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“Un dicho popular” …José L. Recio

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indecisión

Hace muchos años, cuando yo era niño, algunas veces oía a mi madre decir una expresión que yo no entendía: Entre Pinto y Valdemoro.

  • ¿Qué quiere decir eso? –le pregunté un día.
  • Pinto y Valdemoro eran dos pueblitos de la provincia de Madrid que estaban  separados por un arroyuelo –me dijo. — La leyenda cuenta que un día un borracho caminando a lo largo de los bordes del arroyuelo con paso indeciso iba diciendo: ´Ahora estoy en Pinto, y ahora en Valdemoro´, según cruzaba el cauce de un lado al otro hasta que se cayó en el agua. Entonces exclamó: ´Ahora estoy entre Pinto y Valdemoro´.

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“Elogio inconsistente de la duda” …Alejandro Nanclares

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Relato breve escrito por : Alejandro Nanclares

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Camina y es la noche. Se para frente al agua; cruza.

Camina y, sobre él, discurre inagotable el tiempo sin mesura de la noche. Sigue.

Continúa, atraviesa, sigue.

Atraviesa como un pez de estanque toda esa negrura fluida, el cartílago licuado de esta noche desleída en un vaso de oscuridad. Se deja penetrar por su profundidad linfática, disuelta como tinta a lo largo de la calle interminable. Recorre con premura sus viales, sus aceras acuosas y vehementes persiguiendo a las sombras que siguen a su sombra; no alcanza su cintura. Su cabeza no consigue alcanzar su medio, tapar con el sombrero su corazón.

No es verdad, nada regresa. No resta sino perforar la perspectiva de la calle con la oblicuidad obstinada del cuerpo, que se arroja como un demente hacia el punto de fuga.

No lo imaginaba así.

Todo, todo se pierde, pero apenas encuentra resistencia en la enamorada tiniebla que se le abre impúdica de tan fácil. Tan repudiada que se entrega de corazón al primero que pasa. Igual que los extraviados, las putas o los suicidas.

Igual que él mismo.

Llega al río. A la orilla del río. A la orilla señal, frontera, límite, hito, confín, raya del río.

Se para frente al agua. Un minuto; sólo un minuto. Continúa, cruza.

Ahora entra, lo atraviesa andando, se sumerge.

La noche duplica la sima del cauce. Dos veces su esputo de tinieblas. Sigue, continúa, pero el légamo entorpece sus zapatos. Le detiene; ahora le paraliza. Manotea, lucha, forcejea… gime. Prisionero de las algas del fondo, es un esfuerzo inútil. Mira impotente hacia arriba, hacia el cielo subvertido de la superficie ¡Grita, grita! Toda el ansia se libera de golpe, entre burbujas.

Cierra los ojos. Piensa en el punto del sol, calcinado y magnífico. Esplendor que enceguece. De pronto, sin razón aparente, la corriente se enfría y en él se encoleriza. Vira a un talante desconocido, más oscuro que el gris. Se entrega y abre, al fin, laxas las manos.

Sigue caminando; ya no entorpece el cieno. Las algas se han rendido y oscilan cual herbazal. Atraviesa el cauce y alcanza el otro lado. Sin esfuerzo, se deja llevar y asciende. Sube, flota, emerge renacido y empapado. Sacude maquinal un momento la ropa y se serena.

Ahora observa todo con atención. Se demora en la pausa. Contempla el nuevo mundo, el nuevo cielo: únicamente es capaz de reconocer la geometría imperfecta de Las Osas.

Luego, toma coraje y se atreve a mirar la otra orilla.

Allí continúa, dudando.

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Con un ojo abierto

Mi manera de mirar las cosas que (me) pasan.

Multiversal

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Cristian Castro Rodríguez

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