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“Parpadeo”… Mary Carmen Caballero

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No hay nada, tan solo una soledad letal y corrosiva que anega mis entrañas. Es raro, todo a mi alrededor permanece contagiado de tristeza. Busco en los rostros de algunos de los que me rodean la mirada cómplice de la comprensión, pero es absurdo nadie se fija en mí.

Sigo la rutina de todos los días, el recorrido en metro que repito machaconamente cada mañana cuando me dirijo al trabajo. Muchos rostros me son  familiares, algunos de esos pasajeros anónimos, tan anónimos como yo, alguna vez, en alguna ocasión del todo fortuita y casual, han cruzado conmigo una mirada efímera y hasta he creído entrever un esbozo de sonrisa fugaz a modo de saludo tácito y breve. Sin embargo, hoy nadie se fija en mí. Ni en la mirada acuosa de mis ojos, ni en el cansancio moral que me invade hasta el punto de sentir mis piernas de plastilina como si en cualquier momento se fueran a partir y a lanzarme irremediablemente contra el suelo. El traqueteo del tren agita mi interior como si fuera una batidora. También mis pensamientos. Más

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“El secreto”… Mary Carmen Caballero

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mujer andando

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No me quise quedar con su olvido, tampoco con su recuerdo. Se marchó para siempre, al menos eso creía yo, el día que por fin no fui capaz de recordar con exactitud el ritmo de sus pisadas y que ya no me afectó la profundidad de su mirada.

La encontré una mañana cualquiera, es asombroso cómo la memoria juega de manera aleatoria con los recuerdos.  Tal vez, no fue una mañana, quizás todo ocurrió en una de esas tardes en las que el verano se niega a doblegarse ante la llegada inminente del otoño. En esas tardes en las que hay un derroche de luz y de colores, cuando las hojas, antes de rendirse en caída precipitada hacia el suelo, se tiñen de colores ocres. Lo que sí sé es que éramos muy jóvenes, tanto que aún creíamos en la eternidad de los momentos y en la inquebrantabilidad de las promesas. Eran otros tiempos.  Más

“El baño del recuerdo” …Matilde Tricarico

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bañera con borde sucio

El gato atigrado, justo allí, encima del televisor. Sé que no me va a comer, aunque me da algo de miedo.

El  lavabo sucio, la bañera con reborde negro, una bayeta en la mano. ¿Qué hago mirando el cuarto de baño?

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“Quién no te conozca…”… Pepe Marquina

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Fragmento de un artículo político,  de Julio Collado en el que concluye con este cuento que nos recuerda de forma oportuna.

“Tres   estudiantes   sopistas (estudiantes universitarios sin recursos económicos que rondaban bares y tabernas entregando su música y simpatía a cambio de un humilde plato llamado sopa boba)  llegaron   a   un   pueblo   en   el   que había feria.

Uno de ellos propuso divertirse al ver a un burro  sacando agua de una noria. Ponedme a la noria, dijo a los otros, y llevaos   el   burro,   que   venderéis   en   el   Rastro   en   un   santiamén.

Dicho   y   hecho.   Desataron   al   borrico   y   se   lo   llevaron.   Cuando habían   desaparecido,   el   estudiante   que   hacía   de   burro   dejó   de mover la noria y se paró.

El hortelano, al que llamaban Cándido, miró  hacia la noria y se llevó una buena sorpresa al ver a un muchacho en vez de a su burro. Se acercó a él y exclamó,

¿qué es esto?

Y el estudiante le dijo:

– Mi amo, unas pícaras brujas me convirtieron en borrico; pero ya cumplí el tiempo de mi encantamiento y he vuelto a mi primitivo ser.

El pobre hortelano se desesperó. Pero, ¿qué había de hacer?

Le quitó los arreos y le dijo que se fuese con Dios. Y enseguida tomó tristemente el camino de la feria para comprar otro burro. El primero   que   le   ofrecieron   unos   gitanos   era   su   propio   borrico.

Apenas lo vio, echó a correr exclamando:

¡Quien no te conozca que te compre!”.

.quien no te conozca

Suelto escrito por Pepe Marquina

“Una camisa” … Medardo Fraile

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.Una camisa-Medardo fraile-pescadores..

Fermín Ulía, pobre y todo —desde su barrio pobre— había recorrido ya, si no los siete mares, al menos dos o tres. Es que su barrio estaba en cuesta y entre las ventanas de las casas la ropa iba secándose en drizas débiles que habían cambiado la vela por la camisa y el pañal. Es que en su barrio había trajín al alba y se rompían los amaneceres con farolillos. Es que Fermín era pescador. Iba, a diario, a esa gran fábrica de aceite de hígado de bacalao: al mar; a esa gran fábrica de fósforo.

, Más

“Frente a la ventana” … Merche Postigo

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.Frente a la ventana

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Añoraba, necesitaba, quería a cualquier coste, tener marido.

Y, si para ello tenia que abrirse de piernas, así lo haría.

Pobrecilla , murió en el acto.

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Micro Relato escrito por Merche Postigo

“Una tarde de playa” …Merche Postigo

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.Soroya y la playa

Entró a la playa por detrás, por donde antes entraban los amantes nocturnos. Silencioso. Se aproximó a la orilla. Cuando las olas saludaron los pies, él las evitó con desaire. Con su mano apoyada en la frente oteó el horizonte. Yo solo podía ver su espalda. Todo presagiaba una buena tarde de playa. Prometía bien. Se giró, observaba el horizonte del poniente. La playa enmudeció mientras el sol seguía su camino. Un aire frío congeló la calima. Los niños enmudecieron, dejaron sus juegos, las palas y calderitos de colores fueron abandonados en las almenas de los castillos, las parejas jóvenes cesaron los besos y arrumacos, y los matrimonios viejos finalizaron sus discusiones. Lo miré , no tenia miedo, o quizás si. Admiré a ese hombre. Su rostro amarillo con tintes cenizos ocultaba su primer día de playa. El cabello negro y ralo, le caía por la frente dejando a penas ver sus ojos. Estos atrajeron los míos. Eran pequeños, redondos y penetrantes. Dos agujeros negros que delimitaban su nariz, el punto de equilibrio. Apenas si se movían, miraban sin destino. Rodeados de un antifaz negro, circunferencias perfectas y asimétricas. Le hacían parecer un extraño. ¡Juro que los ojos estaban huecos!. Detrás de ellos adiviné tristeza aderezada con abandono. O quizás no. Me devolvió la mirada agrandada de vacío. Bajé los ojos al suelo algo azorada, incluso ruborizada. El joven extendió la toalla a escasos centímetros de la mía. Apoyó su espalda en la suave arena y cerró la mirada, pensando en mí. ¡Estoy segura!. Rápidamente los niños volvieron a jugar. Sus calderitos de colores con palas retomaron las murallas de los castillos. Las parejas jóvenes volvieron a unir sus lenguas en bellos y deliciosos besos. Solo los viejos matrimonios evitaron iniciar sus discusiones, nunca supe por qué, y todos lo agradecieron. El calor volvió a la playa, yo me tumbé. Con los ojos cerrados, observando el cielo. No podía dejar de mirarlo y me imbuí en el sopor de la tarde. Más

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