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“Bestiario” … Alejandro Nanclares

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Bestiario

No pensaba comprar nada, solamente paseaba del brazo de Gina curioseando entre los tenderetes de libros viejos de ocasión.

Tampoco sé por qué me interesó aquel lomo de piel. Quizá por la pátina de su badana, ajada pero lustrosa de tanto uso.

Las tapas tenían una pequeña hebilla asegurando el contenido y, al abrirla, las páginas cayeron al suelo como si nunca hubieran sido encuadernadas, sólo apresadas. Me agaché instintivamente para enmendar el desastre, antes que llegara el vendedor. Demasiado tarde. Dijo que era culpa mía y debía comprarlo.  Azorado, no me atreví a protestar. Tampoco me pareció caro.

Ya en casa, decidí reorganizarlo. Para mi disgusto las páginas no tenían numeración y para mi sorpresa las primeras contaban una historia coherente. Parecían ordenadas. Continúe leyendo. La intrigante narración me absorbió toda la noche. Al amanecer quise preparar café pero, un simple descuido, y todo volvió a derramarse ¡Qué fastidio! Lo recogí de cualquier manera, hice café y busqué el hilo interrumpido ¡Imposible! El libro, a cambio, ofrecía otra historia aún más interesante.

No puedo dejar de leer. He perdido el trabajo. También a los amigos, cansados de telefonear o dejar mensajes sin respuesta. La última fue Gina. Ayer tarde vino y estuvo llamando a la puerta. No abrí. No logré abandonar la lectura.

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Relato breve escrito por Alejandro Nanclares

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“El balneario de las moscas” … Matilde Tricarico

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El balneario de las moscas

Pequeños bungalow escondidos en el bosque, alguno más visibles que otros.

El nuestro, cerca del hotel donde estaba la recepción. Rodeado de pinos altísimos que buscaban el sol y la luz, un pequeño madroño con sus frutos dorados y la humedad que penetraba en los huesos.

Las que atendían el mostrador tenían caras de cansadas, aburridas y con una cierta dosis de mala leche.  Nos dijeron, casi gritando, que hasta las cuatro de la tarde no estaría lista la habitación, que fuéramos a dar una vuelta y luego a comer. Nos guardaron las maletas en una esquina fácilmente localizable por todos los huéspedes, cualquiera podría robarlas, si ese cualquiera hubiese tenido el valor de llegar hasta aquí. El resto de la gente que circulaba por la calle llevaba bastones, andadores y, los que se podían manejar sin apoyos, solo miraban al suelo como a un enemigo.

Merche me dijo:

    ¿Resistiremos aquí?

Y yo le contesté segura de mí misma:

    Nosotras somos más jóvenes, tenemos lecturas, podemos pasear, este bosque es muy apetecible y estaremos bien.  Ya verás diez días vuelan pronto, ¿o no?

Investigamos todo el recinto, era como un pequeño pueblo perdido en el verde, había muchos bungalow, una sala de teatro, una cafetería y al final de la calle principal un edificio nuevo con unas letras doradas en la puerta que decían “Balneario”.

No estaba tan mal.

Primer turno, teníamos el primer turno, comeríamos como los ingleses. Al entrar nos recibió el maître disfrazado de Drácula, telarañas y candelabros con velas rojas en las mesas. Antes de reír las dos, un presentimiento extraño me dobló las piernas.

Merche viendo que había empalidecido, me dijo:

    Mónica, ¿qué te pasa? ¿Te has olvidado de que estamos en Halloween?

Las camareras vestidas de zombi, con la cara blanca y los ojos pintados de rojo hacían bromas, asustaban a los incautos. Yo me senté tocando la pared para que fuera difícil llegar hasta mí.

El buffet estaba decorado con calaveras, y de vez en cuando apagaban las luces y se sentía una música de cine de terror y unas risitas tenues.

Me dieron la comida, ellos y una mosca que revoloteaba sobre una crema de calabaza que no conseguí terminar.

Los filetes me daban asco y los viejos cargados de platos llenos de macarrones, arroz, guisantes, pescado. Luego al momento del postre, en el plato se servían manzana, plátanos, kiwi, una tarrina de helado, dos pasteles, y volvían a por yogur.

Escuchaba las conversaciones y me ponía enferma.

    Juanito, en casa no comes tanto-le decía una gorda al marido al que le iba a explotar el pantalón.

De repente me llamó la atención una chica pelirroja con un vestido negro a quién los reflejos de las velas daban un aire espectral a la cara. Estaba sentaba sola en la mesa, sin ningún plato delante, leyendo un libro que parecía antiguo.

    Déjame en paz—, contestó el otro al que le faltaban dos incisivos y un canino, riendo y descubriendo las encías —¿no ves que aquí todo es gratis?

La respuesta del anciano me devolvió a la realidad y en aquella fracción de segundos había desaparecido la chica. Pensándolo bien, más que una chica moderna parecía una señorita del “novecento”.El balneario de las moscas

  •     Merche, has visto una pelirroja sentada en frente?
  •     Mónica, no tomes vino, luego dices que con las pastillas te sienta mal.

 

Me callé, cuando se ponía recta como la gente de su pueblo, no había quién discutiera con ella. No comí casi nada, todo tenía el mismo olor a fritura gigante.

Al terminar fuimos a la habitación.

Dos camas, un baño pequeño y un armario húmedo que al abrirlo te congelaba. Eso sí, teníamos una vista estupenda de pinos y encinas y el piar de algún pajarillo. Plena naturaleza. Me gustaba, aunque con la ventana abierta entró una mosca y al rato una avispa, esa más peligrosa. Por muchos aspavientos que hiciéramos con los brazos, no fuimos capaces de echarlas. Dejamos la ventana abierta y nos fuimos a tomar un café.

El camarero llegó arrastrando los pies:

  •     Díganme señoras, ¿Qué van a tomar?

Hacía frio, y cuando se junta con la humedad me duelen los huesos, y me pongo de peor humor:

  •     Qué va a ser, un café.
  •     ¿Con leche, cortado o solo?
  •     Merche, por favor pide tú—estaba luchando con dos moscas que rodeaban un puñado de azúcar.
  •     Y usted, —casi le grité al camarero— limpie la mesa, por favor, no ve que hay azúcar.
  •     Un momento, ya voy a por el trapo.

Podríamos esperar hasta el ocaso, saqué un pañuelo del bolso y eché las moscas y el azúcar al suelo.

  •     Cálmate, Mónica, tenemos que estar diez días y has entrado con el pie cambiado.
  •     Tú me dirás si este es un sitio agradable, esperemos que el balneario sea mejor, esta tarde lo veremos.

Todos en cola con nuestra hoja del tratamiento que había rellenado un médico venezolano con desgana, él, joven circundado por viejos. Nosotras dos, con el albornoz blanco, chanclas y gorro de baño, desmaquilladas; a nuestro lado una fila de tripas, de calvicies y de músculos flojos.

Qué divertidos, ¿Cómo me verán a mí? Supongo que igual. La decadencia de los cuerpos. Negativa, estaba muy negativa. Merche parecía disfrutar.  En fila india nos asignaron un lugar en la piscina, las camas con burbujas. No conseguía relajarme, unas señoras a nuestro lado charlaban sin parar sin que pudiéramos escuchar la música relajante.

Luego fuimos a los chorros y entre la neblina de las gotas vi a la chica pelirroja tumbada en una cama. Qué raro, estaba sin gorro, cómo se lo habían permitido.

Miré hacía Merche buscando su complicidad, estaba distraída y lejos.

Cuando pasamos a la ducha circular ya no estaba allí.

Una chica joven en medio de la senectud, probablemente tenía alguna enfermedad neurodegenerativa y le habían aconsejado el balneario. El masaje de los pequeños chorros de agua que cruzaban todo mi cuerpo consiguió relajarme durante diez minutos, un cuarto de hora. No le comenté nada a Merche.

Por la tarde tocaba sesión de parafangos, unas placas calientes que me quemaron la espalda, aguantarlas era una pequeña tortura. Tenía los nervios de punta, fuera de sus vainas.

Al salir a la calle nos recibió la noche, eran las cinco y media de la tarde.

A partir de aquella hora ya no teníamos actividad de balneario.

La cafetería estaba llena de jugadores de cartas y de dominó, y en el local que, a veces tenía la pretensión de teatro, jugaban a los dardos, un grupo de señores vociferantes, emocionados como si hubieran ganado la lotería.

Nos fuimos de paseo, se escuchaban ruidos extraños, el canto de una lechuza y las hojas de los arboles bamboleaban. Al fondo de la calle toda oscura, ni una estrella pequeña para admirar. A rato se percibía el silencio y me sobresaltaba.

Merche, si no estuviéramos acompañadas de tanta gente que no se ve, casi tendría miedo.

Estás pesadita Mónica, disfruta, esto no lo tienes en Madrid.

Una hoja me rozó la cara y empecé a gritar, luego a reír como una loca. Reímos las dos para espantar el aburrimiento visto que no podíamos leer en ningún sitio, solo en nuestro cuarto pequeño.

Habíamos fisgoneado el salón, el único salón, un amasijo de mueble antiguos recubiertos de polvo, una librería con muchos huecos y unas butacas rojas, allí sentado en una esquina estaba el maître Drácula sin disfraz, aun así, tenía una cara afilada y unos ojos negros como dos cuevas tenebrosas. ¿Y si le dijera a Merche que quiero irme?

El balneario de las moscasLa miré, estaba tan tranquila. Volvimos a la habitación. Un frio polar, habíamos dejado la ventana abierta. Sobre mi cama la avispa muerta.

  •     Y eso cómo puede ser —le pregunté a Merche, — que yo sepa las avispas no mueren por el frio.

Había leído hace poco que las avispas estaban desapareciendo en el mundo y tendríamos que cuidarlas, protegerlas e incluso amarlas porque de ellas dependía la continuidad  de la especie humana.. Aquella noticia me rondaba por la cabeza desde el día que la leí.

 Seguían dándome miedo las avispas.

  •     Sí, es extraño— me contestó ella—o no, todo puede ser.

Por fin me daba la razón en algo.

  •     Vamos a poner la tele, así no piensas tanto—me contestó con dulzura.  Cogió la avispa, la tiró por la ventana y luego la cerró, apoyándose en ella como si hubiese querido alejar todos los males.

Me dormí soñando con la chica pelirroja y el maître.

Por la mañana el tiempo volaba, en el balneario, en el spa, ducha circular, chorros en la espalda y en las piernas; mis ojos, que se habían acostumbrado a la decadencia de la piel de los otros, aun no eran capaces de asimilar la mía. La comida, el café peor que la achicoria, espantar a las moscas omnipresentes, y los largos paseos por el bosque.

Era hermoso pasear por el bosque, disfrutar de los colores ocres, granadas y verdes amarillos del otoño, pisar las hojas y tirarlas al aire como si fueran un balón. De repente una ardilla en un árbol, y a la vuelta de una curva un corzo que nos miraba indeciso.

 Huyó tan de prisa que no pude fotografiarlo.

Y entonces bajé la mirada, un charco, y en el charco, ella, su cara, la vi, su imagen, la de la pelirroja, reflejada en el agua. Me quedé paralizada.

 Merche me tocó el brazo y me dijo:

  •     Cuidado, rodea el charco.

Por supuesto no le comenté nada, seguí el camino como una zombi, aún faltaban días y aquí teníamos que estar.

La noche me daba miedo, el cielo se oscurecía en pocos segundos y los ruidos que empezaban con ella se volvían amenazantes. El frio no me dejaba disfrutar, la humedad entraba en mis huesos y se quedaba hasta la mañana siguiente. Movimientos de hojas, gritos de lechuzas y nuestros pasos que resonaban en el silencio.

El balneario de las moscasUna tarde que Merche se fue pronto, a las tres, a que le dieran un masaje, me atreví a quedarme en el salón rojo, era pronto y solo había un viejo roncando. Cogí un libro antiguo de la estantería “Historias del balneario” lleno de polvo, lo limpié con la manga del jersey y lo abrí.

Las páginas amarillas, pegadas las unas a las otras estaban empezando a aburrirme y el olor a viejo me provocaba estornudos. El edificio del balneario había sido construido por un marqués que estaba muy enfermo y al que le habían aconsejado las aguas milagrosas de la fuente de la Fe, así se llamó el balneario.

En la página siguiente una foto llamó mi atención, casi buscaba mis ojos. Una señora igual que mi pelirroja, con un caniche en los brazos, una mirada triste y apagada en petición de ayuda.

Al pie de página: Retrato de la Marquesa de Montealto.

Dejé el libro donde estaba y corrí a mi habitación para coger la Tablet. El único sitio donde había cobertura era el Teatro. No había nadie, sillas vacías y solo una persiana abierta. Me quedé, aunque se helaba de frio y busqué: Marqués de Montealto.

Dos palabras nada más, había construido el balneario en 1902 y se murió el año siguiente.

No lo había soñado, o sí. Creía haberla visto o miré el libro el primer día y me imaginé su presencia.

Temblaba, las visiones no se cuentan a nadie, pueden pensar que eres esquizofrénica.

Cerré todo y me fui a esperar a Merche a la entrada del Spa.

A mi lado, sentadas dos señoras con albornoz bebían agua de la fuente y charlaban:

  •     Qué bien se está aquí—dijo una con la cara arrugada como una hoja de periódico estrujada—  es una maravilla este balneario, se come bien y luego el café en la terraza de la cafetería, con el solecito.
  •     Si no fuera por el incordio de nuestros viejos y de las moscas— contestó la otra, más joven, cuya nariz llegaba hasta los labios — Si, no entiendo, si estamos en otoño, no nos dejan en paz. Menos mal que no están por las noches. Ayer fui a clase de baile, qué divertido, zumba se llama ¿Te vienes mañana con el trenecito al pueblo? Estará el mercadillo.
  •     Tú estás loca, mis rodillas no están para bailes. ¿has visto el trenecito? el otro día cargaron a sesenta personas y yo pensé que en una curva nos íbamos a matar. El conductor iba como un loco, sin pensar que llevaba a personas mayores. Qué miedo pasé— soltó un suspiro profundo. — Por suerte una chica pelirroja empezó a cantar con una voz tan bonita que nos calmó a todos.
  •     Y donde está la chica? Yo aquí veo solo viejos.
  •     No sé, bajó del tren cuando llegamos al molino viejo y no volvió a subir.

El conductor del tren cuando paramos nos contó la historia del balneario, estaba un poco chispado, aún me dio más medio, nos dijo que un Marqués de monte no sé qué, había mandado construirlo para respirar el aire puro del bosque. Al año se murió y su esposa enloquecida aún vagaba por el pueblo y alrededores. Según la leyenda quién la veía conseguía la paz. Casi nadie le hizo caso, pero no sé por qué pensé en la chica del tren. Luego me dije que me estaba volviendo majara y me fui a tomar un café.

La de la nariz larga se rio, le tocó el brazo para que se levantara y se fueron las dos al jacuzzi.

No me lo podía creer, no la había visto solo yo, seguro que Merche no me creería, diría que no sería la misma.

Salí de allí, me adentré en el bosque, todo me parecía distinto, los pajarillos cantaban, el árbol del madroño estaba feliz con sus frutos naranjas maduros, el cielo arriba, azul, luminoso. Pasó el maître, casi no le había reconocido con una gorra azul, un chándal y zapatillas de deporte, me sonrió y siguió corriendo. Me paré para que el sol me acariciara la cara, el cuello, las manos, quería crecer como lo pinos y tocar el cielo. No tenía miedo. A los pocos segundos me rodeó el silencio. Sola, estaba sola y feliz, volví a pasear con más energía hasta llegar al rio. Allí la vista era impresionante, el valle verde, los pinos que se rozaban en la cima casi besándose, el susurro del agua  y de mi garganta sin querer salió un grito de plenitud.

.El balneario de las moscas

Relato Breve escrito por Matilde Tricarico

“Quijotes” …Pepe Marquina

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Meses atrás leía un libro que se escribió hace casi cien años.

Encontré un párrafo que me viene ahora a la mente y más o menos decía así:

  • China crea sabios domésticos que están empapados de civismo.
  • La India produce anacoretas que se esconden en los bosques.
  • Grecia produce filósofos, ensayistas y dramaturgos que nos legaron las mejores tragedias clásicas que se representan año tras año.
  • España cría…

Soy incapaz de recordar lo que ponía el libro.

Las repetitivas noticias del telediario me ayudan, por lo menos a fecha de hoy: “quijotes”.

.quijote

Suelto escrito por Pepe Marquina

“Iluso”… Pepe Marquina

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Llevaba tiempo sin subir al tren. Me hacía ilusión. Además -pensé- puedo aprovechar a pulir esa novela en la que estoy trabajando.

Imaginaba que todos me mirarían con envidia al verme trabajar en el portátil. Incluso algún viajero, de los más atrevidos, querrá ver lo que estoy escribiendo, seguro.

Hice todo el trayecto solo en el vagón. Únicamente el revisor me pidió el billete y me deseó con retraso feliz año. Tuvo la desfachatez de no preguntarme por el argumento de mi nueva novela.

Estos revisores se creen que con comprobar el billete, está todo resuelto. Perdió la oportunidad de leer un fragmento de un futuro gran premio de novela. ¡Iluso!

.trenes y libros

Suelto escrito por Pepe Marquina

“Teatro” …Pepe Marquina

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Imagino que disfrutasteis ayer de la obra de teatro. Sólo por el título merece la pena ver la representación. Desde luego la autora es sinónimo de éxito.

No sé si has leído el libro. Pero ya sabes que hay muchas teorías; unos dicen que es mejor leer el libro primero  y luego ver la representación o la película si es que lo han llevado al cine. Otros por el contrario aconsejan ver directamente la película.

Yo creo que siempre es mejor leer el libro, porque tiene detalles que en la película no aparecen ya sea porque no le ha interesado al director o no le gustaba. Por tanto la fidelidad del director en la adaptación va a hacer que nos robe detalles que si no lees el libro, jamás los conocerás.

Ya me contarás si te gustó. Y por supuesto me tienes al corriente de la próxima que vayáis a ver.

Espero que el tiempo os traiga lluvia, porque por aquí no hay forma de ver una gota de agua.

.teatro

Suelto escrito por Pepe Marquina

 

“Invitación de boda” …Merche Postigo

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.Invitación de boda - la carta

El día que decidí volver a casa no sabía muy bien lo que hacía. En ocasiones te empeñas en saltar muros imposibles hasta que ves la altura de las vallas. Habían pasado muchos años desde que abandoné a mi entorno. Tenía solo veinte y muchos deseos escritos en un pedazo de papel. Ahora llevaba tiempo buscando motivos para regresar.

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“Groucho” … Pepe Marquina

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Hace unos días se cumplieron años de la muerte del más grande: Groucho Marx.

Escribió en una ocasión un libro. Bien aconsejado, decidió regalar un huevo frito a cada persona que comprara su libro. La noticia llegó hasta las granjas de aves. La gente llevaba pan para comerse el huevo frito. El libro lo tiraban al río. A la postre pusieron una panadería al lado de cada kiosko. El negocio fue redondo.

Una mujer se encontró en una ocasión con Groucho y le dijo: “Por favor, no se muera nunca”. Pero Groucho, pelín rebelde, no le hizo caso.

.groucho

Suelto escrito por Pepe Marquina

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