Sentado en el sillón Ramón mira sonriente a su mujer por encima de las gafas. La presbicia le endulza la mirada. Ella está sentada en el extremo opuesto de la habitación, leyendo. Él, en el sillón, viendo el partido de futbol en la televisión. Al fin había llegado a conocerla. Una mujer difícil, complicada de satisfacer. Una mujer de carácter tranquilo, con ocasionales accesos de rabia caprichosa, solo cuando la provocaban. Ramón contempla a su mujer con ternura. Aún se ve joven, tiene la apariencia aniñada, con el carácter de un adulto gruñón. Esconde su edad entre cabellos canos, agraciados por un pequeño mechón negro que le cubre la zona superior de la frente. Ramón piensa que el mechón le ensombrece los ojos. Unos ojos grandes, como almendras Marconas, dos faros recelosos difíciles de mirar. Aurora tiene hoy entre las manos la última novela de amor de Angeles Mastretta “Mujeres de ojos grandes”, feminismo romántico, antagónico, su género preferido. Ella también observa a escondidas a su marido, enfrascado en ver la retrasmisión del eterno partido de futbol de los sábados. Ambos parecen ausentes a sus cruces de miradas. A veces ella estira las piernas y se ajusta la espalda al respaldo del sillón, le duelen los riñones, se hace mayor y la lumbalgia ataca fuerte con el frio del invierno. Traga saliva, tose con apuro, se ajusta el pañuelo a la garganta y vuelve a la lectura. Él la observa. Ella se sobresalta cuando su marido celebra con un aparatoso silencio el gol del equipo favorito. Sonríe divertida y vuelve al libro. Más

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