo. Supongo que te oliste que era una presa fácil.

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“Contagios” I … Texto colectivo a 18 manos

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Primer Relato de la serie “Contagios” Escrito por Victoria Alonso

parada de autobus

COGIÓ LA TUBERCULOSIS ESPERANDO EL AUTOBÚS.

Cuando le diagnosticaron la enfermedad no tuvo dudas. De repente comenzó a odiar vehementemente al chico de ojos vidriosos que le había tosido encima sin protección cuando se le acercó al entrar al autobús.

Estaba exasperada, iracunda la gente no tenía respeto por los demás. No se puede andar con un virus de este tipo cogiendo autobuses como si nada.

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