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“El caballete en la playa” …José L. Recio

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Tomé un vuelo de noche, desde las prósperas colinas de Hollywood hasta el orgulloso Pico Isabel de Torres, en la República Dominicana.

Deja Los Ángeles, Audrey, y vete a algún lugar exótico donde reavivar tu talento artístico, mi amiga Debbie había dicho. Yo admiraba sus habilidades artísticas y dudaba de las mías. Aun antes de que completáramos nuestros másteres en las Artes Visuales el año pasado, yo sabía que no llegaría muy lejos como pintora. Seguí el consejo de mi amiga Debbie, sin embargo, y viajé a la Isla.

Me desperté en el hotel al amanecer con el murmullo del mar, una suave brisa y los chillidos de las gaviotas filtrándose a través del balcón abierto, un despertar placentero. Me llegué descalza hasta el balcón. Un vasto espacio verde-azul se extendía sin límites, las olas se mecían sobre la arena blanca y el Pico Isabel de Torres parecía enviar un solemne saludo—un panorama divino. Fascinada por el paisaje, me animé a hacer un rápido esbozo y luego crear una pintura al óleo. Más

“Todo lo que sé”… Mary Carmen Caballero

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Todo lo que sé es que el mismo día que abandoné mi casa dejé atrás mi infancia. Las casualidades no existen, simplemente los hechos se concatenan sin más y creemos que son fruto del azar. Para mí no fue fácil cerrar aquella puerta que me desconectaba de mis raíces, del mundo que yo conocía hasta entonces y que, aunque desde luego, no era mucho me había resultado suficiente hasta ese preciso instante.

La vida y sus momentos, o mejor la vida y sus decisiones. No me volví, no quería que mi mente fotografiase las vetas de madera de una puerta que había abierto durante toda mi vida, también la había cerrado en igual número de ocasiones, pero nunca me había fijado bien en ella, tan solo contemplaba el bombín de la cerradura mientras empujaba machaconamente el pomo cada vez que salía, tal y como me había inculcado mi madre desde que tuve la libertad para poder entrar y salir de casa con mi propia llave. Esto no sucedía en demasiadas ocasiones, no porque ella no tuviese confianza en mí, no, no era eso, simplemente mi madre no soportaba que estuviese sola en casa. Por eso, las escasas veces que lo logré, las recordaba con precisión milimétrica, todos mis movimientos, todos mis pensamientos, mis pequeñas infracciones a las normas. Las suyas, las que ella impuso mucho tiempo atrás cuando yo tan solo era un bebé y no tenía capacidad de réplica. Quizá el ser tan llorona fue mi primer síntoma de rebeldía ante todo lo que se me venía encima, un síntoma que no ha desaparecido del todo nunca, de hecho, sigo siendo de lágrima fácil. Pero nada asusta más como cerrar una puerta, sobre todo si, como era en mi caso, no tenía ninguna perspectiva de abrir ninguna otra. También esa vez miré el bombín y empujé el pomo en reiteradas ocasiones para verificar que estaba bien cerrada. Más

“Camisas blancas” … Merche Postigo

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.camisas blancas - ventanas abiertas

Cuando la muerte me llegue quiero que me encuentre loco para recibirla sonriendo. Me dijo aquel día en la lavandería, después se dio media vuelta, y continuó su camino, sin despedirse.

Ya estaba loco cuando huyó por las escaleras. Más

“Deseos” … Merche Postigo

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Una mañana de sábado, de un sábado cualquiera, una joven loca entra en el consulado de España en Paris. La atmosfera es pesada y la multitud ahoga todos los deseos.

Después de una espera de dos horas, un hombre de gafas verdes y barba de varios días, le da la bienvenida detrás del cristal. La joven loca le comenta con excitación su deseo de inscribirse en el consulado. El hombre de gafas verdes le sonríe y extiende frente a ella todos los papeles a cumplimentar. Hoy no podrá ser, piensa ella en voz alta y sonríe. No importa volveré, le dice al hombre de gafas verdes. Él la llama loca. Ella vuelve a sonreír y lo mira con deseo. Entonces la joven local confiesa que acaricia la idea de volver a verlo. Él le devuelve la sonrisa y llama al siguiente de la fila.

.Deseos

Micro Relato escrito por Merche Postigo

“Reflejos” … Mary Carmen

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corina

Soy Corina. Ahora ya no me cuesta reconocer mi identidad delante de todos. Antes delante de los otros no me atrevía, ahora sí. Lo decidí desde pequeña. Pero el camino no ha sido sencillo ni mucho menos. En un principio lo que más me costó fue acostumbrarme a comer berenjenas, yo las odiaba con toda el alma y siempre vomitaba cuando las ingería. Ahora, sin embargo, a fuerza de comerlas tanto ya no percibo su sabor, en realidad no me saben a nada. También me costó aficionarme a la música clásica y aprender a tocar el piano supuso un esfuerzo descomunal que, por fortuna, ha sido recompensado.

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