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de espera

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Llevaba hora y cuarto esperando mi turno, más apoyado que verdaderamente sentado en una de aquellas incómodas butacas de diseño, cuando por fin llamaron al que tenía delante. Calculando la media hasta entonces, me dispuse a cambiar de revista, volver a acomodarme como buenamente pudiera y a esperar durante al menos otro cuarto de hora. Creo que fue entonces, precisamente entonces, a unos quince minutos de mi turno, cuando la mujer que iba llamándonos por orden alfabético se dio cuenta. Desde la potestad que le otorgaba su buró, la madura secretaría reparó en mí por primera vez, me observó de arriba abajo por encima de sus lentes caídos, sin mala o buena intención, simplemente con la profesionalidad de quien sopesa un melón con pericia, y se quedó un instante, sólo un segundo más de lo necesario mirándome a los pies.

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