Todo lo que sé es que el mismo día que abandoné mi casa dejé atrás mi infancia. Las casualidades no existen, simplemente los hechos se concatenan sin más y creemos que son fruto del azar. Para mí no fue fácil cerrar aquella puerta que me desconectaba de mis raíces, del mundo que yo conocía hasta entonces y que, aunque desde luego, no era mucho me había resultado suficiente hasta ese preciso instante.

La vida y sus momentos, o mejor la vida y sus decisiones. No me volví, no quería que mi mente fotografiase las vetas de madera de una puerta que había abierto durante toda mi vida, también la había cerrado en igual número de ocasiones, pero nunca me había fijado bien en ella, tan solo contemplaba el bombín de la cerradura mientras empujaba machaconamente el pomo cada vez que salía, tal y como me había inculcado mi madre desde que tuve la libertad para poder entrar y salir de casa con mi propia llave. Esto no sucedía en demasiadas ocasiones, no porque ella no tuviese confianza en mí, no, no era eso, simplemente mi madre no soportaba que estuviese sola en casa. Por eso, las escasas veces que lo logré, las recordaba con precisión milimétrica, todos mis movimientos, todos mis pensamientos, mis pequeñas infracciones a las normas. Las suyas, las que ella impuso mucho tiempo atrás cuando yo tan solo era un bebé y no tenía capacidad de réplica. Quizá el ser tan llorona fue mi primer síntoma de rebeldía ante todo lo que se me venía encima, un síntoma que no ha desaparecido del todo nunca, de hecho, sigo siendo de lágrima fácil. Pero nada asusta más como cerrar una puerta, sobre todo si, como era en mi caso, no tenía ninguna perspectiva de abrir ninguna otra. También esa vez miré el bombín y empujé el pomo en reiteradas ocasiones para verificar que estaba bien cerrada. Más

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