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albina

No se acercó. Yo no quise. Ni entonces, ni nunca.

Me dijeron que no era contagioso y quizás no lo fuera al principio, ahora nadie sabe qué pensar. Yo era una niña cuando me di cuenta de que era diferente. Me sentí única y especial pero aquella sensación duró poco. No podía jugar al sol como los demás niños, la luz me quemaba la piel y penetraba a través de mis pupilas fundiendo las imágenes en negativos de la vida real. A medida que la luz se ocultaba yo distinguía mejor. Los colores me llegaban con más nitidez y pureza porque no estaban saturados de brillos, ni de exceso de luz.

Tú pelo es bonito. Es como el chocolate blanco. Me lo dijo Lea mientras saltábamos a la comba. Y supe que era diferente. Las gafas negras que llevo desde entonces hicieron el resto. Poco a poco dejé de percibir el día y me adentré en la noche. Al resto de los niños les daba miedo la oscuridad, a mí no. Después todo fue más fácil. Al menos al principio, luego no hubo vuelta atrás.

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