UN BALÓN DE COLORES (para Almudena)

Mi esposa decidió por la mañana que a la tarde nos acercaríamos hasta la tienda del pakistaní. A comprar fruta suficiente para toda la semana. Es la más alejada de todas. Está como a cuatro o cinco  manzanas de casa. Más allá del supermercado y el kiosco de prensa. Pero  es la que ella prefiere. Por algún motivo, está convencida de que tiene la mejor mercancía de todo el barrio. Claro que, a estas alturas sigue sin poder cargar peso. Desde la operación, no debe. Así, que intento disuadirla. Le digo que hay otras fruterías en la vecindad, casi tan buenas como esa y algo más cercanas. Ahí están por ejemplo las que llevan los chinos, que son más económicas. O las de los árabes, generalmente muy bien surtidas. Pero responde que no, que iremos a la del paquistaní, porque está segura de que es la fruta más fresca con diferencia. Es la mejor, insiste. Entonces yo, como de pasada, añado que aún me cuesta caminar. Que persiste el dolor de rodilla. Que no sé si debería. Pero en vista de su determinación, me resigno y exagero un esfuerzo ostensible para levantarme del sofá sin forzar demasiado la articulación. Un cartílago no se recupera tan fácilmente. Resoplo un poco, por si siguiera mirando, y me dispongo a plegar un par de bolsas ecológicas, de aquellas que ofrecían los establecimientos comerciales cuando la campaña contra las de plástico. Más