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“Extraños en la oficina”… Mary Carmen Caballero

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Noa mira por la ventana mientras los compañeros de oficina teclean concentrados en sus pantallas sin apenas moverse. Cada mañana el ritmo en la oficina es frenético, nadie se puede distraer, y mucho menos ella que acaba de revalidar su cargo. Han sido meses duros de intensa formación, de madrugadas imposibles y de un montón de cafés, de nevera vacía y de comidas en cualquier restaurante de menú diario. Pero, ha merecido la pena, su presentación fue brillante y dejó aniquilados a los otros tres rivales que optaban a su mismo puesto. Solo flaqueó una décima de segundo en la entrevista definitiva cuando, cara a cara con el otro candidato finalista, percibió en su mirada un destello de superioridad. Los jefes, sentados al fondo de la mesa kilométrica que imponía con su tamaño las diferencias de estatus, no lo percibieron y eso a ella le benefició.

Pero Noa, supo de su vacilación. La mirada dilatada de aquel hombre con el que cada mañana subía en el ascensor, concentrado siempre en su móvil, consultando esa pantalla en la que ella intuía más Instagram o Facebook que cotizaciones o ventas, consiguió por unos segundos que se desconcentrara y que su intervención sólida y bien justificada, se viese interrumpida por un pequeño carraspeo y una imperceptible disculpa. El hombre con el que se batía en duelo por el mismo puesto de dirección la observaba desde el otro lado de la mesa con la altanería del que se sabe superior.

A ella no le sorprendió que también optase a la promoción. Sabía de sus méritos, no en vano fue ella quien le entrevistó para el puesto vacante de la empresa, y quien finalmente aprobó su incorporación. Pero, desde que empezó a trabajar con él, la relación fue fría, él la ignoraba completamente y cuando se sentía en la obligación de responder o de asistir a alguna de las reuniones que Noa convocaba siempre permanecía callado y distante, como si le molestase que le hubiesen sacado de su rutina, entonces se dedicaba a mirar su ordenador sin el más mínimo pudor y sin ningún atisbo de colaboración.

Ahora que nuevamente ha conseguido vencer Noa, lejos de sentirse segura, duda ante cada nueva decisión que debe tomar. Cuando firma un nuevo acuerdo solo piensa en los riesgos que asume, nunca en los beneficios que aporta a la empresa; o, cuando consigue un buen resultado se lamenta de que este que no haya sido aún mejor. Noa mira por la ventana, aunque en realidad solo se fija en el cristal que, a modo de espejo transparente, desvela impúdico todo lo que ocurre detrás de ella. Noa fija su atención en él y descubre durante unos segundos la mirada de vidrio que él le sostiene desde su espalda. Pero cuando ella se gira, él aporrea a velocidad de vértigo el teclado de su ordenador, ajeno a cualquier conato de comunicación.

Noa se acerca hasta la mesa de él y le convoca apremiante a una reunión urgente en su despacho, dos destellos intensos de unas pupilas gélidas la hacen vacilar, aunque reacciona aferrándose a los informes que agita ante él y que le lanza al vuelo en un gesto implacable de autoridad.

En el despacho, pertrechada detrás de las tres pantallas que ocupan su mesa, lo observa con delectación. Desde que ha entrado en sus dominios él se siente incómodo, extraño en un hábitat que no es el suyo aunque para irritación de Noa sin perder un ápice de su empoderamiento. Noa se escucha a sí misma hablar de cotizaciones, de beneficios y de costes, su voz es firme, marcando claramente una frontera acústica entre ella y el subordinado de mirada enigmática. Él la escucha desde lejos manteniéndose ligeramente recostado sobre la puerta que permanece entreabierta. Ante algunas de las indicaciones de Noa asiente con la displicencia evidente del que frente a un superior no le queda otro remedio que tragar con cualquier propuesta por absurda e insostenible que le parezca. De vez en cuando se atusa el pelo en movimientos cronométricos y exactos, un tic que exaspera a Noa, y responde de manera escueta ante las preguntas directas que ella inmisericorde formula.

Noa lo observa desde el desconcierto que le produce su enigmática altanería, todo en él la perturba: su traje desfasado pero que marca un cuerpo que ella intuye musculoso y que le confiere una prestancia innata que la descoloca, sus manos que sostienen con dejadez los informes que ella le dejó y que muestran unos dedos finos de una manicura perfecta y sus ojos impenetrables y algo fríos. Inmóvil frente a ella, mira de vez en cuando el reloj en un evidente signo de incomodidad y prisa.

Noa se empieza a sentir perdida en su propio despacho y entre sus cosas, poco a poco asume internamente su derrota a pesar del cargo, su valía se diluye ante aquel extraño que se infiltró en la empresa y en su vida gracias a ella misma. De pronto, las repuestas esquivas, la consulta permanente de la hora y esa mirada evasiva tan peculiar, forman en la mente de Noa una combinación explosiva, siente un acceso de ira incontrolada que le sube desde el estómago sin que lo pueda reprimir.

Sin ser dueña de sus actos se levanta bruscamente y, sin dar ninguna posibilidad de réplica ni de huida, le echa por encima el agua de una de las botellas que están en la mesa supletoria al lado de la puerta,  ahí siempre hay algunas con agua bien fría por si en las reuniones alguien siente la imperiosa necesidad de beber.

 

 

 

 

Relato breve escrito por Mary Carmen Caballero

“Valor poliédrico”… Mary Carmen

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chicos

Tono miró una vez más el papel y se fijó en el recuadro en el que debía firmar. Las letras se le enmarañaban en un manchón negro. Como su existencia.

Ismail llegó hacía cinco años, un lustro como le gustaba decir cuando se ponía pedante. A ciencia cierta nunca supo de dónde vino, tan sólo que se instaló en su vida con la decisión del que sabe que se quedará la eternidad de un instante. Más

“El chicle” …Mary Carmen

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Relato Breve escrito por : Mary Carmen

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Elena cuando pasaba por delante de la puerta de Cuarto D se quedaba alelada mirando al interior porque allí estaba Nico, con su polo azul, su sonrisa hipnótica e, invariablemente, rodeado de las pelmas de sus admiradoras que no le dejaban ni a sol ni a sombra. Pero Elena nunca se atrevía a entrar en esa clase porque Nico la tenía comletamente loca.
chica con chicle–    No comas chicle en clase  -la reprendían todos sus profesores. Más

Con un ojo abierto

Mi manera de mirar las cosas que (me) pasan.

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